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EDICIÓN | Abril 2015

Mayo naval

María Canihuante Vergara
Mayo naval

El mar de Iquique, rojo por el sol del atardecer… Pero un 21 de mayo, este mar enrojeció al mediodía, rojo por la sangre de nuestros héroes que enfrentaron el combate desigual en navíos, pero similar en valentía y arrojo.

Desde mi balcón observo el mar, enrojecido por los últimos rayos de sol, de ese sol que se niega a partir. Un hermoso atardecer… Las olas cantan su habitual canción como si quisieran arrullar a las nubes, que bostezan cansancio. Pronto, la noche terminará de tejer su negro manto de tiempo y misterio. Y las sombras caerán sobre el mar de Iquique, que continúa cantando su canción de historia y eternidad. Cuando se llega a Iquique, no interesan ni sus calles ni sus carros, interesan sus aguas que parecen regidas por un movimiento puro de Epopeya. Allá se goza la impresión de divisar, entre brumas de tiempo y de pólvora, el garbo de una corbeta que avanza, proa a la inmortalidad.

El mar de Iquique, rojo por el sol del atardecer… Pero un 21 de mayo, este mar enrojeció al mediodía, rojo por la sangre de nuestros héroes que enfrentaron el combate desigual en navíos, pero similar en valentía y arrojo. Como si se aclarara el firmamento, lo atrajo el brío del tricolor de la Esmeralda. ¡Allí, brillaba la estrella de su gesta! No resplandecía en el cielo: resplandecía en su bandera, era la joya cristalina de su bandera, ¡era el corazón de Chile repartido en cinco rumbos de luz! “Prat se preparó para el futuro. Era una mañana de sangre de muerte y de posteridad. Era el 21 de Mayo de 1879. Pero, a la sangre, a la muerte y a la posteridad, se agregaba la enseñanza: Chile es un privilegio de la creación que debemos cautelar, día y noche, con el corazón vuelto en llamas. Celebramos en Prat, al abogado de la Patria, que la defendió con su sangre, y deja libre la bandera de Chile para que su sombra benemérita nos proteja y nos conduzca, en dignidad, a los puertos de la sincera amistad internacional.

El mar, nuestro compañero imperturbable a lo largo de Chile, ha vivido en labios de la poesía nacional, ora como símbolo de fuerza, como inspiración de sueños que saltan de meridiano en meridiano, llevando lejos a sus cultores. El mar ha inspirado grandes obras. Sabella, en 1983, dice: Salvador Reyes, en 1923, fue el primer poeta chileno que dedicó al Mar el caudal entero de su talento. El libro Barco Ebrio, en impetuoso rumbo lírico, trazó a nuestros poetas una conducta de océano y coraje. La tentación del Mar entró en los poetas. Ninguno logró evadirse de ella: Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, lo aproximaron a su voz y lo enaltecieron vivamente.

Es por eso que, en recuerdo de la Epopeya de Iquique, ocurrida hace ya 136 años, a lo largo de Chile, son miles los niños que se engalanan y se sienten orgullosos, cuando sus madres los visten con el hermoso trajecito azul marino: Cuando llega el 21 de mayo, nunca faltará un niño que vista de marinero, agitando un tricolor de papel, en cuyos vaivenes cantan todos los vaivenes de los gallardetes de Iquique. El traje de marinero azula el corazón de nuestros niños, preparándolos para grandes navegaciones del hombre. Con su cuello de estrellas, bailando al viento, y el pito para las maniobras de la ilusión, principia en ellos la enseñanza del mar. En la gorrita trémula, con el dorado de los queridos, Prat, Latorre, Condell, los niños chilenos van por las calles, pidiendo cubiertas, avanzan hacia el puerto de sus iluminaciones y sorpresas.

En una nostálgica columna de 1981, Andrés Sabella dice: Mi infancia se quedó vestida de marinero, en la dulzura de los días que doraba el crepúsculo del Norte, cuando mi padre mecía mis quimeras, en la vieja casa que empezaba en sus manos y se perdía en el mar.

 

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