Los inmigrantes dejan su huella en esas tierras lejanas que los reciben, al punto que, por años, el barrio Patronato de la comuna de Recoleta ha sido sinónimo de dos cosas: árabes y textiles. Pero ellos son actores puntuales de una historia que, desde la Colonia hasta hoy, ha acogido la diversidad cultural de distintas latitudes.
Lo turco en Chile no es una moda reciente de teleseries. Se llamaba así a una colonia de unos diez mil migrantes provenientes de oriente próximo, un poco por ignorancia, un poco por mala leche, porque, en realidad, esos viajeros eran palestinos, sirios y libaneses. Pero coyunturalmente, a fines del siglo XIX, esos países aún se encontraban bajo el dominio del imperio turco otomano y, por lo tanto, su pasaporte iba sellado así.
Una bienvenida un poco molesta porque los llamaban como sus dominadores, sin reconocer que son naciones con historia y tradiciones antiguas y riquísimas. Además, con innegable aporte a la ciudad de Santiago y al desarrollo industrial del país. Pero eso es adelantarse un poco.
Retrocedamos. El “paisano” llegaba solo o con familia luego de una larga travesía naval desde el Mediterráneo, cruzando por el Atlántico y de ahí la suerte: lomo de animal, ferrocarril o barco. Esa caricatura del comerciante de telas, en un carro atiborrado, pasó por algo. En efecto, muchos de ellos se insertaron con su oficio anterior, fundamentalmente en barrios periféricos, pero no necesariamente se mezclaron con los santiaguinos.
La barrera lingüística fue uno de los principales obstáculos. El hábito del ahorro excesivo y el gasto exiguo, otro. La etnia, una curiosidad, porque Chile había favorecido, pocos años antes, la entrada de otros pueblos, considerados trabajadores, ordenados y civilizados. El ranking lo encabezaba Europa y los alemanes, que fueron atraídos hacia el sur.
Benedicto Chuaqui, nacido en Siria, narró en sus famosas Memorias de un inmigrante sus dificultades para comunicarse y la sospecha que despertaba en la conservadora sociedad chilena una persona tan distinta. No era extraño ver primos, hermanos o cónyuges comandando y atendiendo el negocio. Los matrimonios se efectuaban entre los mismos descendientes y de a poco comenzaron las parejas mixtas. Gran parte de esa colonia, ya en segunda generación, logró integrarse y se hizo un nombre en la banca e industria, y luego en las artes escénicas, la política y los deportes.
Patronato e Independencia han mantenido ese dinamismo que rastreamos hasta la Colonia, cuando indígenas, peninsulares y mestizos interactuaban de manera un tanto más relajada respecto de las estrictas normas de conducta coloniales que imperaban en el casco antiguo de la joven ciudad.
¡Ay, el comercio a lo Patronato! Carteles con precios escritos a mano que tapan la mercadería, sin rostros televisivos promocionando sus bondades, sin tarjeta, ni CAE ni cuotas adheridas. Y el personaje típico: la locutora que todos los días vocea la oferta imperdible (“no se la pierda, es por tiempo limitado”). El mall callejero continúa con carros y tapices en el suelo. En medio, vigilan serenos templos católicos, ortodoxos y, más recientemente, coreanos de origen protestante, como el punto de reunión de la comunidad en sus momentos más importantes: bautizos, muertes, uniones matrimoniales.
Otro baluarte, los cafés en que todas las mañanas los varones toman el brebaje cargado. Fundamental aporte son las pitas, baclawas y hummus y, desde hace poco, los kebabs e incluso combos de comida rápida del estilo kubbe, salsa de yogur y papas fritas.
Desde la década de los ochenta, el país compra más productos manufacturados. No es un recambio completo, pero hoy tenemos nuevos vecinos buscando ganarse la vida y las oportunidades: coreanos, peruanos y colombianos son los nuevos habitantes en Patronato.