Cuaresma es un tiempo de renovación, pero sobre todo, es “tiempo de gracia” (2Co 6, 2). Entrar en esta dinámica nos permite darnos cuenta de que el “fin último” no es el castigo, ni la desesperanza, ni el dolor y tampoco la desesperación.
En el último tiempo, y a partir de algunos acontecimientos, podemos percibir en el ambiente una sensación extraña. Pareciera que algo colisionó profundamente la seguridad que hasta ahora, como país, veníamos ostentando. A diario los medios de comunicación nos informan de situaciones que nos desconciertan, abruman y paralizan, hechos que nos sitúan en nuevos escenarios de discusión. Todo ello contribuye a un clima de conmoción y desconfianza. Pareciera que se nos va determinando en el modo de situarnos y de relacionarnos con el entorno inmediato.
Ante tal situación se nos ofertan diversas reacciones: miedo paralizante; rebelión dejada llevar por lo instintivo; indiferencia intransigente, etc. Y en todas reina la desconfianza.
Entonces, ¿hacia dónde deben hinchar las velas para seguir navegando? ¿En qué y en quién fundamos nuestras seguridades? ¿Cuáles son las nuevas playas que se avizoran? ¿Qué debemos replantear?
Es Jesucristo quien ofrece una vida llena de plenitud y nos propone como meta la Vida Resucitada. Sin embargo, este ejercicio implica hacernos protagonistas de nuestra propia historia. Así lo podemos ilustrar desde el evangelio de Juan (Cf. Jn 5, 1-14), que narra la historia de un hombre paralítico de Betesda, que pasó treinta y ocho años de su vida a orillas de un pozo, esperando el movimiento de las aguas para poder sanar sus dolencias. Esa condición duró hasta el momento del encuentro con Jesús. La voz del maestro estremeció los pórticos de aquel lugar: “Levántate, toma tu camilla y anda” (Jn 5, 8).
A partir del relato, podemos darnos cuenta de que es el mismo Jesús quien nos libera de nuestras parálisis y nos hace partícipes de esa liberación. Cuando dice: “toma tu camilla”, nos está invitando a acoger nuestra propia historia para hacernos protagonistas, de manera renovada, de nuestro destino.
Cuaresma es saber experimentar que Dios nos ama sin límites; y no precisamente por ser buenos. Este amor es un amor entrañable del Padre a sus hijos. Esta relación filial hace que brote en forma espontánea una respuesta de amor sin límites, sin parálisis. Amor que nos demuestra en su Hijo Jesucristo, nuestro Señor, que por nosotros y nuestra salvación, se entregó a la muerte vergonzosa de la cruz y nos
obtuvo el triunfo con su resurrección.
Edmund Burke, escritor, filósofo y político irlandés del siglo XVIII, crítico de la Revolución Francesa; acuña una decidora frase: “Para que triunfe el mal, solo es necesario que los buenos no hagan nada.”
En la lógica del planteamiento de Burke: Si cada uno de nosotros se considera bueno, ¿qué hacemos para que la desconfianza, la inseguridad, la indiferencia, en definitiva, el mal, no triunfe?
El paralítico impotente a la orilla del agua, ¿no te hace pensar en la experiencia de la propia impotencia para hacer el bien? ¿Cómo pretendemos resolver, solos, aquello que tiene un alcance mayor, es decir, en relación con otros? ¿No ves cada día, a tu alrededor, una constelación de paralíticos que se “mueven” mucho, pero que son incapaces de apartarse de su falta de libertad? El miedo, la desesperanza, el desconcierto ¡paraliza, envejece y mata!
¡Rugen motores de esperanza! Sin embargo, hay que poner los ojos en Jesús. “La misión es lo que el amor no puede callar” (S.S. Francisco, Mensaje de Cuaresma 2015)… Tú y yo podemos ser paralíticos sempiternos, o portadores e instrumentos del amor.