Los albores de la explotación del cobre en La Serena y sus espacios geográficos, revelan notables vestigios de un aprovechamiento muy tardío por parte de las culturas originarias, pero muy significativos. Los conquistadores españoles encuentran una red de yacimientos con una mano de obra especializada en labores mineras, pero con un proceso tecnológico muy alejado del precapitalismo europeo.
El cobre, uno de los pilares más relevantes en la construcción de los primeros estadios culturales de las civilizaciones antiguas, tuvo también, en América precolombina, una notable importancia en el avance y desarrollo cultural mediante la fabricación de herramientas para la construcción de edificaciones tales como: cinceles, hachas, martillos, pasadores; asimismo, en la confección de armamentos: macanas, porras, cuchillos, coseletes y láminas protectoras. También su uso en todo tipo de utillaje ceremonial, adornos estéticos y artefactos para las actividades domésticas.
El trabajo de estas primeras explotaciones en La Serena fue superficial en yacimientos de cobre puro o nativo, en cambio para las vetas de cobre combinadas con otros minerales, se utilizaban los socavones y galerías. Los sitios más representativos están ubicados en Almirante Latorre, Brillador, La Higuera, Los Choros, Andacollo, Tamaya y Punitaqui. Las herramientas de trabajo eran confeccionadas con piedras duras, con un peso de cinco a diez kilos, con o sin mangos para romper la roca, más otras herramientas como cinceles y cuñas elaboradas con cobre o bronce.
El material seleccionado era triturado en los marayes, artilugio conformado por dos piedras superpuestas, la inferior semi cóncava y la superior redonda con dos palos para moverla y moler el mineral. Seleccionado y acopiado el material en canchas se procedía a fundir el metal en los hornos o huairas, ubicadas en altura para recibir el viento y acelerar la combustión, pues si bien conocían el fuelle, no lo usaban. La tradición oral señala que el cerro Brillador debe su nombre a estos fuegos.
Una vez derretido, el metal corre hacia los crisoles de cerámica, de proporción gruesa y que han sido encontrados en lugares de fundición como Quebrada de Peñuelas en Coquimbo y en el fundo Coquimbo, Valle de Elqui. En Olla de Caldera, los arqueólogos encontraron explotaciones mineras y restos de una fundición de la época inca. En documentos de 1565, se identifica la fundición a los pies de la cuesta de Andacollo, perteneciente a Pedro de Valdivia, Francisco de Aguirre y sus capitanes.
Existe una amplia evidencia arqueológica sobre el destino del cobre: joyas, aros, collares, pectorales, agujas, cinceles, brazaletes, manoplas, hachas, pinzas, cuchillos, porras, maza, placas. En el litoral, desde río Salado al sur, se encuentran utensilios de pesca como anzuelos, buriles, perforadores y cuchillos. Los primeros artífices de esta metalurgia del cobre y en menor escala de oro y plata pertenecieron a la cultura El Molle, los copiapoes, los coquimbos-diaguitas y los mitimaes incas, quienes impulsaron una explotación a mayor escala. En torno al yacimiento de Andacollo estaban los churrumatos, chiles, samos y lampas, etc. Evidencia de este período histórico es Almirante Latorre, territorio que pasara a manos de Francisco de Aguirre, como Marquesa la Alta y Marquesa La Baja.
El Abate Ignacio Molina, en su obra sobre el Reino de Chile, dice que antes que arribaran los españoles al reino de Chile, los naturales extraían el cobre, el estaño, el oro, la plata y el plomo de las entrañas de la tierra y después de haberlos purificado se servían de estos metales para varias labores útiles y acuciosas; pero en particular, trabajaban el cobre campanil o sea mineralizado, con el cual, por ser muy duro, fabricaban instrumentos cortantes, aunque en poca cantidad. Durante todo el período colonial, Coquimbo y su cobre campanil alcanzarán fama mundial.