Piezas simples, originales e innovadoras fluyen de la creatividad y trabajo de este matrimonio de orfebres, quienes hace dieciocho años se dedican a cautivar, especialmente al público femenino, con sus reconocidas joyas Ayon. Su propuesta: una síntesis entre lo clásico y lo contemporáneo
por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T
Pilar es chilena y Carlos, uruguayo. Se conocieron en Providencia, cuando ambos trabajaban en artesanía. Ella elaboraba cerámica y él, bisutería. Decidieron viajar juntos a Uruguay y, luego, a Brasil donde estuvieron dos años recorriendo y viviendo del arte.
De regreso a Uruguay y con la idea de enseñar técnicas de artesanía, formaron un taller con un grupo de chilenos radicados en Montevideo. Más tarde, con el retorno de la democracia, optaron por volver a Chile con su primera hija, Lara. Luego, nacieron Tacuave y Ayon.
En Santiago se asociaron con dos amigos orfebres y crearon el taller colectivo El Árbol, en el Pueblito Los Dominicos. Allí estuvieron cerca de diez años. Carlos había estudiado soldadura en fierro en una escuela industrial en Montevideo y, además, contaba con la experiencia de trabajar en lapidación. “Todo ese aprendizaje técnico quedó en mi disco duro, entonces, se me hizo fácil trabajar en esto y fabriqué herramientas especiales para hacer nuestras joyas”, comenta Carlos.
¿En aquellos años, trabajaban todas las piedras que llegaban a sus manos?
C: Sí, de todo y en especial, porque los extranjeros buscaban piedras locales, como el lapislázuli. En ese tiempo, se usaban las creaciones más grandes. Eran más jugadas y atrevidas. Hoy, la gente admira y aprecia ese tipo de joyas, pero no todos se atreven a usarlas.
¿Por qué dejan el taller en Los Dominicos?
P: Porque cada uno de los orfebres tomó un rumbo distinto.
C: Nosotros decidimos irnos a Combarbalá, una localidad famosa por su piedra nacional, la combarbalita. Aprendimos a trabajarla y creamos varios productos novedosos a partir de esta piedra, como runas, aros, pipas.
¿Y qué los trajo a Coquimbo?
C: Nos regalaron un terreno. Con esto cumplimos el sueño de tener nuestra casa y un taller en el mismo lugar.
P: Llegamos acá en el año noventa y siete y nuestras joyas las vendíamos en Tongoy. En ese entonces, ganamos dos proyectos de SERCOTEC y CORFO. Creamos nuestras propias redes y conocimos a mucha gente, entre ellos, a George Bonan, quien nos invitó a exponer en un Festival de Música en Montpellier, Francia.
¿Qué significó participar de este encuentro?
C: Viajamos en el 2006 con toda nuestra producción. Los europeos miran a los artesanos con mucho respeto y eso es muy gratificante.
P: El Festival de Música era un evento itinerante, de manera que viajamos por varios lugares de Francia. Estuvimos cerca de cuarenta días y nos fue muy bien, tan bien que decidimos ir a conocer París.
CLÁSICO EUROPEO
A su regreso de Francia, postularon a un proyecto, a través del Capital Semilla, con el que obtuvieron financiamiento para comprar maquinaria y herramientas. Pilar estaba obsesionada con la idea de instalar una tienda, objetivo que se materializó en el 2009. En el Café de Patio de La Serena, junto a dos artesanos, crean un taller, el que se mantiene solo por un tiempo. Carlos se dedicó a hacer clases de orfebrería y, por dato de una alumna, optan por cerrar la tienda y exponer en dos reconocidos restaurantes de La Serena.
¿Actualmente estas son sus vitrinas principales?
P: En el taller realizamos el trabajo grueso y en estas vitrinas ofrecemos nuestra producción, donde también hacemos las joyas. En el aeropuerto de Santiago, hay una tienda que ofrece nuestros productos y tenemos nuestra página web www.ayon.cl
¿Cómo obtienen la variedad de piedras que trabajan?
P: Tenemos varios proveedores, mercaderes y viajeros que venden piedras, también compramos en la Galería de los Joyeros.
C: Cuando tenemos la oportunidad de viajar traemos piedras y bueno, también usamos piedra nacional, como pirita, lapislázuli, jaspe y la turquesa, que es muy cotizada.
¿Y cómo definen su arte?
C: Nuestra técnica y la aplicación de piedras y del metal son de carácter rústico, con terminaciones finas. Los diseños son simples, vendibles y usables. Antes éramos más caprichosos y hacíamos lo que a nosotros nos parecía. Hoy, siento que hay una síntesis entre lo clásico y lo contemporáneo. No es por un tema de vender más, sino que nuestras creaciones vayan acorde a la calidad y diversidad.
P: Siempre estamos innovando y experimentando con nuevas texturas y técnicas, para lograr diseños originales. Nuestras joyas son para todos los gustos…
¿A qué se debe ese cambio de perspectiva?
C: Cuando viajamos a Francia, nuestra línea creativa estaba inspirada en el arte rupestre andino y desde que regresamos, nos sentimos motivados a desarrollar un arte inspirado en lo clásico europeo.
P: En Francia conocimos a unos orfebres africanos que eran nómades. Tomamos algunas ideas de ellos y las aplicamos en nuestras joyas. Son piezas hiladas donde incorporamos metal y nuestro propio estilo. Los collares, por ejemplo, tienen pequeñas mostacillas y entremedio van piezas de plata.
¿La inspiración debe fluir constantemente?
C: No sé quién lo dijo, pero es una gran verdad… en el arte el uno por ciento es creatividad y lo demás, es solo trabajo. En la orfebrería, hay mucho detalle y una ardua labor detrás de cada pieza.
“Los diseños son simples, vendibles y usables. Antes éramos más caprichosos y hacíamos lo que a nosotros nos parecía”, Carlos García.