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EDICIÓN | Abril 2015

Como en un cuento

Por Carolina Arias Salgado www.bazarlapasion.cl info@bazarlapasion.cl Ilustración: María de los Ángeles Pradenas M.
Como en un cuento

“…nadie creyó cuando los meteorólogos alertaron la llegada de las precipitaciones. No solo no creyeron, hace mucho tiempo no había lugar para recibirla. Los habitantes no escucharon, los gobiernos regionales no escucharon, el gobierno central no escuchó. Y… llovió”.

El escritor dominicano Juan Bosch escribió hace algunos años el cuento Dos pesos de agua. El Pueblo de Paso Hondo —otrora fértil, verde y bullente— fue afectado por una gran sequía que se prolongó durante años, murieron los animales, se malograron las cosechas, se perdió el maíz. Todo se volvió terroso, polvoriento, triste y hambriento.

Paulatinamente, los habitantes de Paso Hondo abandonaron el pueblo, todos menos la vieja Remigia y su nieto. La vieja jamás perdió la fe en que pronto llovería y dilapidó su pequeña fortuna repartiéndola entre los que se marchaban para que compraran velas y las encendieran a las Ánimas, responsables de hacer llover. Un día, las Ánimas revisaron sus cuentas y, consternadas, vieron que la vieja Remigia había quemado dos pesos en velas para que lloviera. De inmediato decidieron pagar la deuda. Paso Hondo, la vieja y su nieto desparecieron bajo el agua cuando las Ánimas apenas iban en medio peso. Como en un cuento, algo parecido acaba de pasar en nuestras tierras, irremediablemente secas; el agua se acabó hace tiempo, sin esperanza, nadie creyó cuando los meteorólogos alertaron la llegada de las precipitaciones. No solo no creyeron, hace mucho tiempo no había lugar para recibirla. Los habitantes no escucharon, los gobiernos regionales no escucharon, el gobierno central no escuchó. Y… llovió.

Durante algunas horas todo fue fiesta, felicidad y esperanza, pero los personajes de este cuento olvidaron que no tenían espacio para recibir el agua, algunas horas más tarde los ríos arrastraron cuanta mugre cobijaron durante la sequía inundando villorrios, pueblitos y ciudades. El agua, ahora trasformada en lodo, entró y salió de las casas llevándose todo lo que era posible arrastrar, incluso a las personas, tal vez cientos de personas. Un final feliz habría sido: llovió y se llenaron los embalses, los tranques y los ríos se repletaron y todo estuvo perfectamente preparado para hacer acopio de la esquiva y necesaria agua.

Pero el cuento no terminó así, ustedes ya conocen el final, como en tantos otros cuentos que ya conocemos de sobra, porque se han trasmitido de generación en generación.

Se quema el sur, y apagamos el incendio con avioncitos de lego, la historia nos advirtió hace un año con el incendio en Valparaíso sobre la necesidad de aviones adecuados para apagar incendios, pero como también sabemos, la fragilidad de la memoria es más veloz que los acontecimientos y, una vez más, todo fue olvidado.

Fueron olvidadas las personas que, desde hace un año, siguen viviendo en carpas en los cerros y serán olvidadas las personas del norte en unas semanas más, para volver a escuchar partidos políticos culpándose de algo, grandes empresas evadiendo impuestos, mientras a nosotros nos sacarán hasta el último peso posible con reajustes varios. Seguiremos escuchando la demanda marítima de Bolivia y a una presidenta defender en nombre de todos los chilenos el territorio propio. Y la verdad prefiero mil veces que Bolivia gane, que tenga el mar que antes le pertenecía, porque creo que el gobierno central boliviano sí será justo con todo su pueblo y no lo olvidará como este con nosotros. Me imagino que el pueblo boliviano no permitirá que se queme su bosque nativo, su patrimonio, su descendencia será parte de él. La nuestra no tendrá raíces para aferrarse. Algún ignorante dijo a un medio que los árboles volverían a crecer, qué sentencia tan extraordinaria, varias generaciones de chilenos pasarán antes de mirar hacia arriba y volver a sorprenderse con un bosque de araucarias. Para empezar a narrar distinto habría que salir con los pulmones llenos y gritar nuestra rabia, hacer que la razón prevalezca sobre la fuerza y volver a empezar, esta vez sin los políticos que se han repetido generacionalmente, solo así escribiremos distinto nuestro cuento.

 

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