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EDICIÓN | Abril 2015

Alumnos de calidad

Pilar Sordo
Alumnos de calidad

Creo que nadie podría poner en duda que uno de los problemas mayores que atravesamos como sociedad es la desconfianza. Hemos llegado a desconfiar hasta de la gente noble, porque ¿cómo puede ser tan noble?, o de alguien que es muy positivo porque es hipócrita. En fin, podría hacer una columna solo para describir este fenómeno social que hoy nos hace desconfiar de todo, de las instituciones, de la política, etc.

Nos miramos con recelo, enseñamos a nuestros hijos a desconfiar como un signo de inteligencia, haciéndoles sentir que confiar es un signo de estupidez. “En la confianza está el peligro” se dice en este país. Por eso quiero referirme a un pequeño punto dentro de este tema y tiene relación con lo que pasa en las universidades y centros de educación superior con el trato o relación de estos sistemas con el alumnado.

Recuerdo que antes de casarme, hace un año y medio, vivimos muchos momentos de angustia por pensar que mi hijo, de quinto año, podría no asistir a mi matrimonio porque tenía un examen el mismo día. Afortunadamente no calzó el horario y pudo estar conmigo, pero lo grave es que hablando con los profesores y enviando una carta no podría haber pedido hacer el examen a otra hora u otro día.

Conozco casos de alumnos angustiados por la muerte de familiares a quienes no han podido acompañar porque corren el riesgo de perder sus ramos y atrasarse en la carrera. Solo parecen ser válidos los certificados médicos, pero no es válida la palabra del alumno frente a un viaje, una muerte, una enfermedad severa o un problema emocional que requiera tiempo. Es muy loco, a mi parecer, que se confíe en un certificado que, además, podría ser mentira y que no validemos razones afectivas y de palabra.

Me imagino que debe haber muchos abusos de alumnos no comprometidos, pero no me parece que “paguen justos por pecadores” y no se pueda, desde la relación profesor-alumno, ponerse de acuerdo para privilegiar situaciones que todos pasamos y vivimos.

Lo contradictorio y sin sentido es que esas mismas universidades tienen claro que las mal llamadas “habilidades blandas”, cada vez son más importantes para diferenciar a un buen profesional de otro. ¿Cómo pretenden formar profesionales integrados y exitosos si no les enseñan que los afectos y las cosas de la vida son las más importantes?

Con ese horrendo criterio y deshumanización de la educación es posible pensar que, con tal entrenamiento en edades fundamentales para el desarrollo de los valores y de los afectos, estos estudiantes no valorarán ir a reuniones de apoderados, o a celebrar cumpleaños o cualquier otro tipo de ritos que apunten al significado de la vida porque será más importante trabajar y estar en una reunión. No es menor pensar, entonces, en los problemas que esos profesionales tendrán en la relación con sus pares y con subalternos, aspecto clave que hoy muestra la desigualdad.

Me parece que la relación profesor-alumno-jefe de carrera debe generarse en un plano donde el valor de la palabra y la confianza en base a los testimonios de vida primen en relación con los certificados, los mails y las cartas hechas. La desconfianza no puede llegar aqu  porque son espacios de formación no solo técnica, sino que, por sobre todas las cosas, humanas.

Es muy fuerte para los padres que hemos intentado formar hijos — donde lo primero es el otro y sus afectos— que existan universidades o centros de educación superior que muestran, todo el tiempo, que estos últimos no importan nada frente al rendimiento y donde las señales del cuerpo, a través de los certificados y la omnipotencia de credibilidad que se le da a la medicina, son más importantes que el valor de la palabra y de los afectos.

 

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