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EDICIÓN | Abril 2015

La banda que se quedó dormida

Por Marcelo Contreras
La banda que se quedó dormida

El próximo miércoles 4 de noviembre, Pearl Jam llegará por cuarta vez a Chile, nada menos que al Estadio Nacional. Debutaron en San Carlos de Apoquindo en una memorable jornada doble hace ya diez años, luego en 2011 en el Monumental, y después en la versión 2013 de Lollapalooza. Sus fans locales no se pueden quejar aunque, claro, la gran gracia habría sido verlos cuando el grunge estaba en ebullición y ellos compartían un atormentado cetro de guitarras, angustia y pelos largos junto a Nirvana, Soundgarden y Alice in Chains. De esos grupos, que en rigor solo les unía la cuna de Seattle porque cada uno reinterpretaba el rock duro a su manera, siendo ellos los más suaves de la camada, solo la pandilla de Eddie Vedder supo mantenerse activa y prácticamente sin cambios de personal, con la excepción del puesto de baterista que ha tenido a cinco músicos, ruleta detenida en el virtuoso Matt Cameron.

Mientras su oficio en vivo se ha convertido en su gran marca, el paralelo discográfico recuerda un poco a lo sucedido con Los Tres en Chile, de brillante comienzo y luego un descenso sostenido hasta el punto de la intrascendencia. ¿Cuándo apareció el último álbum realmente bueno de Pearl Jam? ¿Fue Yield de 1998 o Vitalogy cuatro años antes? Hoy funcionan arrellanados en un estilo de rock clásico, donde el tiempo parece absolutamente detenido. Nunca han cambiado su aspecto y sus montajes carecen de atractivos visuales. Por un lado puede ser una virtud que la atención solo se concentre en la música, pero el espectáculo es parte fundamental del rock, lo mismo tomar ciertos riesgos. Pearl Jam desechó tempranamente ambas opciones, para vivir en una dimensión que gira en sí misma.

 

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