Verónica Poblete, botánica de la Universidad Católica de Chile y paisajista titulada en Francia, tiene una mirada particular sobre las necesidades del entorno en esta zona tan compleja como mágica. Aunque para muchos puede ser casi una locura, ella está convencida de que existe la posibilidad cierta de hermosear nuestro paisaje con árboles y flores, que no solo contribuirán a mejorar el espectáculo de la naturaleza, sino además, nos regalarán la tan anhelada sombra.
texto y fotografía por Verónica Poblete D.
Los bosques y sus árboles han sido siempre motivo de ensueño, escenario de nuestros cuentos infantiles, telón de fondo de citas de enamorados y laberinto donde se ocultan malvados protagonistas de fascinantes novelas de misterio. Nuestros antecesores evolutivos, los monos, viven aún entre las frondosas ramas y los primeros homínidos también se asociaron a la umbría protección del follaje.
Esta alianza innata con los árboles es propia del hombre y yo, como botánica de profesión, la siento aún más fuerte y por ello he dedicado parte de mi vida a conservarlos y propagarlos.
En el norte grande, por Antofagasta, Iquique, Calama y sus pueblos aledaños, también soñamos con árboles y la gente clama por ellos, ya que las temperaturas unidas a la radiación solar incrementan aún más la necesidad de contar con estos generosos y longevos protectores del medio ambiente.
Existe, sin embargo, una concepción firmemente arraigada sobre la imposibilidad de cultivar especies nativas en estas regiones del país; se piensa que no son tierras para árboles autóctonos y muchas personas, incluso, desconocen su existencia. Las frondosas copas, con su deliciosa sombra que alberga al caminante, serían bondades de climas más australes y no podríamos contar con ellos en el gran norte chileno.
¿Quién se imagina un bosquecito en medio de la pampa?, ¿o una arboleda bajo la cual caminar empujando un cochecito de guagua o del brazo de un marido cariñoso? Y aunque suene increíble, una escena así, adaptada a las condiciones locales, ciertamente, puede y debe lograrse. Yo lo soñé durante años y me consideraron “loca” o, al menos, completamente desubicada. Sin embargo, no es así; en este momento me es posible escribir este relato, porque existe a la fecha una significativa cantidad de ejemplares nativos plantados, adultos y bien desarrollados para fundamentar lo que aquí se comenta. Pienso que es una obligación agradecer y aplaudir a los inversionistas quienes, con grandes dudas, apostaron por plantar temiendo que todo se fuese a secar.
APOSTAR POR LO LOCAL
Existen varias especies arbóreas nativas del norte y son hermosas: los algarrobos nortinos con su follaje liviano y sus ramas entrecruzadas que más bien parecen un encaje francés, los pimientos ondulantes similares a un sauce llorón de la zona central, los chañares con sus locos troncos verdes y sus flores doradas, por nombrar algunos. Ellos, al ser silvestres, requieren de cuidados y manejos sabios en su crianza y durante sus primeros años. Pero cuando alcanzan la madurez, siguen viviendo por cientos de años y esto no es una exageración.
Los árboles del desierto gastan muchísima energía en desarrollarse y tienen adaptaciones al entorno que maravillan a los más sabios especialistas. Por ello, la naturaleza los ha hecho longevos hasta lo inconcebible. Quienes logren que uno de ellos crezca en su patio trasero, verán al abrigo de su sombra, gatear a sus guaguas, correr a sus niños y compartirán cientos de parrilladas con sus amistades. En el futuro, continuarán bajo el árbol sus hijos, sus nietos y sus bisnietos con toda seguridad. Y serán ellos los que buscarán sobre el tronco aquel corazón flechado que tallaron los primeros recién casados como testimonio de la pasión que hizo nacer una familia bajo la sombra amable de un árbol del desierto.
Estos árboles desérticos y todos los árboles chilenos gozan de una serie de mitos tan arraigados que es casi imposible combatirlos. Quienes lean esta nota ya estarán meneando la cabeza y suspirando pues, claro, les han dicho siempre que “los árboles nativos crecen muy lentamente, son años para llegar a un metro, de qué sirve eso….” y mucha gente contará su experiencia y fundamentará la aseveración con tal convicción que, por cierto, nadie dudará.
¡Bueno pues, están todos equivocados! Los árboles nativos crecen más rápido aun que los ejemplares foráneos y para convencer hasta los más incrédulos, las fotos de algarrobos, chañares y taras con sus respectivas edades, los muestran formando un delicioso oasis plantado en el valle de Quitor, San Pedro de Atacama. La relación entre los árboles y los edificios permite verificar la veracidad de lo expuesto.
Se aprecia que las ramas sobrepasan la altura de las edificaciones con amplia ventaja. Al tercer verano de plantados, estos ejemplares ya alcanzaban el techo y la cobertura de sus ramas (o sea la sombra que ofrecían) promediaba tres metros de diámetro. Y no es solo el tamaño lo importante; se disfruta también de la gran cantidad de pájaros nativos que llegan a cobijarse en las copas de estos árboles los cuales han sido, desde siempre, su morada y fuente de alimento. Al amanecer ya se percibe la algarabía generada por los emplumados habitantes autóctonos, cuyo hotel favorito es el follaje de los árboles chilenos. Complementan el grupo las mariposas que también se acercan a libar del néctar producido por la abundante floración en primavera.
Al tercer año de plantados, estos árboles ya florecen entregando un regalo estético muy bienvenido para la vista y para el espíritu. Las flores son llamativas y hermosas en todos los casos, con excepción de los pimientos, cuya floración es muy discreta y poco vistosa; sin embargo, los frutos son de un fuerte color rosa, hermoso de disfrutar.
Y, siguiendo la ley de la vida, luego de las flores vienen los frutos y estos son aún más atrayentes. El algarrobo y el chañar tienen frutos secos de lindos colores, que además de usarse en la cocina se convierten en interesantes elementos decorativos. Es importante saber que los pueblos originarios también usaron estos frutos en medicina. La legumbre del algarrobo, por ejemplo, se consumía como harina y también de él se elaboraba una pícara chicha llamada aloja. Esta tradición aún perdura y puede ser disfrutada por quienes visitan los pueblos del interior.
BENDITA SOMBRA
El sol es el origen de la vida sobre la tierra, pues de la energía que regala cada día se nutren las plantas las cuales, a vez, entregan el alimento base para toda la vida animal; por otro lado, también es un hecho que sus rayos ejercen efectos peligrosos sobre la piel y estos se han incrementado últimamente por diversas razones.
Sin entrar en controversias ambientalistas, es obvio que al permanecer un tiempo bajo la luz intensa del sol, la piel percibe su fuerza y se hace indispensable buscar refugio. Y qué mejor para hacerlo que usar un producto de la naturaleza misma: la sombra de los árboles.
Entonces, en los patios, calles y plazas debe colocarse árboles como una necesidad fundamental. La mejor alternativa es, sin duda, ocupar árboles nativos eligiendo aquellos que ofrezcan la mejor solución a nuestras particulares necesidades. Debe buscarse, entonces, especies de ramificación amplia, o sea, en forma de paraguas, cuyo follaje deberá ser caduco, sobre todo en aquellos ejemplares que se sitúen en dirección norte, para que no obstruyan el sol durante el invierno.
También es importante utilizar individuos con follaje liviano, ya que si este es muy denso formará una zona fría bajo su sombra, pues la sombra saludable es aquella filtrada, no la que obstruye completamente el paso de la luz solar. Todas estas condiciones son ofrecidas por especies nativas de nuestro extenso territorio norte.
Al leer estas palabras, es lícito preguntarse si las fotos que las ilustran representarán un milagroso y único caso el cual no se repetirá. Mucha gente habrá visto algarrobos en tan precario estado que en lugar de invitar pájaros y gente a su sombra más bien generan compasión y deseos de arrancar.
Esto se debe a mitos y falta de conocimiento en cuanto al tratamiento que se debe dar a los ejemplares desde que se crían hasta que se plantan y logran establecerse como árboles adultos y auto sustentables. Obtener árboles nativos sanos no es nada complicado ni difícil, así como no es complicado hablar con un ruso si uno habla ruso. Es un tema de entender el lenguaje. Por ello, si tratamos de plantar árboles nativos en lugares donde simplemente no pueden crecer, vamos directo al fracaso. Del mismo modo, si insistimos en cultivar y plantar estos ejemplares como si se tratase de frutales, tampoco vamos a llegar a ningún buen destino. Debemos informarnos adecuadamente y podremos disfrutar del trabajo bien logrado.
Y para concluir, les ofrezco las palabras del escritor de las pampas, Hernán Rivera Letelier, quien hace un tiempo declaró: “¡Yo soy pampino y como tal, sé cuánto vale un árbol en el desierto!”.
Obtener árboles nativos sanos no es nada complicado ni difícil, así como no es complicado hablar con un ruso si uno habla ruso. Es un tema de entender el lenguaje.