Es fundamental reconocer que es un tema difícil de abordar, puesto que los documentos muy raramente se refieren a ellos y los testimonios orales sólo rescatan situaciones relatadas por pampinos más contemporáneos. La muerte enmudeció a los que vivieron en el siglo XIX y comienzos del XX.
A través de la historia de la humanidad, conocemos el esfuerzo dedicado por el hombre para domesticar una serie de animales, tanto para satisfacer sus necesidades alimenticias, como para convertirlos en sus amigos. En este caso sobresale la domesticación de perros y gatos, los que no faltan en la familia y terminan formando parte de ella. Los historiadores que han estudiado la vida en las salitreras han omitido referirse a los animales criados en el seno familiar.
No obstante, un investigador y un escritor, soslayadamente dan unos datos positivos: el primero, Sergio González, entrega algunas luces sobre el tema: “era gusto del pampino, la crianza de animales como conejos, cuyes y los infaltables cerdos, además de los perros y los gatos”.
El exitoso escritor Hernán Rivera acota en la novela La Reina Isabel bailaba rancheras: “una bandada de buitres aparecieron planeando funeralmente sobre los azules cielos del campamento como sintiendo olor anticipado de la matanza de perros y gatos” de las oficinas paralizadas.
MACABRA MERIENDA
Una de las peticiones, la más constante explicitada en los conflictos de los pampinos, era el cierre de los cementerios. Dicho de esta manera pareciera una petición contumaz de los trabajadores. No era tal. A los dolientes que iban a dejar a sus parientes al cementerio los consumía el miedo que fuesen devorados por los perros. Lamentablemente eso ocurría. Los perros se concertaban por el hambre, sacaban el cadáver y se daban un festín. Los huesos quedaban expuestos al sol pampino: una escena macabra.
Peor era en las situaciones de crisis. Los pampinos dejaban las oficinas y si no eliminaban a sus perros, estos permanecían en el desierto, sin agua ni comida, formando jaurías feroces. Si la mala suerte se encontraba con un hombre deambulando por esos parajes, arremetían contra él.
Como explica el historiador Sergio González, en el patio posterior de las viviendas, la familia pampina criaba conejos, cerdos, cuyes y tal vez gallinas. No era fácil encontrar carnes de aves. Los empresarios proveían de carne de vacuno faenada en los camales a la población. Así, la crianza de esos animales domésticos tenía dos propósitos: venderlos o servirse de ellos. El conejo era muy solicitado, no así los cuyes que los asimilaban a ratones. Como ven, ni la vida de las mascotas era fácil en la pampa.