Bailar siempre fue su opción y nada se interpuso en su desafío de vivir de la danza. Pese a ser una joven artista, cuenta con una vasta trayectoria, que partió a muy temprana edad cuando decidió tomar este camino como profesión. Mientras otros niños jugaban, ella ensayaba y buscaba perfeccionar su técnica y abrirse camino en un competitivo circuito, donde la dedicación y la pasión son la clave del éxito.
Por Soledad Meléndez R. / fotografía Andrés Gutiérrez V.
Una carrera marcada por el esfuerzo y la disciplina, impulsada por una gran pasión y vocación, se refleja en cada palabra de Melissa Fuenzalida a la hora de hablar de su trayectoria en el ballet. Con solo ocho años le pidió a su madre que la llevara a Santiago para ingresar a la Escuela del Teatro Municipal.
Hoy, con treinta y tres años, ve los frutos de su sacrificio y el acierto de su decisión. El 2014 fue intenso para esta bailarina y maestra de la Escuela de Ballet de la Corporación Cultural de Antofagasta, que fue postulada al premio Altazor por su rol protagónico en Signos de la Pampa; también fue seleccionada entre los “10 Jóvenes Líderes de Antofagasta”, además de ser reconocida por “Mantener vivo el espíritu cultural del campamento Chuquicamata”, lugar donde nació y comenzó a escribirse su historia en la danza.
¿Cuál es tu balance tras vivir un año marcado por el reconocimiento?
Siento que tuve un año completo, con buenas vibras e importantes actuaciones. Todos estos logros han sido producto del sacrificio, de haberme perdido de muchas actividades cuando era niña, como cumpleaños, fiestas o ir al cine, todo por no faltar a un ensayo. Creo que los artistas venimos con un chip con el que sabemos qué queremos hacer. Yo sabía que quería esto, no tenía más planes, quería bailar, ser bailarina.
¿Cómo conociste la disciplina?
Soy hija del maestro Iván Fuenzalida, lo que obviamente fue una gran influencia vivir rodeada de baile en mi hogar. Sin embargo, ni mi papá ni mi mamá quisieron intervenir en mis decisiones y es por eso que esperaron que yo eligiera si quería aprender ballet o no.
Quizás hubiese aprendido siendo aún más niña, pero solo cuando estuve convencida, mis padres me llevaron a clases. Cuando tenía ocho años le pregunté a mi madre si podíamos irnos a Santiago porque quería estudiar en el Teatro Municipal. Fue ahí donde empecé mis estudios formales.
¿Tan decidida desde tan pequeñita?
Sí, quería bailar. Pero el desafío no es tan fácil cuando ves que no son tres, ni seis ni ocho niñitas las que postulaban, ¡sino que eran veinte! Todas con las mismas condiciones que tú y todas esperando ser elegidas para algo, aunque fuera un papel pequeño. Entonces supe que la única manera de lograr mis metas era trabajando y tomando conciencia de que esto dependía solo de mí, y mientras iba creciendo me di cuenta de que debía elegir. Yo elegí bailar.
Difícil el camino que elegiste…
Cuando llegó la adolescencia era común que mis amigas me invitaran al cine, pero yo no podía porque prefería ir a ensayar, porque un día para mí significaban dos jornadas de trabajo, ya que el cuerpo tiene que estar a punto siempre. Ahora que soy adulta y que veo estos homenajes y premiaciones, o constantes invitaciones para bailar en otras ciudades siento que es fruto de mi trabajo y del apoyo de mis padres.
¿Cuál es el rol que cumplen ellos en tu formación como bailarina?
Ellos estuvieron siempre apoyándome, invirtieron mucho dinero para enviarme al extranjero, estuve en la Escuela de Ballet de Hamburgo en Alemania y posteriormente en Cuba.
¿Cómo fueron esas experiencias?
Me fui a Alemania cuando tenía catorce años. Debo reconocer que lo pasé mal porque era muy chica, no tenía idea del idioma, solo hablaba un poco de inglés. Echaba de menos a mi familia, mi país, pero hacía el sacrificio por el ballet, porque quería bailar y no quería hacer otra cosa, siempre fui muy competitiva. Mi papá me orientó y me aconsejó para que viera cómo era el trabajo en otros lugares y si podía quedarme en el extranjero que lo hiciera, pero igual extrañaba a mi mamá, el país y a mis compañeros, así que estaba un tiempo y luego volvía a Chile. Sentía la necesidad de volver.
REGRESO AL NORTE
¿Cómo surge la idea de radicarte en Antofagasta?
Nunca me lo esperé, después que me fui a Santiago y estuve en Alemania y Cuba, nunca pensé en regresar al norte. Cuando tenía veinticinco años y tuve a mi hijo, mi marido, que es ingeniero en minas, me planteó que en Santiago tenía pocas expectativas laborales y que había más posibilidades en el norte, por lo que me propuso que nos viniéramos porque creía que ambos encontraríamos trabajo.
Nos vinimos el 2009, le pedí que me esperara porque había audicionado para la obertura del Festival de Viña, que estuvo a cargo de la cantante lírica Verónica Villarroel. Una vez que cumplí ese pequeño sueño, nos vinimos.
¿Cómo fue el reencuentro con el norte?
En ese tiempo estaba Javier Candia como director de la Escuela de Ballet de la Corporación Municipal de Antofagasta. Por esas cosas de la vida, él nos conocía, a mi papá y a mí. Le dije que estaba en Antofagasta, que necesitaba trabajo e inmediatamente me contrató. Fue un reencuentro con un lugar ya conocido, pero visto con otros ojos. Hoy, bajo la dirección de Carolyn Galarce, tenemos más de ciento ochenta y dos alumnos y buenos maestros, como Waldo Michea que viene de Sudáfrica o Evelyn Astorga. Siento que estamos muy bien encaminados y sigo bailando, que es lo mejor.
Con el bailarín Javier Candia, años después compartió el rol protagónico en la obra Signos de la Pampa, que unió, en una gran apuesta, música, danza y teatro, lo que les valió a ambos la postulación al premio Altazor. Lamentablemente, a fines del año pasado, un accidente en carretera con resultado fatal truncó la carrera de su compañero, enlutando la escena artística local.
¿Cómo viviste la trágica noticia del accidente que le costó la vida a Javier?
Fue muy inesperado, pero quedé tranquila, porque Javier estuvo tomando clases en los últimos meses y empezó a venir al teatro en las noches. Estábamos ensayando por una posible visita a Chillán y ese tiempo lo compartimos intensamente. Siempre le tuve mucho cariño y después de Signos de la Pampa, esta coreografía realizada por Jaime Pinto Rivero, generamos un fuerte vínculo. Me dolió mucho su partida, me dio pena, pero quedé con la tranquilidad de haberlo visto feliz.
Se ha visto una mayor actividad cultural en la ciudad, que hoy cuenta con una cartelera fija, con propuestas que unen distintas disciplinas artísticas…
El hecho de que haya una cartelera fija o que vengan festivales como Teatro a Mil muestra que hay público, que la gente está interesada y eso es algo que hay que aprovechar. El ballet y la orquesta tienen mucho público, las clases de pintura también tienen muchos alumnos. Entonces hay un crecimiento en materia cultural, que debemos potenciar con recursos porque a veces las municipalidades no dan abasto. No entiendo por qué, habiendo tantas mineras, no se apoya más a las actividades artísticas con más salas o nuevas escuelas, porque la ciudad cuenta con público y alumnos interesados en todas las disciplinas artísticas.
¿Cómo transmiten esta pasión a las nuevas generaciones?
Creo que estar siempre bailando es un gran ejemplo para los más pequeños. Se suman estos reconocimientos y que además existe un Ballet de Cámara al que se puede postular. Por lo tanto bailar deja de ser un pasatiempo y para ellas se convierte también en un desafío. Siento que la única forma de inspirar a nuestras alumnas es a través del ejemplo, la perseverancia y la entrega. Creo que cada uno de mis pasos en esta profesión está lleno de emoción y gracias a ello he logrado avanzar. Espero seguir haciéndolo y así continuar posicionando el ballet dentro de la escena local.
“Siento que la única forma de inspirar a nuestras alumnas es a través del ejemplo, la perseverancia y la entrega”.