Desde su título inicial como profesora de castellano, hasta su doctorado en Antropología, cada curso, cada publicación, cada actividad de extensión que ella enfrenta, se centra en la capacidad de perfeccionar las facultades intelectuales y emocionales de los seres humanos. Ama a su familia, sus orígenes y su desierto… y todo lo escribe y lo registra, tratando de atrapar en la palabra, la verdadera esencia de las cosas.
Por Claudia Zazzali C. / Fotografías: Andrés Gutiérrez V.
Cuando entró a primero básico, el papá de Mailing le propuso hacer un discurso de bienvenida. Su primer encuentro frontal con un público atento, decía: “Al llegar por primera vez a esta escuelita, le traigo un mensaje a todas mis compañeritas, tratemos de no hacer rabiar a nuestra maestrita, porque algún día podremos ser profesoritas”. Sin querer queriendo, esas palabras fueron como un conjuro mágico que marcó su destino.
Quiso estudiar periodismo como una forma de canalizar su implacable necesidad de expresarse por todos los medios disponibles, pero eran tiempos convulsionados y sus padres prefirieron no enviarla a Santiago. Su casa de estudios fue la Universidad de Tarapacá. Su opción: pedagogía en castellano.
Allí se encontró con un universo mágico, lleno de maestros del lenguaje formados en la Universidad del Norte y que, una vez cerrada la carrera en su Antofagasta, instauraron en la entrada norte del país uno de los últimos bastiones de la palabra en esta parte de Chile.
¿Cómo te fuiste apasionando por el lenguaje?
En la universidad todo fue una aventura, formamos un grupo de teatro y cada lección aprendida estaba envuelta por un velo de romanticismo muy particular. Fue muy lindo, pero las cosas adquirieron sentido cuando comencé a ejercer. Yo me titulé el ’90, justo el año de la Reforma Educativa.
¿Significaba que te quedabas sin trabajo recién saliendo de la universidad?
Si. Fue una desventaja atroz. Imagínate, una reforma de ese nivel cambia la visión, cambia el tipo de hombre que se quiere formar, cambia el currículum, cambian hasta los nombres de asignaturas, lo que no es menor porque significa que todo lo que tú vas a aprender, tiene otra mirada. Pero como frente a todas las adversidades, me dije “bueno, tengo dos opciones: o me siento a llorar o hago algo”.
¿Y qué decidiste hacer?
Estaba saliendo de profesora de media y mi especialidad era la literatura historiográfica, pero decidí pedir trabajar en primero básico. Mi objetivo era ver en terreno cómo funcionaba este gran hito en la educación chilena. Estuve quince años como profesora de primer ciclo en el Liceo Experimental Artístico de Antofagasta. Luego partí a estudiar dirección teatral a la Universidad de Chile y en la mañana hacía lenguaje y en la tarde, clases de teatro. Durante ese proceso, fui comparando el antes y el después de la Reforma, luego de lo que hice lo mismo con la Reforma del ’20. Todo lo que encontré interesante lo escribí y lo transformé en documentos.
¿Y cuál es tu conclusión respecto al actual currículum de enseñanza?
El modelo que nos rige está dentro del contexto latinoamericano de post dictadura y ese es un factor no menor, pues determina la etapa sociohistórica en la que se desarrolló y por ende, su potencialidad. En este caso, lo que busca el sistema actual es un ser discursivo, tolerante, crítico y reflexivo. Y ha funcionado. Los investigadores dicen que el movimiento pingüino no es otra cosa que la evidencia de buenos resultados. Si los padres se dieran el tiempo de analizar los contenidos que aprenden sus hijas e hijos, notarían que durante la enseñanza media, se busca potenciar seres argumentativos. De ahí que hoy los jóvenes se sientan con derecho a exigir, al contrario de nuestra generación, donde se nos enseñaba a callar y otorgar.
¿Has compartido esas definiciones con tus pares?
Creo que esa es la clave de cualquier desarrollo intelectual: compartir con los pares. Para nuestra generación enseñar algo aprendido solo en la teoría, fue todo un desafío y por ello hay que reflexionar, pero también hay que escribir, para que los futuros profesores tengan material de apoyo, información confiable que los respalde en sus decisiones. Nuestro deber como sociedad es entregar herramientas a los profes, pues hasta en su elección de silabario, determinan la base del aprendizaje que tendremos para toda la vida.
¿Qué crees que es más importante a la hora de aprender?
En lo personal, para mi son fundamentales los maestros. Al menos a mí me marcaron profundamente aquellos que se cruzaron en mi camino y me mostraron nuevos mundos. Por ejemplo, en teatro estudié con Andrés Pérez. Pudimos compartir nuestra visión del mundo y hasta hoy me rondan los esquemas cognitivos que teníamos en común y que me gustaría profundizar desde la perspectiva antropológica. Después, el ‘95 tuve la suerte de conocer a Gabriel Castillo, premio nacional de Educación, quien creó la Teoría de la Escuela de Anticipación, que es algo precioso: es educar para lograr una sociedad más justa que la que tenemos hoy. Conocí también a Viola Soto, también Premio Nacional y gran pedagoga, mujer clave en la puesta en marcha del nuevo modelo. He tenido mucha suerte.
Mencionaste “modelos cognitivos” ¿a qué te refieres?
Hay personalidades como la de Andrés Pérez, Jodorowsky, Sabella o Rendic, que tiene un esquema común. Quizás el contexto en que nos desarrollamos nos hace ser distintos. Quizás la inmensidad del desierto nos invita a la reflexión profunda y esto que te cuento no nace del romanticismo, sino de la observación. En estos momentos tenemos un proyecto conjunto con representantes de universidades en Estados Unidos y México, con quienes queremos registrar los rasgos de niños y niñas que han crecido en el desierto: Arizona, Sonora y Atacama. Es una idea que nos tiene embelesados y muy entusiasmados, sobre todo porque van surgiendo ideas como la instalación de un “lupinoscopio” que es un tipo de diseño arquitectónico que tiene un juego de espejos que reflejan el paisaje y lo mezclan con lo que uno puede escribir. Es como escribir en el espacio y espero vivenciarlo.
EL HOMBRE
Cuando estudió en la Universidad de Tarapacá, estaba rodeada de doctores, posgraduados e investigadores. Todos eran de formación normalista y su capacidad de encantar se refleja en que no solo Mailing Rivera ha destacado en su profesión, sino que es toda una generación de profesores que está en todo Chile haciendo cosas trascendentes: todos dirigen colegios, hacen proyectos y casi la mitad se ha posgraduado, pues nos inculcaron que la única forma de hacer las cosas bien era mediante un trabajo riguroso.
“Por eso decidí iniciar mi Doctorado en Antropología. Y la verdad, fue increíble porque nací de nuevo. Tengo veintidós años de servicio, pero no me siento cansada, porque todo lo que había aprendido hasta ahora cobró sentido con estos nuevos aprendizajes. Hay quienes creen que dejé de lado los temas lingüísticos, la lectura, pero es todo lo contrario, porque en antropología yo aprendí a leer las culturas. Antes como profesora de castellano yo leía lo técnico, lo curricular, lo didáctico, pero en Antropología yo aprendí además a leer las culturas, a leer todo lo que rodea la sala de clases y por eso que todos estos proyectos de estudiar el entorno son mucho más significativos. Cuando se cierra la puerta de la sala, todo ese mundo queda afuera. Nuestra propuesta es traer ese mundo dentro, traer su origen, las tradiciones de su casa. Lograr que el niño aprenda desde la experiencia”, señala emocionada.
¿Cómo te apoya la universidad en tus proyectos?
Mi rol en la universidad tiene dos aristas: por un lado estoy gestionando el Magíster en Lingüística y soy la representante institucional de la cátedra UNESCO de lectura y escritura.
¿Qué significa un cátedra UNESCO?
La cátedra UNESCO se crea el año ‘96 en Colombia, a petición de Chile, Argentina y Colombia. Ese año se juntan los tres doctores en lingüística más importantes del continente, quienes sostienen que la mejor forma de aumentar la calidad en la educación de nuestro continente, es mediante un acercamiento activo a la lectura. Escribieron a París y finalmente se logró, lo que significa el compromiso de desarrollar líneas de trabajo de investigación, de docencia y de extensión relativas a la lectura y escritura.
¿Y cómo aparece Antofagasta en este escenario?
En Chile esta cátedra tenía sedes en Osorno y Concepción. Siempre nos decían a los del norte “y ustedes ¿cuándo van a hacer su sede?” Pero yo respetuosa de mis profes en Tarapacá, pensaba que ellos iban a recoger el guante, pero por distintas razones no lo hicieron. Así que en 2003 empecé a colaborar en la cátedra y generamos lo necesario para postular el 2008. Se demoran tres años en revisar los antecedentes de toda la Universidad de Antofagasta. Tres años después nos nombran subsede. Hoy nuestro principal foco es el desarrollo de competencias científicas en escolares, las habilidades de registrar, observar y comparar. En eso estamos ahora, porque antropológicamente el entorno nos habla y hemos perdido la capacidad de escuchar, hemos perdido la capacidad de maravillarnos con el azul del mar, con la biodiversidad...
¿Y lo del Magíster?
Es una iniciativa maravillosa. Hace más de cuarenta años no hay especializaciones en esta temática en el norte. Y quizás suena muy difícil, pero en realidad, es un Magíster pensado para cualquier profesional que quiera perfeccionar su forma de comunicarse con la palabra escrita. Y eso nos sirve a todos. Todos tenemos que escribir en nuestros trabajos. Además, los profesores son verdaderos gurús en el tema, gente que ha ejercido su profesión en todas partes del mundo.
¿Formar nuevos profesionales es parte de tus sueños?
Yo busco recordar, ayudar a la memoria. Yo pienso que hemos perdido la memoria, pero que es precisamente el entorno, el desierto, la fuera de esta naturaleza la que nos ayuda a recordar nuestro origen, lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos. Y eso, es muy necesario en educación, que lo que ocurre en la escuela no sea un idioma distinto al que se habla afuera, que La Portada esté dentro de la sala, que el desierto esté dentro de la sala. Tengo la suerte de estar formando nuevas generaciones y en eso me siento bendita.
"Quizás el contexto en que nos desarrollamos nos hace ser distintos. Quizás la inmensidad del desierto nos invita a la reflexión profunda y esto que te cuento no nace del romanticismo, sino de la observación."