Con elegante tenida dominguera y asiento numerado, asistir a una función del biógrafo, en el teatro o cine, tenía un ritual con sus celebrantes dentro y fuera de la pantalla: eternos coqueteos en la penumbra, acomodador y el vapuleado “cojo”.
Como los conciertos de ahora, así de producidos, así la concurrencia. Las primeras funciones de cine en Santiago guardaron el encanto de la novedad y la magia de la realidad en formato grande. El invento de los hermanos Lumiére o el de Edison llegó prontamente a la capital y a grandes ciudades como Valparaíso, en 1896, y despertó furor. Cines-cines no había, sino que se adaptaron edificios diseñados para presentar otros números, como obras de teatro, musicales o revistas. La imagen proyectada en movimiento se empezó a utilizar durante los intermedios. Por eso, nuestros adultos mayores dicen teatro cuando en realidad van al cine.
Las primeras películas que vieron los compatriotas fueron ejercicios de artilleros, la llegada de un tren a la estación o un entrenamiento de bomberos. Después vinieron los maquillajes recargados y gestos dramáticos característicos del cine mudo en blanco y negro, complementados por un poco de texto en las pantallas y música en vivo.
Chile bullía con producción propia: películas, documentales y algunos noticieros. El filme más recordado de la época es El Húsar de la Muerte, cinta muda que revivió e idealizó a Manuel Rodríguez en 1910, coincidiendo con el Centenario de la Independencia.
Con los años treinta, la época dorada: Bette Davis o Greta Garbo, pero también María Félix o Libertad Lamarque desplazaron la presentación teatral en vivo por la imagen envasada y los cines proliferaron. El glamur se traspasó a la construcción. Es la época de los cines palacio, con majestuosas fachadas, amplios hall y cortinas de terciopelo que ocultaban la pantalla.
La década del sesenta viene con la novedad del Cinerama, en Alameda con San Isidro, con su pantalla curva. Era “fascinante, porque veías las naves pasar por encima de ti, daba la sensación de ir cayendo y el sonido venía de distintas partes del cine”, cuenta con cara de adolescente Carlos, hoy sesentón, de cuando fue a ver 2001 Odisea del Espacio. En los setenta, imposible no pasar por Los Cobres, a patinar primero y fantasear con Travolta o Bo Derek después. Tres horarios, matinée, vermut y noche. Papelitos enrollados con las ubicaciones, asientos numerados, acomodador con linterna, confitería. Quejas por el ruido de los paquetes de dulces, siempre. Siéntese luego, que comienza el noticiario, la publicidad y, cómo no mencionarlo, la franja de reportajes llamada El mundo al instante.
Y una vez dentro, el villano de la cabina de proyección. Cuando se trancaba el rollo, se veía cómo se quemaba la imagen con el calor de la ampolleta, hacía gorgoritos. La concurrencia empezaba a gritar “ya poh, cojo”. Un personaje con problemas de movilidad o bueno para el trago, dicen; un mito la proveniencia del sobrenombre.
Las películas eran para mayores de catorce y dieciocho, por lo que algunos adolescentes se caracterizaban para verse mayores, con actitud y ropa más seria, peinado más inflado, ya que en la puerta “pedían el carnet si te encontraban cara de guagua”, recuerda un asistente.
En los sesenta llegó la tele a Chile y paulatinamente invitó a quedarse en las casas. Tampoco ayudó la crisis económica de los ochenta. Los cines de barrio empezaron a escasear. El cine Santa Lucía fue transformado en librería y luego demolido. El Cine Real, en Compañía con Bandera, es hoy una tienda por departamentos; otros siguen congregando gente, como restoranes o discotecas.
La última década del siglo XXI vio aparecer cadenas internacionales con sus multisalas. Llegaron las cabritas, los más recalcitrantes se volvieron a quejar del ruido, apareció “Segurito” recomendando medidas de evacuación en caso de emergencia. Pero, igual que siempre, la penumbra y la pantalla siguen de cómplices de los adolescentes y enamorados.