A veinte minutos de La Serena se encuentra este recinto de dieciocho mil metros cuadrados, que se levanta como un pulmón verde en medio de un paisaje más bien semiárido. Ideado por una familia sureña, hoy se ha transformado en un lugar típico en la Región de Coquimbo. Un destino donde se vive el criollismo en todo su esplendor.
por Pamela Tapia S. / fotografía Patricio Salfate T
Es jueves por la tarde y La Serena está gris. Partimos nuestro Recorriendo por la Ruta D-43 en dirección a Ovalle. Al poco andar, el sol comienza a confabularse a nuestro favor; es otro el paisaje, un tanto más campestre, aunque la modernidad y el mundo empresarial, paulatinamente, van ganando terreno a parcelas y cultivos.
Pasado el cruce El Peñón, en dirección norte-sur, llegamos a Tambillos, nuestro destino. Un cuidador de autos nos recibe. Ingresamos por una fachada de madera y totoras y nos encontramos con un amplio restaurante, con capacidad para cuatrocientas personas. El piso es de tierra y en cada lugar por donde uno mire hay detalles, objetos típicos chilenos, y un sinfín de piezas antiguas.
Mientras esperamos a su dueño, José Cuevas Córdova, para que nos muestre el recinto, nos adelantamos en el trayecto. Parece extraño que en medio de un sector más bien árido exista tanto verde, más aún si consideramos que estamos en plena sequía.
Son varios senderos y resulta fácil perderse la primera vez que se visita. En medio de este entorno aparece José, un hombre sureño, amante de su tierra y de su negocio. De profesión ingeniero agrónomo, oriundo de San Felipe y previo a su arribo a la región, sus últimos años los pasó en Puerto Cisne.
Relata que un día, hace dieciocho años, llegó con su familia de vacaciones a la zona y quedaron tan maravillados con el paisaje que, sin pensarlo, decidieron dar un vuelco a sus vidas. Cambiaron las lluvias y el verde, por un clima semiárido y escaso de precipitaciones.
Crear un negocio no estaba en sus mentes, solo buscaban un lugar tranquilo donde vivir. Pero como había que producir y su familia no quería que se alejara mucho del hogar, comienzan a idear la apertura de un restaurante.
Tardaron tres años en aquello. Lo primero fue resolver el tema del agua: “cuando llegamos a vivir a Tambillos, solo había un vecino y uno que otro arbusto y espino. Todo era muy seco, por tanto, los terrenos eran baratos. No como ahora que han ganado en plusvalía y cada día está más poblado. Partimos con media hectárea”, recuerda José.
Como sabía del tema, no se quedó de brazos cruzados y comenzó a estudiar la factibilidad del agua, encontrando a cincuenta y cuatro metros de profundidad un pozo que le ha permitido cultivar, mantener animales y vivir alejado del fantasma de la escasez hídrica.
PICARDÍA CHILENA
Al continuar el circuito, llama la atención cómo su dueño ha jugado con la picardía del chileno, dando vida a espacios como El Rincón del Abuelo y la fonda La Rajita de mi Tía, que hacen alusión a historias personales, íntimas y también cotidianas de cada familia chilena.
Con orgullo, José nos muestra y nos habla del primero de ellos. “Podría decir que en el recinto, este es el lugar más visitado por hombres y mujeres. Acá hay de todo, muchos recuerdos, historias, tesoros de mis antepasados como también de otras familias. Pero lo más importante, en este lugar la gente puede degustar, por parte de la casa, licores artesanales, de elaboración propia”.
Creadores de una viña, lucen con orgullo su propio etiquetado. “A los visitantes les gusta venir a este espacio, sentirse como en su casa, y disfrutar de un entorno que los lleva a añorar tiempos pasados, historias y recuerdos”.
Entre risas, José comenta: “utilizo estos nombres, porque el chileno de por sí es medio pícaro. El tema es que somos tímidos para decirlos, por eso cuando la gente viene a la granja y los lee, queda fascinada”.
RECOLECTANDO EL PASADO
La decoración del lugar ha implicado años de esfuerzo y de largas jornadas en el campo buscando las piezas y objetos apropiados. “Al comienzo salía una vez al mes, por uno a dos días, a las distintas comunas de la Provincia de Limarí. Llegaba con la camioneta cargada. Ahora, como mucha gente ya sabe que recolecto antigüedades, vienen hasta acá a dejármelas”.
En la granja se encuentra de todo: botellas, damajuanas, ruedas de carreta, herramientas, muebles, instrumentos musicales, calabazas, fotografías, postales, discos y una cantidad de otras piezas. No hay espacio para la publicidad.
La idea es que el recinto no solo sea un restaurante, sino también un lugar donde las familias puedan pasar un día entero de camping y se entretengan. Donde los niños puedan sentirse libres, estar seguros y en contacto con la naturaleza. “Por eso creo que hoy el lugar es más bien conocido como La Granja Educativa, porque es familiar, hay mucha naturaleza y vida, es un lugar donde se puede aprender de nuestro pasado, de nuestra historia chilena, y por otra parte, de los animales”.
MINI ZOOLÓGICO
Cada sendero que se recorre en la granja conduce a un lugar diferente. Hay piscinas, zonas de camping, quinchos, una pérgola, pero sin lugar a dudas, lo que más gusta a los pequeños es la diversidad de animales que aquí se encuentran.
Como buen sureño, José, desde sus inicios, se preocupó de tener animales, sin imaginar que con los años se convertirían en el gran atractivo del lugar. “Luego comprendí que la granja era un complemento del restaurante y que generaba entretención. Desde entonces, comencé a potenciarla aún más”.
Partió con una que otra oveja. Hoy cuenta con una variada gama de aves, puma, alpacas, cabras chilenas, conejos, pavos reales, gallinetas blancas y grises, muflones, patos y zorros, entre otras tantas especies.
Una pequeña laguna artificial atraviesa el mini zoológico embelleciendo el entorno. Y como si fuera poco, es hábitat de alrededor de doscientas carpas y de grandes ranas que, por la tarde, se dejan apreciar en su esplendor.
PARA TODA OCASIÓN
Hasta este recinto, como promedio, llegan unos cuatro mil visitantes al mes. Muchos de ellos, clientes frecuentes que quedan maravillados por la atención, ambiente y gastronomía. Gran parte lo hace por pasar un día apegado a lo criollo. Otro tanto, viene para celebrar fechas especiales como cumpleaños, bautizos, matrimonios y paseos de curso.
Si usted desea disfrutar de un día campestre, apegado a nuestras tradiciones, la Granja Educativa permanece abierta casi todos los días del año. Un lugar atendido por sus propios dueños y un espacio para degustar de la gastronomía típica chilena. Carne mechada, cabrito, conejo, pernil, arrollado, pan amasado, humitas, pastel de choclo, mote con huesillo y el infaltable pebre, son algunos de los pedidos estrellas del restaurante.
Finalizamos nuestro recorriendo con el sol presente, impregnados de chilenidad y con la sensación de haber vivido, por algunas horas, como si fuese un verdadero día de fiestas patrias.
Cada sendero que se recorre en la granja conduce a un lugar diferente. Hay piscinas, zonas de camping, quinchos, una pérgola, pero sin lugar a dudas, lo que más gusta a los pequeños es la diversidad de animales que aquí se encuentran.