Este profesional debutará como cineasta en una afanosa búsqueda de técnicas y simbologías de crítica social latinoamericana. Para lograrlo, abandona la cámara digital y retrocede a los orígenes de la fotografía con resultados sorprendentes. Su amistad con el reconocido fotógrafo Sergio Larraín, forma parte de su historia. Vivir del arte: su mayor fortaleza.
por Iván Fredes G. / fotografía Patricio Salfate T.
Mauricio Toro Goya (34) tiene buen ojo. También una retina entrenada, sensible y veloz. No es casualidad que la francesa Fundación Magnum lo haya seleccionado como uno de los cien mejores fotógrafos del mundo en el 2014. Un inédito privilegio para un profesional chileno que evolucionó desde el fotoperiodismo a la fotografía documental, cuyas imágenes parecen retratar el realismo mágico latinoamericano.
Nació en Vallenar, creció en Santiago y se radicó en Coquimbo. Hijo de padres separados en su niñez, aprendió de su madre, también fotógrafa, los secretos de la luz cuando tenía apenas diez años. A esa edad construyó su primera cámara estenopeica (caja de cartón con un agujero), cuya luz refleja la imagen y sensibiliza la emulsión química para plasmarla en el papel fotográfico.
A mediados de los ochenta, con apenas quince años, registró sus primeras fotos bajo el rigor y el peligro de las protestas políticas contra la dictadura militar. Sus imágenes fueron publicadas por los diarios de oposiciónde entonces. Paralelamente, estudió arte y diseño. Pero no fue hasta 1992 que incursiona profesionalmente en el fotoperiodismo al incorporarse al diario El Día de La Serena, donde llegó a ser editor de fotografía.
FOTOS QUÍMICAMENTE PURAS
Después de una década como testigo de la historia regional en primera fila y luego de una fecunda amistad con el fotógrafo con mayor reconocimiento internacional, Sergio Larraín (1931-2012), da un giro en su vida. Mauricio logra su independencia y se dedica a lo que siempre había soñado: fusionar la fotografía y el arte desde un prisma de crítica social.
También se rebela contra la fotografía tradicional, digitalizada, y redescubre el ambrotipo, una técnica de mediados del siglo XIX, sucesora del daguerrotipo, la perfecciona en México e incorpora conceptos de la idiosincrasia latinoamericana en temas de machismo, violencia, religión y política.
En la producción de sus ambrotipos pueden intervenir hasta un centenar de personas; directores de escena, maquilladores, vestuaristas, asistentes, iluminadores y escenógrafos. Ha expuesto en México, Argentina, Brasil, España y Chile. Ahora prepara una nueva muestra, con el título El cabello de la virgen (http://torogoya.cl).
Tiene en mente producir este año su primer cortometraje en México, siguiendo la línea de su trabajo fotográfico. Su opera prima espera estrenarla el próximo año y los temas son la fe, el sincretismo y la ritualidad ante la muerte.
¿Qué imagen tienes de tu niñez?
Tuve una niñez nómada. Tras la separación de mis padres, nos movíamos mucho porque había un país en dictadura, inestabilidad económica y laboral. Cuando nos establecimos en Santiago nos cambiamos varias veces de comuna por trabajo. La imagen que tengo de niño es de un país con militares.
¿Un país en blanco y negro?
Sí. Era un país gris. Bueno, Chile es un país gris, sin colores, sobre todo Santiago. Recuerdo un país pobre. En la televisión se decía una cosa y la realidad era otra. Eso me generó mucho ruido. Era el año ochenta y dos y yo tenía doce años. Habían empezado las protestas y en cada paradero habían militares armados.
¿En qué momento haces clic?
Tenía cerca de catorce años cuando comencé a asistir a reuniones por un compañero de colegio. Entendí, ahí, que la fotografía era un arma fundamental para combatir la dictadura.
¿Y cómo llegas al fotoperiodismo?
Inicialmente llegué con el tema de las protestas. Todos los fotógrafos que teníamos conciencia social salíamos a las calles. Después de eso, cuando llegué a la región en el noventa y dos, venía con mi portafolio de fotos. Iba a Vallenar a ver a mi madre, cuando bajé del bus en Coquimbo y vi los diarios El Día y Regional, dije: “aquí podría ser un aporte, tener una pega”. Recuerdo que fui a una entrevista en el diario Regional. Mostré mi portafolio con puras fotos de protestas y me dijeron “retírese de aquí”.
¿Y qué pasó entonces?
Me fui caminando a la costanera. Pasé a la Casa de la Cultura de Coquimbo, donde había una exposición del Estadio Nacional. Pensé que ahí había más apertura. Curiosamente, la directora de entonces era la madrina de mi hermano. Ahí organicé mi primera exposición y ella me contactó con el fallecido director del Diario El Día, don Antonio Puga. Me dio un reemplazo y me quedé trabajando once años.
¿Qué te dejó el fotoperiodismo?
Uno comienza a perder el sentido estético, el arte. Pero también se ganan muchas habilidades técnicas. Uno adquiere mucha personalidad para enfrentar situaciones, para fotografiar sin temores. Da una licencia y genera valor, sobre todo en conflictos. Eso se aprende en el ejercicio diario.
AMBROTIPO: CAMBIO RADICAL
Mauricio aprovechó los reportajes y las fotos del diario, para ir construyendo su propia obra y exponerla. “En el 2001, cuando me fui del diario, comencé a hacer lo que siempre soñé: arte. Tuve un taller fotográfico donde hacía clases. En el 2005 decidí, de forma absoluta, no trabajar para ninguna otra cosa que no fuese mi obra y tratar de vivir de ella”.
¿Cuál fue el proceso?
Traté de resolver algunas demandas personales que tenía con la fotografía y que eran, precisamente, cuestiones técnicas. Mi intención era no depender del mercado fotográfico para generar obras.
¿Entonces llegas al ambrotipo?
Profundicé en la historia de la fotografía, en los procesos antiguos y llegué a lo que hago hoy. Paralelamente, iba trabajando mis temas de desarrollo estético. Al ambrotipo llegué investigando y por rebeldía. Llegó un día que Kodak dijo: “señores, vamos a dejar de fabricar tal película”. Y la fotografía tiene algo muy particular, el material fotográfico es parte de la estética de la obra. Se acababa la película y me volví paranoico. Cuando comenzaron a salir las cámaras digitales que había que cambiarla cada año, dije “esto es un negocio y como artista no puedo someterme a ello”. Necesitaba producir mi propia obra de manera artesanal, mis propias placas o mis propios negativos fotográficos.
¿Qué has logrado con esta técnica?
El ambrotipo generó un cambio radical en mi forma de hacer fotografía. Hago las fotos que siempre soñé o que tuve esbozadas y guardadas. Me abrió un mundo, además, me validó como fotógrafo no sólo en la cuestión técnica. También, como fotógrafo dentro del mundo del arte. En Chile y Sudamérica creo que soy el único que la aplica en un proyecto fotográfico artístico.
SERGIO LARRAÍN
Trabajaba en el diario El Día, cuando un día llegó una fotógrafa francesa a exponer a La Serena y le preguntó si sabía donde vivía Sergio Larraín. Le respondió que no sabía quién era y ella sorprendida le contestó: ¿Cómo no lo vas a conocer? Es el más grande fotógrafo chileno y perteneció a la agencia Magnun. Mauricio, en ese momento, lo ignoraba completamente.
¿Y qué hiciste?
Investigué. Un amigo de Ovalle me dio su dirección. Sergio vivía en Tulahuén. Le mandaba cartas y nunca me respondía. Después de tanta insistencia me respondió para preguntarme que quería de él. Le respondí que me sentía un ignorante por no conocerlo, entonces me contestó que no le gustaba hablar de fotografía.
¿Pero igual rompiste su hermetismo?
Logré convencerlo para que viniera a dar una charla en el aniversario del diario El Día. En ese entonces, yo era editor de fotografía. También, logré traerlo a la casa Piñera para que diera una conferencia a los alumnos del taller de fotografía de la carrera de periodismo de la Universidad de La Serena. El dio la charla y luego fue al diario porque quería conocer cómo se enviaban las fotos por computador.
¿Fueron amigos?
Conversábamos mucho. Después, él comenzó a enviarme cartas. Me guiaba espiritualmente, ahí empecé a preguntarle sobre fotos. Primero, fue una amistad epistolar y, luego, de visitas. Eso generó una amistad muy larga hasta el día que falleció. Sergio Larraín parecía una persona de otro planeta. Todos los temas que hablamos en esos años, son lo que se discuten hoy: calentamiento global, sobrepoblación, en fin.
¿Cuál es, hoy, el autorretrato de Mauricio Toro Goya?
Soy un fotógrafo que tengo la posibilidad y la suerte de dedicar todo el tiempo del mundo a mi obra. Y ese mismo proceso ha dado resultado. Es difícil, pero creo que se puede hacer. Vivo absolutamente de mi obra. Mi retrato es el resultado de un artista que se dedica a su obra. Nada más… todo lo que he logrado ha sido por eso.
“En el 2005 decidí, de forma absoluta, no trabajar para ninguna otra cosa que no fuese mi obra y tratar de vivir de ella”.