Visitamos tres casas de Cachagua, la más antigua tiene cuarenta y cinco años; la más nueva, apenas dos. Un recorrido en la línea del tiempo de este pueblito de calles de tierra y viviendas de pelo chascón. Aunque el coirón está en franco retroceso y el hormigón a la vista es la vedette del momento, visitamos inmuebles de tres generaciones diferentes que, a su modo, hablan de su época y del lugar al que pertenecen.
por Elisa Collins V. / fotografía Andrea Barceló B. / agradecimientos Morel Propiedades
Emprendimos viaje por la ruta 5 Norte, específicamente por la Carretera del Aconcagua rumbo a Cachagua, exactamente 170 kilómetros al norte de la calurosa capital veraniega. Las gigantografías de proyectos inmobiliarios en la zona dan seña de cómo se ha densificado la construcción en todo el trayecto costero que une Maitencillo y Papudo. Enormes condominios de casas mediterráneas que se trepan por los cerros, conjuntos de departamentos lujosos que llegan hasta la arena, cadenas de supermercados y bencineras se han desplegado a ambos costados de la ruta costera.
Cachagua también tuvo que crecer, más allá de las callecitas que se desplegaban en rededor de la tradicional Plaza de Los Burros hasta el mar. A fines de los ochenta se comenzó a popularizar la zona de El Golf y unos años más tarde, a lotear lo que hoy se conoce como Aguas Claras. A continuación, tres buenos ejemplos que han sabido conservar en algunos casos y construir en otros, esa lozanía propia de “la casa de playa”. A través de sus materiales, sus jardines de conchuela blanca y sus dimensiones recatadas, han sabido ser auténticas en su estilo y no han caído aún en la tentación del concreto, ni de los cientos de miles de metros cuadrados.
Piedra y Madera
La casa de María Inés Correa y Andrés Couve —construida por el arquitecto belga José Melin Colman en 1970 con la colaboración de los hermanos Alfredo y Fernando Chacón— fue adquirida por sus dueños en 1988. Está ubicada en Avenida del Mar, a metros de la Plaza de Los Burros y a la entrada de la Playa Las Cujas. La combinación entre la piedra y la madera es muy característica de su época. El gran caño de la chimenea recubierto de piedra es uno de los distintivos de la casa, al igual que sus jardines, que rodean la construcción. Caminitos de conchuela blanca bordeados por helechos, verónicas y pitos poros desembocan en diferentes rincones del jardín: en el horno de barro, en una plazoleta con sillas y quitasoles y en una ducha para sacarse la sal del mar. En medio del recorrido, aparecen ramilletes de coloridas flores como hibiscos y lantanas. Toda la zona exterior ha sido arreglada y mantenida por María Inés Couve, paisajista e hija del matrimonio. En esta casa conviven tres generaciones, los abuelos, los hijos y los nietos: “es un lugar muy familiar”, comenta María Inés.
Campo y mar
Cecilia Torrealba y José Miguel Viguera, ambos cachagüinos de siempre y muy deportistas, acaban de cambiarse a esta casa ubicada en medio de un bosque de pinos y eucaliptus, en el sector El Parque de Aguas Claras. Ella, amante del yoga, es instructora de esta disciplina milenaria desde hace años y ese toque oriental se respira en el ambiente. La figura de Shiva en un extremo de la piscina y la puerta balinesa de doble hoja que accede al jardín, son dos buenos ejemplos. La casa entera está revestida de fibrocemento que imita madera. El jardín —de los paisajistas Maureen Foster y Taibi Addi— se compone de varios desniveles, donde la conchuela blanca y los durmientes marcan los cortes de terreno. En la terraza, donde los principales muebles están construidos en obra, la protagonista es una mesa de tronco pintada de un color pastel muy ad hoc para el lugar. Es una casa de sectores comunes amplios y varias habitaciones. “Lo principal era reunir a toda la familia para las vacaciones y gran parte de los fines de semana. Queríamos ser un punto de encuentro. En un tiempo más imagino la casa llena de nietos, disfrutando, igual como nosotros.”, comenta Cecilia.
Una casa a la pasada…
El sector de El Golf de Cachagua comenzó a ser edificado más fuertemente entre la década de los ochenta y los noventa. Su nombre lo adquiere por la cercanía al Club de Golf, con una vista privilegiada al mar. Es una zona, por lo general, de gente más joven, de muchos adolescentes y niños que circulan caminando y en bicicleta. Fue este el sitio que eligió el padre de Paola Mondiglio para regalarle una casa a su hija, casada con Arturo Marinetti. La casa era la típica cabaña de madera sobre pilotes y con coirón. La estructura básicamente es la misma, a excepción de algunas ampliaciones y la eliminación del coirón. “Es un punto de encuentro de amigos, niños y familia. Como buena familia italiana que somos, todo gira alrededor de la comida, somos sibaritas, nos encanta celebrar y la buena compañía”, comenta su dueña. El matrimonio y sus tres hijos son gozadores de los viajes; en el momento de escribir este reportaje se encontraban por un mes recorriendo La India. La casa es ecléctica, colorida y de estilo relajado, como sus dueños. Muchos cuadros pintados por Paola visten los muros y también otros de la artista Melina Vivado, hija de Carolina Landea. Es una casa de hamacas a la sombra, de objetos traídos de lugares lejanos, de móviles de conchitas, de mucho color blanco y telas livianas que bailan los soplos del Pacífico.