Quienquiera que haya estado en India por un período largo sabe qué es un “timbre de taza de té”. Se trata de la marca circular que deja una taza apoyada en un documento, porque el funcionario que leyó y tramitó el papel se tomó no una sino varias tazas, dejando sus marcas sobre el papel. Es la costumbre: tomar entre ocho a diez tazas de té diarias. Entonces, si uno cuenta los sellos de té sabrá cuantos días transcurrieron para que el papel pasara no solo por uno sino por varios escritorios.
Timbres de tazas de té, huellas de las distintas fases de una tramitación. Líneas de funcionarios que leyeron, hicieron anotaciones al margen y complicaron una aprobación. Cada cual, cuidando su puesto en el medio de la enmarañada burocracia; lenta, tramitadora, con mil vericuetos e impredecibles resultados.
Pero esa India cambia, y disminuirán los timbres de tazas de té y otras cosas lánguidas y románticas. India quiere ser gran potencia y, sobre todo, mejorar la vida de varios cientos de millones de indios que aún viven en condiciones paupérrimas. Y la situación del país es óptima para transformarse en la economía más prometedora del mundo. En un horizonte mundial mustio y sin ribetes, India es quizás la única economía emergente que muestra potencia y decisión. Lo dicen expertos de distintos organismos económicos y bancos internacionales que comentan cómo India tiene todo a su favor: buena moneda, mercado apenas desarrollándose y con gigantescas posibilidades, en un escenario con materias primas baratas y abundantes —en especial, petróleo (compra el 80% del petróleo que necesita). Pero para poner todos esos factores en una sola línea, primero debe resolver complicaciones muy enraizadas. India, nacida de la impronta del viejo imperio británico, mezcló esa estructura administrativa con la receta socialista de un Estado planificado y centralizado. Desarrolló así una maquinaria burocrática descomunal, empresas estatales enormes e ineficientes. Ejemplo clásico son sus ferrocarriles, con un millón y medio de empleados y un presupuesto ciclópeo, con fugas y pérdidas inaceptables.
Entonces, para acelerarse y despegar escapando de la endémica gravedad de su pobreza, India debe deshacerse de muchos viejos lastres. Lo principal es racionalizar un Estado elefantiásico. Aligerar una burocracia que nadie entiende; cerrar oficinas, jubilar ejércitos de funcionarios lerdos y mañosos, automatizar, digitalizar, simplificar. Para todo eso tiene lo necesario y a la mano. A diferencia de países del primer mundo, que no obstante su riqueza, se han envejecido, India posee una rebosante energía juvenil. De sus mil trescientos millones de habitantes, la mitad tiene menos de treinta años, enorme fuerza que no sólo está en plena edad productiva, sino que además posee una actitud mental abierta a la innovación, lo que se combina a la perfección con la tradición que siempre enfatizó en el espíritu libertario, en la inteligencia y en la cultura de la creatividad.
En 1991 —época en que se hundieron los “socialismos reales”—, India se atrevió a emprender un cambio trascendente: liberalizó su economía, permitió la libre competencia y se abrió a la inversión externa. El efecto fue un impulso que se notó en tasas de crecimiento notables. Mas no ha sido suficiente; es preciso un cambio mayor. Y justamente hoy el Primer Ministro Narendra Modi dispone de todo el poder político para hacer la mutación. Su gobierno, de amplia base, tiene una proyección de diez años, lo que es garantía de continuidad para toda medida que se tome. India, dirigida por el Partido Bharatiya Janata de Narendra Modi, está enfocada en el desarrollo interno. La India, paladín en temas mundiales, pasó a la historia. Por eso, y a pesar de lo que se lee en más de un periódico, India no busca rivalizar con vecino alguno. Más bien busca la complementación con la región en que está inserta. Si ha sabido de su gigantesco presupuesto militar, sepa que eso es a causa de su necesidad de equipamiento básico para una disuasión proporcional a su tamaño. Y si bien hay disputas fronterizas con China, esos son roces que parecen más parte de la costumbre. Además, la industria militar india, que es capaz de suplir buena parte de sus necesidades, mueve una enorme área de la economía. Un gran presupuesto de renovación de equipos es una inyección a la industria nacional en general.
Narendra Modi mantendrá la disciplina monetaria, la dureza y austeridad fiscal. La India de Modi es la de la transparencia y la honestidad. Así, las grandes reformas se construirán sobre terreno incorrupto. India se prepara para un cambio de vocación, y aunque ha tenido éxito con el desarrollo de industrias de Hi-Tech, tendría que insistir en otras áreas aún débiles o solo relacionadas al consumo interno: la industria pesada, la industria automotriz, los bienes de consumo masivo, las agro-industrias y alimentos procesados, la industria química avanzada, entre otras. Para dar ese salto tiene, por otra parte, que modernizar un añejo sistema de legislación laboral, que se ponga a tono con los modos de producción futuristas.
Si India hace todo eso, se reducirán los “timbres de tazas de té”. Cualquier trámite pasará, a lo más, por un par de escritorios para ser aprobado. Aunque no hay que preocuparse. India seguirá siendo India y siempre habrá tacitas de té, es decir, de “chae”.