Llueve, es el viernes 8 de septiembre de 1995, y la fila dobla por San Diego para entrar al legendario teatro Caupolicán, rebautizado como Monumental. El cartel anuncia a Paradise Lost, Faith No More y Ozzy Osbourne, en ese orden. El primer número fue intrascendente y el final una deuda que se pagaba. Lo sucedido entremedio quedó como la escena más bizarra en la historia de los conciertos en Chile: la voz de FNM, Mike Patton, bañado en escupitajos. El cantante, lejos de enfurecerse, respondió con la misma moneda, mientras la banda se jugaba la vida en el escenario, promocionando King for a day... fool for a lifetime, publicado el 28 de marzo de aquel año.
Hoy es un clásico del rock de los noventa, pero en su momento fue un disco difícil para la banda de San Francisco, la única que sabía moverse desde el metal hacia diversos géneros, sin importar la lejanía estilística. Habían despedido al guitarrista Jim Martin, y el estado emocional de varios integrantes oscilaba entre crisis nerviosas y severas dudas sobre el rumbo artístico del grupo. El tecladista Roddy Bottum era amigo íntimo de Courtney Love, la esposa de Kurt Cobain. Experimentó en primer plano el suicidio del líder de Nirvana mientras su propio padre moría, y colapsó. Patton sentía que estaban más viejos y desorientados, mientras el bajista Billy Gould, uno de los principales compositores, pensaba que debían buscar distintos grados de tensión musical.
A dos décadas y a pesar de su diversidad —metal, bossa nova, jazz, pop orquestal— King for a day... es un ejemplo de concreción, unidad, y una clase de desprejuicio, quizás el mayor talento de Faith No More. Con ellos quedó claro, desde un principio, que también existía vida inteligente en el heavy metal.