Una de las mayores satisfacciones de ser artista, es lograr la emoción en el público. Es indescriptible la sensación que provoca ver cómo las personas se salen de su estado habitual al enfrentarse a un trabajo que justo en ese momento cobra el estatus de obra de arte.
Una creación, cualquiera que sea, involucra mucho más que la ejecución de un proyecto y logra contribuir a la definición de la identidad de una sociedad, una comunidad o un país.
Hoy tuve la posibilidad de concretar un sueño: generar un trabajo colaborativo con jóvenes de uno de los barrios más vulnerables de La Habana. En La Lisa hoy están viviendo un momento histórico que será explicado por expertos de las más diversas disciplinas. Sin embargo, lo que pudimos enfrentar fue mucho más allá.
Lograr que estos adolescentes descubrieran una forma de expresión a través del arte nos abrió el camino hacia el conocimiento mutuo. Entregamos parte de nuestra esencia y aprendimos a valorar lo que estábamos recibiendo, lo que allana el camino para nuevos intercambios y mayor entendimiento.
El intercambio cultural más allá de las fronteras, no solo entrega un beneficio a quienes reciben el regalo de talleres y espectáculos u obras, sino que, por sobre todo, fomenta el respeto por la diversidad creativa, fuente de gran riqueza para el desarrollo de las naciones.
Que diversos actores culturales traspasen las fronteras nace como respuesta a la necesidad de potenciar valores para una ciudadanía activa, que logre soñar y concretar esos sueños, generando proyectos viables, como dice Julio Cortázar: “Se trata de que los accesos inmediatos o mediatos a la cultura se estimulen y faciliten para que esa espiral sea cada vez más obra de todos, para que su ritmo ascendente se acelere en esa multiplicación en la que cada uno, hacedor y receptor, pueda dar el máximo de sus posibilidades”.