El Norte Grande no existiría si no fuera por él. Tampoco la nortinidad. Quizás para muchos es solo el nombre de una calle o un posible abuelo en quinto grado del seleccionador argentino. Pero Andrés Sabella es mucho más que eso. Es mucho más de lo que muchos pudieran imaginar y si usted quiere entender algo de lo que significa desierto, le aconsejo conocer sus escritos. Quisimos celebrar el aniversario de Antofagasta mirando nuestro entorno a través de los ojos de Andrés. Hicimos un viaje en el tiempo. Nos sumergimos en sus ensayos, poemas y novela para impregnarnos de identidad.
Por Claudia Zazzali C./ Agradecimientos a María Canihuante y Sergio Gaytán, autor del libro Calas para Andrés Sabella.
Nos tomamos de la mano de María Canihuante y Sergio Gaytán, otros grandes personajes que encarnan el más puro espíritu de quienes crecimos entre los cerros y el mar. En ellos representamos a todos quienes, día a día, realmente aportan al engrandecimiento de esta tierra, que como una madre severa, entrega sustento y protege a los suyos. Quizás no hay ternura en nuestro paisaje, pero hay fuerza. Agradecemos a los que inspiraron esta entrevista interdimensional. ¡Feliz cumpleaños, Antofagasta!
Era bajito don Andrés. Por eso al entrar a su taller, el Taller del Duende, llamaba la atención que su máquina de escribir estuviera en una especie de pedestal: “los periodistas escriben de pie”, sentenciaba, quizás incitando a teclear con urgencia los temas que puedan cambiar al mundo. Su más importante creación literaria fue escrita de esa forma, en su casa de Santiago. “En Serrano 449, escribí de pie, para otear más cómodamente, en mi sangre, los panoramas calicheros, mi novela Norte Grande”.
Ni se acuerda cuándo empezó su relación con la palabra, pero sí tiene claro que era su destino. "Tal vez por eso nací para escribir, porque había mucho sueño disperso en la sangre de mis antepasados. No lo sé, pero sí sé, y lo cuento sin ninguna arrogancia, por cierto, que, desde los tres años, yo andaba con un lápiz en la mano y rayaba paredes y ropas". (Miguel Moreno Monroy Revista de Educación, mayo-abril de 1980).
Esos sueños dispersos a los que hace referencia, lo forjaron como “hombre de dos desiertos”. Su padre era un ítalo-palestino, con abuelos florentinos, criado en Jerusalén y moldeado en Antofagasta. “Mi padre, emigrado de Jerusalén, me enseñó lo que no olvidaré jamás: que soy chileno pero que detrasito del roto va él, van mis abuelos lejanos, va otro desierto. Siempre me repitió sonriendo: eres un roto con turbante y nada más”.
Su madre, copiapina de nacimiento, antofagastina por adopción, tuvo una muerte temprana, dejando a Andrés un dolor que lo acompañó siempre. “¡Por qué nos quedamos solos en la tierra! ¿Y la madre? Mi padre lo explicó en un sollozo. Entonces entendí que la muerte era distancia, era silencio, era existir con la mitad de la vida en el vacío” (Crónica íntima). Busca aferrarse a su recuerdo asumiendo que su talento artístico proviene de ella. “Mi madre, de hermosa voz, soñó con el teatro. Soy hijo de mi madre y de la soledad que trajo su muerte”.
Otro tema que marcó su infancia fue la profesión de su padre: joyero. “Entre el rayo que escapaba del rubí, la gota de agua real de los diamantes, y la pupila de sirena enamorada que es la perla, aprendí a saborear la infancia. Mi padre era dueño de una joyería. Y si los armadores guardan en sus maderas el rumor del bosque y lo entregan al mar, los joyeros conservan el secreto de la miel en el oro –que no es sino miel en sed de eternidad” (Norte Grande).
NORTINIDAD
Este año que se inicia, conmemoramos el centenario del nacimiento de Sabella. Nació en año bisiesto y, según sus palabras, eso lo hermanaba con otros hombres distinguidos, como Pedro de la Barra y Elías Zalaquett, además de sus amigos de aventuras Luis Merino Reyes y Orlando Cáceres, con quienes recorría las calles de Antofagasta, que poco a poco se hicieron suyas: Matta, Prat y Uribe, las calles donde inició su rumbo literario y desde donde recogió la inspiración para su futuro.
“Nací en Antofagasta, crecí en Antofagasta, soñé en Antofagasta”, decía el poeta. Estudió en el Colegio San Luis y luego partió a Santiago a cursar la carrera de Derecho, la que nunca terminó y en la que permaneció más de once años. Si bien no obtuvo el título de abogado, fue en su época universitaria en que su amor por la literatura se convirtió en su profesión. Fueron veintiún años en la capital, pero nunca olvidó su tierra.
“Tanto así”, relata María Canihuante, guardadora de la herencia literaria de Andrés, “que fue en Santiago donde nació Norte Grande, mientras pensaba en el sol, en el desierto, en el mar, en la vida de estas extensiones, mientras miraba pasar la gente bajo la lluvia”. La importancia de esta novela es que es la primera nacida en el salitre, donde el autor no solo recorre cada piedra, cada rincón de su norte amado, sino además hace un retrato profundo del trabajador salitrero y su historia.
“El Árbol del Bien y del Mal debió levantarse sobre un corazón de Caliche. El salitre es como el Blanco y el Negro de la vida: vigoriza la entraña de la tierra empobrecida; y si es vida es, también, vértebra de muerte” (Norte Grande).
Cronista lúdico, participó en revistas y diarios como La Estrella de Antofagasta, Revista Hoy, Revista Ercilla y Las Últimas Noticias de Santiago, para el que colaboró más de cuarenta años. Recopilador de autores olvidados, concreta su rescate literario en el cuadernillo Hacia, que publica desde el año 1955 hasta su muerte en 1989. Dibujante admirador de Picasso y Matisse, fue depurando su pluma tanto en la palabra como en la imagen, buscando la perfección de un trazo limpio.
Aunque reconoce su origen burgués y mantiene la católica costumbre de la misa dominical, Sabella es un connotado militante comunista y uno de los fundadores de la Alianza de Intelectuales en contra del Fascismo. Humanista hasta los huesos, estrenó en el Teatro Obrero de Antofagasta su espectáculo colectivo La Mugre. También llegó a ser Capitán Nacional de la Hermandad de la Costa. Fue miembro de la Academia de la Lengua, varias veces postulado al Premio Nacional de Literatura y Doctor Honoris Causa Universidad del Norte "por sus méritos intelectuales y su obra al servicio del Norte de Chile".
También escribió boleros y los cantaba en la noche santiaguina en uno de los boliches de la calle Bandera, donde vivió la bohemia en su máxima expresión. En una de las anécdotas que relató en sus Linternas de Papel, recordó como alguna vez se reunió con un grupo de antofagastinos para celebrar el 14 de febrero. “El pianista era un coterráneo, por lo que le pidieron que tocara el vals de la ciudad. Y que lo repitiera. Y que lo repitiera. Y que lo repitiera. ¡Diecisiete veces cantaron este vals! Imagínate los otros comensales”, nos cuenta María.
EL SER HUMANO
Andrés se inspiraba en la naturaleza. Dentro de sus preferencias estaba el desierto, pero en paralelo, el mar. Ambos fueron ingredientes fundamentales en su obra, pero destaca, por sobre todo, la persona. Admiraba profundamente la tenacidad de las personas y quizás de ahí nace su infinita sed de justicia social.
En su poema Juan López, homenajea al fundador de Antofagasta. “Eras hombre del mar y de las huellas, Juan Halcón, Juan en vértigo de tierras. Hablabas con los peces y las piedras, cateador de mares y de vetas. Viento arriba llegaste con tus velas, del mar llegaste y te gano? la arena. De viento y soledad fue tu vivienda, el sol se refugiaba en tu cabeza. Esta ciudad nació de tu miseria: ni el cobre ni el guanay dieron la hacienda. Sacaste del harapo la bandera; de ti, la luz de la aventura nueva. Antofagasta es sólo una herramienta: todavía Juan López la gobierna”.
Andrés se embelesa con la capacidad de los hombres por doblar la mano de la pampa. Del mismo modo, sufre ante la inequidad. En cada uno de sus textos, desliza su angustia frente a la violencia. “Volvemos a crucificar a Cristo cada vez que el hombre atenta contra el hombre”, decía el vate.
Quizás esa dualidad de gozador y doliente fue la que lo arrojó a temprana edad a la literatura, como una forma de desahogarse. Rumbo indeciso se tituló su primer libro de poemas, publicado en 1929, cuando apenas entraba a la vida adulta. Las ilustraciones de Eduardo Ventura, hermano de Osvaldo, y algunos poemas, como el de Las Putas Pobres, hicieron temblar a su padre y obligaron a la editorial a pedirle que retirara ciertos temas que podían ser controversiales. A pesar de que este fue el primero de más de treinta libros, nunca se jactó de su pluma y siempre exaltó el Norte.
“Pampa abierta no es posible que nada se esconda a los ojos de la muerte. Yo no sé si el diablo tiene pañuelo, un pañuelo grandote y fiero para secarse la frente una vez que ha terminado de llenar el negro hoyo de soledad con el alma de los condenados. Si el diablo tiene pañuelo, ese es el desierto”.
También nos describe: “Aquí mineros y aventureros vinieron a estrecharse las manos; el minero y el aventurero trajeron su canción y su leyenda. Éstas no podían permanecer en las huellas, sobre los tiempos, con el riesgo cierto de extraviarse, un día, para siempre” (¡Así es el Norte!).
Pablo Neruda decía “Andrés Sabella nortiniza, como yo ensurezco”. Pero aún queda tanto por decir: de su vida, de su obra, de su poesía infantil tan fértil, de sus dibujos, de su caminata diaria a revisar su casilla de correos, de su protagonismo en la historia. Pero el espacio se acaba y solo queda invitar a redescubrir las letras de Sabella, invocando su presencia cada vez que decimos Norte Grande.
El norte de Chile
Aqui? la tierra vive dentro de su propia sombra, vive en equilibrio de inmensidad, mira?ndose en largui?sima vigilia.
Es la tierra donde la piedra habla a las piedras, donde un coro de piedras va de si? hasta lo infinito.
Despertando la desolacio?n de las arenas, rozando el hombro de los quiscos, el viento vuela con el cielo a su espalda.
El viento pampino, correo de los mineros que gritan su esperanza al oi?do del azar. ¡Patria salitral, patria del cobre anegado en su misma sangre!
No busques un rostro para colocarlo a la estatua rota de los tiempos: ¡alli? lo tienes!
Furiosamente, el sol toca sus labios. La distancia es su cabello. Un di?a, la sed son?o? un juguete: nacio? el espejismo.
Otro, un cateador acaricio? la altura: nacieron los pimientos...
Los "rotos" lo fundaron en sudores,
caminando su misterio.