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EDICIÓN | Febrero 2015

Sultanes y teleseries

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Sultanes y teleseries

Las telenovelas turcas la llevan. Sin retorcimientos postmodernos, crean esa realidad ficticia que encanta y enseña. Se muestran valores casi extintos: recato, respeto, pudor, nobleza. O bien maldades que consuelan al espectador porque son inaceptablemente mayores que las propias bajezas. Dramas turcos que destronaron a realities y destapes nacionales. ¿Por qué? Quizás presentan un costumbrismo auténtico.

Turquía, heredera del mundo heleno, es patria de la tragedia y la puesta en escena. El teatro griego era un diálogo entre actores y audiencia. Los unos desnudaban el alma humana; los otros, reconocían la perversión oculta tras disfraces y caretas. Arte que conducía a los asistentes al éxtasis necesario para caer en la sima donde se retuerce la infamia y la vergüenza. Estas obras han desatado una búsqueda que ha llevado a muchos chilenos a Estambul. Antes fue la India; ahora hay una onda turca con savoir musulmán que arrastra a los que necesitan una katarsis a Éfeso, o a Mileto. Hasta allá van émulos de Sófocles, más varios puñados de descarados concejales que han usado fondos públicos para ir a la cuna del arte dramático. Chile es una tragedia digna de Eurípides, ahora transfigurada en novela tipo El Sultán. Convendría entonces repasar detalles de tan interesantes personajes.

El Sultán habitaba el magnífico Topkapi, y poseía un Harem (o Seraglio) lleno de bellas y voluptuosas mujeres; mas, no por estar rodeado de belleza vivía feliz. Este líder máximo del Imperio Otomano estaba expuesto a tales dramas e intrigas que un solo día del Sultán ya sería un sabroso libreto. Entre otras cosas, estaba expuesto a la manipulación femenina. Tanto así que al imperio se le llamaba Kadinlar Sultanati o “reinando de mujeres”. Detrás del Sultán estaba su madre o Sultán Valide; luego venían las esposas o hasekis, cada una moviendo sus redes de parientes. Muchas veces sucedió que siendo el Sultán muy joven, la Sultán Valide ejerció el mando supremo controlando a Muftis (“obispos” musulmanes) y wizires (ministros), y el trono quedó entonces atrapado por años en una maraña de influencias. Además de mujeres, en el palacio había cientos de eunucos, intrigantes y alineados con concubinas, constituyendo verdaderos partidos políticos; a lo que se sumaban las decenas de hermanas del Sultán. Toda esa influencia femenina hizo del gobierno otomano un gran teatro, suficiente para inspirar muchas teleseries modernas.

Toda mujer del Harem, en esencia, era una esclava que debía obediencia absoluta. Mas, había categorías lo que generaba una estructura piramidal de hijos, no obstante los paridos por las simples concubinas ni siquiera eran considerados nobles; solo demostraban la potencia reproductiva del Sultán. Tampoco nadie osaba averiguar si eran vástagos del Sultán o de un cocinero avispado. Hablar cuando se debía callar, habría costado la lengua. Los hijos de las esposas favoritas eran los príncipes herederos, lo que creaba una feroz competencia. Cualquiera de esos podía ser el futuro Sultán, por lo que eran frecuentes los asesinatos. Sucedió muchas veces, que estando ya escogido el sucesor, y proclamada la nueva reina madre, esta aseguraba el trono de su hijo deshaciéndose de los demás. En una sola noche podían desaparecer todos los niños del palacio en el más horroroso baño de sangre. Así las cosas, en Topkapi nadie estaba a salvo de las conjuraciones. Aunque ser grato a los ojos del Sultán y ostentar por ejemplo el título de Sultan Kadin o Haseki (amada por el Sultán), era un seguro de vida; o a lo menos ser amada por la Sultán Valide. Concubinas había muchas; Madre, una sola.

Volvamos a las teleseries. Si ha reparado en la belleza de actrices y actores turcos, esta es una buena explicación: al Sultán le traían a las más bellas, a modo de regalo. Desde el Cáucaso, Georgia, lo que hoy es Ucrania, incluso de Rusia. Era tal el flujo de mujeres jóvenes, que a veces el Sultán desviaba los regalos dándolas a sus pashás (gobernadores y altos oficiales). Y tal como vivía el Sultán, así también lo imitaba la aristocracia, con harem de odaliscas y tensiones de telenovela. A nivel de pueblo era lo mismo; cada cual trataba de alcanzar lo máximo; y como tener mujeres daba estatus, las compraban en el mercado de esclavas. Las mujeres eran traídas desde toda el Asia y Europa. Más de un padre empobrecido vendió a una bella hija para poder dar de comer al resto de la prole. Por lo demás, se sabía que ninguna
odalisca tenía mala vida; si era hermosa y astuta, tendría un buen pasar hasta el final de sus días.

Por eso, una gedikli —aprendiz de odalisca— debía saber danzas, recitar poesía, cantar y, sobre todo, ser hábil en artes amatorias. Odalisca, (“oda” = corte) era la cortesana que estaba presta al llamado. Retozaba muy perfumada y enjoyada, atenta al paso del Sultán, pues cualquier día la podía llamar. De ella dependería escalar y llegar a ser favorita, una Sultán Kadin. Otro destino era si en un banquete el Sultán decidía honrar a un invitado cediéndole una de sus odaliscas. Debía llevársela; y ni pensar en devolverla. Eso habría sido un insulto. Menos aún darle maltrato, lo que se penaba con la muerte. Por eso, toda mujer turca era una reina en su casa. Todo un ejemplo. Entonces, viajes y culebrones turcos podrían darnos una pista, ya que andamos medios perdidos. En cuanto a mí, que no soy cabeza de turco, cualquier semejanza con locales sultancillos y matriarcas es malicia suya, querido lector, que deberá purgar con otra dosis de teleserie nocturna.

 

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