Antes que el salitre, Europa, y especialmente Inglaterra, importaba guano del Perú. Los Estados Unidos competían en estas importaciones. Capitalistas desembarcaron en las costas occidentales de América con el fin de explotar la riqueza guanera: la inversión era modesta, la mano de obra barata, líneas férreas y muelles de embarque disponibles.
Desde los tiempos prehispánicos se desarrolló un intenso comercio entre pueblos costeros y andinos, seres que vivían en paisaje geografía distintas y, por lo mismo, se alimentaban de diferentes maneras. Los primeros vivían de recursos que les brindaba el mar. Los andinos, de una agricultura de sustento y ganado domesticado. Por supuesto, las economías eran complementarias. Los poblados costeros necesitaban verduras, cereales y carnes y para obtenerlos viajaban a los pueblos del interior para intercambiarlas por productos del mar y, fundamentalmente, por guano de aves que se usaban para fertilizar las tierras.
Lo que pasó después lo conoceremos por un escrito dejado por Amadeo Frézier quien, a comienzos del siglo XVIII, recorrió el territorio de Chile y Perú. Escribió: “la isla de Iquique está habitada por indios y negros que se ocupan de sacar guano… ya desde cien años atrás, se cargan diez o doce buques para abonar las tierras. Además se cargan mulas para viñas y tierras de labranza, en Tarapacá, Pica y otros lugares cercanos”.
El más grande de los acopios de guano de ave se ubicó en las islas Chinchas (Perú). En Tarapacá el guano de aves marinas en: Pabellón de Pica, Huanillo, Punta de Lobos, Patache, Punta Blanca y Chipana.
BLANCOS, NEGROS Y AMARILLOS
En la explotación se recurría a mano de obra barata y sufrida. Los primeros trabajadores fueron blancos pobres o negros comprados a los agricultores de la costa norte de Perú. Pero era necesario un mayor número de trabajadores. Eran los tiempos de la emigración de chinos empujados por el hambre y la miseria. Como el tiempo del salitre, existían “enganchadores” que recorrían el país en busca de trabajadores.
Con un contrato firmado se llevaban a Perú y allí se compraban los títulos. Lo que vivían es difícil narrar. Casi como esclavos, colgados de los cerros donde se acumulaba el guano, los culíes debían sacar los fertilizantes, cuyo contenido de amoniaco y otras sales destruía la piel y los ojos. Si no obtenían la cantidad que se les asignaba, eran duramente castigados con latigazos y expuestos al sol como término de la azotaina. Muchos no soportaron los sufrimientos y cuando estaban colgados, cortaban la cuerda que los sostenía y caían barranco abajo hasta hundirse en el mar. Era la forma de explotación del naciente capitalismo: se enriquecían con la naturaleza y los seres humanos. El peso de la brutalidad golpeó a blancos, negros y, específicamente, a los culíes chinos.