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EDICIÓN | Enero 2015

Ciudad para las masas

Por Marcelo Molina Schwarzenberg Arquitecto R8 HCHR marcelo.molina@r8.cl - www.r8.cl
Ciudad para las masas

La ciudad de las masas es un lugar de nadie, donde estos espacios de integración y construcción de tejido social no existen porque las personas están segregadas y segmentadas consumiendo la ciudad, no viviéndola.

Metrópolis, la gran ciudad de fin de siglo, llevada hasta el extremo de lo posible por la deshumanización y el descontrol de quienes “paradójicamente” ejercen ese control y que hicieron de ella una nueva torre de Babel, el Zigurat, el Rascacielos como símbolo de futuro, hito de la modernidad concebida solo desde la perspectiva de la capacidad de la técnica. Un mundo de contrastes y diversidad cultural, razas, arquitecturas, música urbana, tecnología, máquinas colosales, información, tribus, riqueza y pobreza conviviendo en superestructuras de escala masiva que no hablan del ciudadano ni de la particularidad del individuo, sino de una sociedad de masas y clases que constituyen el paradigma del nuevo milenio. Un espejismo, una ilusión, una ciudad tan maravillosa como despiadada y oscura, soñada en tinta y capturada en celuloide por Thea von Harbou y Fritz Lang, respectivamente, por allá en los años veinte. Imposible como la ya mítica ciudad de las nubes. Superficialmente hermosa, luminosa, extensa, segregada y segregadora por naturaleza humana, es el fiel reflejo del orden de un urbanismo teórico, distante, ideológico y anacrónico. El hábitat, el hogar, el útero sintético de la matrix, un medio artificial y programado que existe con vida propia, que nos alumbra y también nos deslumbra con sus artificios tecnológicos que borran los verdaderos centros. Las bóvedas de acero descritas por Isaac Asimov cobran vida en estos bloques de hormigón armado altamente densificados, sin gracia ni esencia propia, señal del triunfo de la estandarización, optimización, diseño en serie, de la arquitectura y la ciudad de y para las masas. Arquetipos de la industrialización y de una sociedad con sus bases fundacionales sentadas en la era post revolución industrial. Una ciudad explotada donde la lógica inmobiliaria ha sido desarrollada con el objetivo de reventar un terreno en su máxima constructibilidad y ocupación de suelo, postergando calidad de vida en pos de la rentabilidad e hipotecando la ciudad al no hacer ciudad.

La tecnología iniciada que domina y controla cuando no está al servicio de un ideal (proyecto) dejando de constituir un medio para convertirse en un fin que no tiene rumbo claro.

Quienes hayan leído Metrópolis, la fantástica novela de anticipación alemana escrita, en 1926, por Thea von Harbou, o visto la película realizada en 1927 por Fritz Lang, podrán descubrir que esta visión, sin duda, constituye una crítica social revolucionaria en su momento y contexto, que de pronto no dista mucho de los espacios, de la arquitectura, de las ciudades y de todo los problemas que hoy estamos construyendo. Crítica que también estuvo presente en cintas, como Aelita, Reina de Marte (1924), dirigida por Yakov Protazánov; La mujer en la Luna (1929), dirigida por Fritz Lang; o Tiempos Modernos (1936), escrita y dirigida por Charles Chaplin.

Y es que, ¿cuál es el espacio de la polis, el espacio del ciudadano, el foro donde la expresión ciudadana se manifiesta? ¿Existen espacios en nuestra ciudad para la cultura donde esta se exprese y se viva la ciudad, el ciudadano y su individualidad en su propia identidad?

La ciudad de las masas es un lugar de nadie, donde estos espacios de integración y construcción de tejido social no existen porque las personas están segregadas y segmentadas consumiendo la ciudad, no viviéndola. Como dice Ana Tijoux en Los peces gordos no pueden volar (Vengo 2014): “Kidzania no es un parque, un mall no es una plaza, y ese celular a los amigos no reemplaza”…

¿Quién ejerce el control sobre la ciudad?, ¿quién decide en qué ciudad queremos vivir?, ¿nosotros?…

 

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