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Entrevistas

EDICIÓN | Enero 2015

La vida en círculo

Andrés Vío, artista visual
La vida en círculo

Este hombre tiene una visión crítica respecto de la cultura, asegura que no es un impedimento estar en regiones para crear, sino que falta generar las propias oportunidades o aprovechar las que existen.

por Constanza Valenzuela M. / fotografía Francisco Cárcamo P.

Tranquilo y pausado, delgado, de ojos color miel, simpático y con un don increíble para crear obras que enigmáticamente siempre tienen, como figura principal, un círculo, y aunque en la actualidad está
experimentando con la pintura, su obra es más conocida por la utilización del papel de diario. Hoy, la firma Vío, atraviesa el mundo; es un tremendo artista consolidado que ha expuesto en las mejores galerías del país y el extranjero, y ha ganado importantes premios: en tres ocasiones obtuvo el primer lugar en el Concurso Arte Joven de Valparaíso; primer lugar en la III Bienal de Pintura, Temuco, además del premio Alcatel y Altazor.

De niño era disléxico, y siempre supo que el arte era lo suyo, a pesar de que, como él mismo dice, este don no proviene de ningún lazo familiar. Primero pensó en estudiar cine, mundo que conoció al realizar algunos comerciales y le apasionó el tema de la cámara, la producción y cómo se trabajaba la luz, pero en Chile, en ese tiempo, sólo había una escuela que recién estaba incorporando esta carrera y según su malla curricular, los cursos eran más bien teóricos.

Luego de ver opciones, decidió seguir Licenciatura en Arte en la Universidad Finis Terrae. Fue sin muchas expectativas porque no había sacado muy buen puntaje en la antigua Prueba de Aptitud. Felizmente, hubo quizás más de alguien que intuyó su talento y lo aceptaron de inmediato. Esa fue la primera generación con esta carrera dentro de la universidad.

¿Cómo fue tu experiencia universitaria?
Increíble porque me iba bien; estaba acostumbrado a que me fuera mal, nunca fui un excelente alumno, porque me gustaba experimentar y dentro de la educación del arte hay cosas que son bien complicadas. Pero tuve el honor de haber tenido una súper educación, vengo de una formación única. Mi generación —y podría decir que un par más—, fue privilegiada porque éramos conejillos de india y tuvimos puros profesores artistas, por lo que la enseñanza que daban era la que salía del taller. Después la escuela se empezó a institucionalizar y a morir, finalmente. Debería ser al revés, pero todos tratan de igualarse al final, en lugar de diferenciarse.

LA REGIÓN

¿Cómo llegaste a hacer clases en Talca?
La Universidad de Talca me invitó a participar, en varias oportunidades, en el Proyecto Pinceladas del Maule, donde se reunía a los principales artistas del país para que pintaran algo acerca de la región. De ahí me contactaron y hoy viajo todos los jueves para hacer clases de Pedagogía en Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Chile (UA), donde ofrece el ramo Taller de Pintura.

¿Es difícil hacer arte en regiones?
No es un tema de vivir en regiones, es un tema de mente, de estar conectado con lo que te interesa. Hay mucha gente que vive en Santiago y está mucho más alejada de lo que quiere.

¿Por qué los artistas, entonces, emigran a Santiago?
Hay una postura más facilista que tiene que ver con la crítica social, y no va por ahí. Tampoco es un tema de recursos, menos de plata, tiene que ver con la mentalidad, con generar tus propias oportunidades con los recursos que hay. Puedes postular a fondos y en regiones hay harto para optar. La gente le echa la culpa a la geografía, pero todo depende del valor que le das a lo que haces. En Talca he visto más arte que en Santiago...

¿Qué lugares destacas de la región?
La Galería Gabriel Pando, la Pinacoteca de Pablo Bustamante, las muestras de Lily Garafulic y Matilde Pérez que están en el Parque de las Esculturas de la Universidad de Talca, el centro de extensión de esta misma, y el de la UCM, la Galería de la UA, entre otros.

¿Qué crees que le hace falta al arte chileno?
Los recursos, y no sólo económicos. Faltan, más instancias, más elaboración, porque el arte no lo provoca. Hay una brecha dentro de lo que la gente cree que es el arte y lo que realmente es. Esa distancia es muy grande y es una cosa de educación.

¿Cómo crees que se puede mejorar esto?
El tema es social y tiene que ver con que se destaca más la cantidad que la calidad. Te dicen que hay más oportunidades para entrar al colegio, pero ¿de qué tipo? Los números son más importantes que los contenidos.

¿Y qué falta?
No existe el ramo “historia del arte” desde chicos, por ejemplo. Si quieren deportistas deben entrenarlos desde pequeños, si quieren artistas, tienen que potenciar desde niños el arte. Lo que pasa es que estamos atrapados en los números y si vamos a vivir con esa lógica, sucede esto.

LA OBRA

Para Andrés Vío (41), el arte tiene un sentido de existencia. “Lo que yo hago es parte de mi vida”. Sus primeros trabajos fueron ayudantías en la universidad, luego dictó clases en diferentes instituciones de educación superior, incluso prestó algunas asesorías, pero su pasión y dedicación están, sin duda, en el proceso creativo, labor que realiza en el taller que implementó en su casa en Santiago, en donde experimenta con pinturas y papel de diario, el que usa para crear obras con diferentes volúmenes y formas.

¿Cómo fue el proceso de transición que derivó en lo que hoy haces?
Es un proceso orgánico que se fue dando dentro de mi cabeza. Mi forma de pensar se traduce en lo que hago. A medida que uno va estudiando, aprendiendo, se da cuenta de que los textos son las repeticiones y estas son una trama; y cada vez esta cosa intuitiva genera algo más profundo.

¿Nunca pensaste que quizás podía ser locura trabajar con diario?
No, porque el diario es la trama y la repetición. El proceso de hacer arte es lo que me interesa, entonces el papel es de desecho, pero ahí también está la información del país, que se guarda y se dispone de otra forma. Hay muchas poéticas y lecturas, pero trato de estar al margen de eso, porque me interesa más el proceso de construcción del trabajo.

¿Y por qué con círculos?
Es un contenedor de lo que hago, que sirve para disponer en este espacio mis puntos y mis líneas, pero quiero que el trabajo sea lo importante, no la forma, no la imagen. Ocupo el círculo como un elemento neutro, igual sé que finalmente no lo es, pero es lo más neutro a lo que he llegado y he experimentado con muchas cosas…

Siguiendo en la misma línea hiciste una instalación de un laberinto gigante, ¿qué sentido tiene?
Eso fue un trabajo que hice gracias al Fondart, no podría haberlo hecho sin él, porque fueron veinticinco tejidos de cuatro por tres metros de papel de diario, entonces tuve que tener gente que me ayudara. Esto fue en la Galería Animal y esos tejidos los puse como un laberinto, pero la verdad es que eran tres círculos, uno dentro de otro, que colgaban como alfombras, además tenía luz, y te podías meter por un hueco.

¿Y cuál era la finalidad?
No tengo un fin… y la verdad es que todas las instancias de exposiciones que he tenido han sido un proceso en mi trabajo, es la continuidad de mi ritmo creativo y trato de ser muy fiel en eso.

 

“Faltan, más instancias, más elaboración, porque el arte no lo provoca. Hay una brecha dentro de lo que la gente cree que es el arte y lo que realmente es. Esa distancia es muy grande y es una cosa de educación”.

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