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EDICIÓN | Enero 2015

Héroe popular

Héroe popular

Su monumento en la plaza Yungay celebra a un supuesto estereotipo chileno, campesino de origen, militar por oficio; patriota, simpático y heroico. Una de las pocas veces que la palabra roto despierta simpatía y orgullo.

Costumbre tan arraigada, la de “rotear” a otro significa expresarle desprecio. Más o menos se entiende que roto es quien va de maleducado e indolente de las buenas maneras. Pero parece que, como todo, “si es chileno, es bueno”, ser tildado de roto chileno alude a un personaje inventivo, trabajador, sencillo, un buen cabro. Querible. Para nuestra sociedad fue uno de los primeros símbolos de identidad nacional que provenía del mundo popular.

Si bien hay autores que pesquisan su nacimiento desde la Colonia, el término recuerda al hombre y mujer promedio de comienzos del siglo XIX, de orígenes campesinos pero que vino a la ciudad a buscar un mejor pasar, que de milagro llega a fin de mes, que vive de su oficio. Urbano y algo marginal. Ladino e ingenioso. Ni español ni indígena. Ni pituco ni punga. Roto y chileno.

Oficialmente reconocido y con fiesta oficial, que se ha celebrado con interrupciones cada 20 de enero desde 1888, su monumento celebra a ese soldado desconocido, como tantos varones jóvenes que dejaron su hogar y partieron al campo de batalla, por la guerra contra la confederación Perú–Boliviana (1836–1839).

No contando con suficiente contingente profesional, el Estado chileno debió reclutar combatientes, voluntarios o por la fuerza. O sea, muchos rotos con ninguna experiencia en las armas. Por eso, el himno de Yungay, lugar de la batalla decisiva (“cantemos la gloria del triunfo marcial, que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”), les atribuye la victoria.

Claramente, la palabra nació en un sentido despectivo. Para algunos, el origen del término tiene que ver con lo mal ataviados que iban los conquistadores españoles, la ropa rota y remendada; otros reproducen una variante de los derrotados. Varios autores han escudriñado la personalidad de este hombre, como Oreste Plath desde la recopilación folclórica o Joaquín Edwards Bello en sus crónicas.

Su efigie fue inmortalizada por el escultor chileno Virginio Arias, quien se había inspirado en el valor de los próceres de la guerra de 1879, que también involucró a Chile, Perú y Bolivia, esta vez por el salitre.

Se llamaba “Héroes del Pacífico”, y fue confeccionada en París. Ganó la medalla de oro en la Exposición Nacional de Santiago de Chile y el municipio capitalino estimó digna de ser situada en destacado lugar para homenajear a los valientes de Yungay.

La obra representa un joven con una mano apoyada en la cadera y la otra afirmando un fusil. Lleva la camisa abierta en los primeros botones y los pantalones arremangados. Desde lo alto de una gruta mira un lugar indeterminado.

Se ubica en la plaza Yungay, entre Sotomayor, Rosas, Santo Domingo y Libertad. El sector es importante para la ciudad, porque inmediato al triunfo militar, se dispuso el diseño y construcción de un nuevo barrio, en lo que antes se conocía como el llano de Portales. Su plaza fue epicentro de vida social, encuentro y algo de ostentación para un naciente sector acomodado.

También ganó un sello cultural, pues granadas figuras de la época establecieron allí su residencia, como el científico Ignacio Domeyko, el escritor Augusto D’Halmar y el político argentino Domingo Faustino Sarmiento.

Los vecinos de hoy, siglo XXI, conocen su importancia. Organizados y con harto tesón y entusiasmo han creado un circuito cultural y mostrado al resto del mundo su valor, empañado por largos años de olvido. Por algo lograron que se reconociera como zona típica. Por algo manifiestan molestia y dolor por cada incendio que sufren sus inmuebles. Por algo denuncian cierto apetito por parte de empresas inmobiliarias.

Serán sus hermosos cités, como el Lucrecia Valdés o Adriana Cousiño; elegantes casonas de estilo modernista; o la dimensión paralela de un pasado que se respira al traspasar el umbral del salón y restaurant Peluquería Francesa, donde los señores elegantes aún se hacen la toilette.

 

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