En nuestros países hispanos, el tema que se escucha todos los días en las agendas sociales y privadas es la desigualdad, y parecemos expertos en hablar como el otro debiera disminuirla, pero somos poco capaces de analizar cómo podemos aportar cada uno a esta gran brecha social. Siempre es más fácil decir lo que el otro tiene que hacer o cómo debiera mejorar que ver esas conductas en nosotros mismos.
Sin duda analizar este tema es muy complejo y tiene muchas variables, y no quiero disminuir, en este pequeño texto, la responsabilidad que tiene el Estado y los empresarios en trabajar en esto todos los días para hacer de nuestros países lugares dignos para vivir.
Solo quiero aportar en un punto muy pequeño y que, a mi parecer, muestra que la desigualdad no es solo un tema económico, sino también de trato con el otro, de ver a ese “otro” como un “otro” igual a mí que le gustaría recibir lo mismo que a mí me gusta recibir todos los días.
Muchos de los que están leyendo esta columna tienen una nana o una persona que les ayuda a hacer las tareas de la casa. A esa persona le entregamos todos nuestros bienes y aspectos más privados de nuestra cotidianidad y, además, quedan muchas veces a cargo de nuestros hijos, lo que sin duda es lo más importante que tenemos. Esas personas comparten y ven nuestra intimidad, lavando nuestras ropas, siendo testigo de nuestras peleas y tristezas y también observan casi mudas nuestros éxitos y alegrías. Esas personas conocen nuestras fragilidades y lados más oscuros, junto con presenciar de lejos nuestras luces y aspectos amorosos.
Difícilmente hay gente que esté silenciosamente tan involucrada en nuestras vidas como aquellas mujeres, las que, además, dejan a sus propias familias para cuidar las nuestras. La pregunta frente a ellas —ya que por lo general son mujeres, aunque no quiero excluir a los hombres que hacen esa hermosa labor— es si ustedes saben dónde viven o cómo viven. Me parece increíble que cada vez que he hecho esa pregunta en talleres, reuniones de apoderados en colegios o en encuentros en empresas, todos o la gran mayoría baja la cabeza con vergüenza y reconocen, con timidez, que ni siquiera les preocupaba ese tema antes de que yo se los planteara.
¿Cómo es posible que no sepamos dónde vive la mujer o la persona que cuida a nuestros hijos, y a la que le dejamos en confianza todo lo que somos y lo que tenemos? Es la mínima reciprocidad que esa persona se merece. Hace mucho supe de un adolescente que trabajando en Un Techo para Chile, llegó a un campamento a levantar una vivienda de emergencia y cuando le abrió la puerta la señora a quien iba a ayudar, constató que era su nana, su empleada, la persona que lo había criado desde bebé.
Fue tal su impacto y su tristeza que al llegar a casa promovió una reunión familiar con el fin de juntar el dinero para comprarle una casa, que fue lo que hicieron entre todos. Si supiéramos de la realidad de vida de los que están a nuestro lado y nos importara descubrirla, tal vez en pequeños estándares esa desigualdad disminuiría de a poco y desde el amor por los demás.
Háganse esa pregunta, vean cuál es la respuesta y actuemos en consecuencia. Ahora que iniciamos un nuevo año podríamos partir haciendo cosas que hagan sentir al otro importante, reconocido, querido y con las condiciones para que los que tenemos más podamos dar a aquellos que nos colaboran.