Durante su permanencia en la región de Concepción, en el invierno de 1828, Carlos Bladh reside en Tomé, desde donde viaja a Concepción, a lomo de caballo y a Talcahuano, por la bahía. Tiene oportunidad de recorrer la región, remontando el Biobío. Sus páginas son de una frescura extraordinaria. Habla sobre el vino, los mariscos, las agrestes rutas de la zona.
A bordo del barco Birger Jarl, que traía carga desde Valparaíso a Talcahuano y Tomé, llega a Concepción, en abril de 1828, el viajero sueco Carlos Eduardo Bladh. Había vivido en Santiago desde 1821 y ahora se instalaría algunos meses en Tomé. Desde allí realiza frecuentes viajes Concepción, a través de un trayecto entonces agreste, que incluye el peligroso cruce del Andalién y que luego describirá en sus crónicas. Relata, también, la vida social de la ciudad, curiosamente alegre, en los años que la región seguía asolada por la anarquía y los estragos de la Guerra a Muerte.
Muy pocos suecos vivieron en Chile en la temprana República. En el empadronamiento de extranjeros que realizara el Gobernador García Carrasco, en 1808, solo figura uno. Es Mathias Arnhold Hävel, introductor de la imprenta y primer intendente de Santiago. Producida la Independencia, las vinculaciones comerciales se intensifican y llegan diversos bergantines, con productos del norte europeo.
En la fragata sueca Ofir, que arribó a Valparaíso en 1821, desde Río de Janeiro, llega Carlos Eduardo Bladh (1790-1851). Aunque era abogado, venía como tenedor de libros de una firma francesa, posición que le llevó a residir en Santiago hasta 1827 y luego en Valparaíso, un año más. Realizó un largo viaje por Argentina, a fin de estudiar las posibilidades del intercambio comercial sueco-sudamericano, pero las guerras civiles frustraron sus propósitos. De regreso a su patria publicó diversas obras sobre sus años en Sudamérica. Los siete que pasó en Chile, comenta, “aun cuando no los más afortunados en cuanto a la realización de las empresas propias de mi profesión, (fueron) los más agradables de mi vida, en virtud de la manera hospitalaria, sencilla y atenta, en que fui acogido por la mayoría de los chilenos con quienes tuve negocios o relaciones de amistad”.
En la nave sueca Birger Jarl, que comandaba Peter Edman, se embarca Bladh, en calidad de piloto, rumbo al puerto de Talcahuano. En Tomé cargaría trigo rumbo a Perú. La lluvia y los vientos contrarios prolongan el viaje diez días. Auguran también el fracaso comercial de la expedición y aun la muerte del capitán, en el puerto de Talcahuano, circunstancias que prolongarán la estadía de Bladh en la bahía.
Sus recuerdos de Chile los reúne en su obra Republiken Chile Aren 1821-1828, que aparece en Estocolmo, en 1837, con pie de imprenta de L. L. Hjerta. Eugenio Pereira Salas encuentra el libro en Londres y lo publica en nuestro país, bajo el título La República de Chile, 1821-1828. Aunque crítico de la excesiva confianza en la memoria y la simplificación de los hechos en que incurre Bladh, el historiador reconoce sus cualidades de observador minucioso.
Durante su permanencia en la región de Concepción, en el invierno de 1828, reside en Tomé, desde donde viaja a Concepción, a lomo de caballo, y a Talcahuano, por la bahía. Tiene oportunidad de recorrer la zona, remontando el Biobío. Sus páginas son de una frescura extraordinaria. Habla sobre el vino, los mariscos, las agrestes rutas de la zona. Es acogido con afecto por la sociedad penquista y recorre los barrios más modestos. Se maravilla con la frondosa vegetación. Solo extraña el pino nórdico, símbolo nostálgico de su lejana Escandinavia.