Tal vez fue un poco predecible el rumbo que tomaría la vida de José Luis Urquieta, porque creció entre músicos, acordes y melodías. Precisamente, en esta formación, un instrumento en particular le llenó el alma: el oboe, que se convirtió en su actual herramienta de trabajo y su principal pasión. A sus treinta y un años de edad, este artista local forma parte de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de La Serena, y ha recorrido un sinfín de países rescatando y transmitiendo lo mejor de la música latinoamericana.
por Pamela Tapia S. fotografía Patricio Salfate T.
La Escuela Experiemental de Música de La Serena fue el punto de encuentro con José Luis y no podía ser de otro modo, si hizo de la música una de sus razones de vivir. Entre las melodías de los más variados instrumentos recorrimos los pasillos del recinto, donde los escolares se entremezclan con los universitarios. Me invita a pasar a una sala, escapando un poco del sonido ambiente, para hablarme de su vida y de cómo se gestó, de manera casi natural, su pasión por el oboe.
Proveniente de una familia de músicos, donde la figura del destacado maestro Jorge Peña Hen siempre estuvo presente, José Luis se formó desde los seis años en la Escuela de Música de La Serena. “En mi memoria no hay noción de cuándo fue mi primera aproximación con la música, siempre estuvo presente en mi vida”, asegura.
La vida lo condujo por este arte, en cierta medida continuando los pasos de su padre, el también reconocido oboísta y académico de la Universidad de La Serena, José Urquieta. “Desde pequeño siempre tuve la película clara, siempre supe que quería ser músico, porque vi a mi papá en ello y veía que él viajaba mucho por Chile y el mundo. Fui testigo de su perseverancia y de lo mucho que ensayaba. Encontraba muy fascinante esa vida”.
¿Cómo llegas a tocar oboe?
No fue mi primer instrumento, partí estudiando violín a los seis años, pero fue solo por un tiempo, porque siempre quise tocar el oboe. Era mi anhelo, pero era algo inalcanzable para un niño de mi edad, puesto que se debía tener un tamaño y una contextura mínima para poder utilizarlo. Fue así como a los nueve años comencé a practicarlo, cuando técnicamente tenía las condiciones para hacerlo. El oboe tiene una gran dificultad técnica y es un instrumento caro, por lo que hay que hacer grandes esfuerzos para adquirirlo y comprar sus accesorios. Cuesta entre cinco y seis millones de pesos, y su vida útil va de los dos a tres años.
¿Siempre en la Escuela de Música?
Sí, hasta cuarto año medio y siempre tuve mucho apoyo. Entre medio tuve algunas salidas al extranjero e, incluso, gané un par de concursos. Una vez que egresé me fui a Santiago a estudiar Licenciatura en Música en la Universidad Católica, carrera que no finalicé.
¿Por qué tomas esa decisión?
Las cosas se dieron solas. Antes de terminar tomé una beca a Francia, fue en ese momento cuando, apoyado por mi familia, decidí emprender el vuelo. En Chile era caro estudiar y sabía que en el extranjero mis resultados serían mejores. Luego vendría España y Alemania, donde permanecí cuatro y dos años, respectivamente. En este último país, cursé mi postgrado.
Fueron siete años en Europa lejos de la familia.Provengo de una familia muy aclanada, por lo que estar lejos de mi gente fue lo más difícil. Sin embargo, siempre estuve en contacto con mi país y con mis raíces. Iba y venía porque realizaba muchos conciertos en Chile, como una forma de traspasar lo que estaba aprendiendo. Luego de eso, regresé, específicamente a Talca, a trabajar en la Orquesta Sinfónica de esa ciudad. Ahí conocí a mi mujer, Pamela, quien es violinista y actualmente también forma parte de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de La Serena. Nunca más nos separamos, incluso en esa oportunidad estuvo conmigo en Ecuador por dos años, país en que gané el concurso de oboísta solista. Volví porque no quería estar lejos de mi familia y de mis orígenes.
MÚSICA LATINOAMERICANA
Inmerso en la cultura europea, en la cuna de la música clásica, este connotado instrumentista comenzó a sentir que estaba en deuda con Chile y con el pueblo latinoamericano. La necesidad de crear algo distinto y de estar más próximo a sus raíces, lo llevan a buscar un lenguaje diferente, con su propio sello personal.
Muy cercano a la música latinoamericana y folclórica, establece contactos con referentes de la zona y participa de cuanto festival y encuentro lo inviten, reparando en la pobreza del repertorio latinoamericano para ser interpretado en oboe.
“Entonces dije, hay algo que hacer en esta materia”. Fue ahí cuando empezó a establecer contacto con compositores chilenos, como el gran maestro Guillermo Rifo, quien posee un marcado interés por nuestra identidad latinoamericana, y conocido por haber trabajado con grandes artistas como Fernando Ubiergo, Horacio Saavedra y Los Jaivas, entre otros.
¿Qué significa trabajar con él?
Para mí es un honor. Siempre he admirado la pasión que tiene por la música. Este maestro es muy amigo de mi padre, trabajaron juntos en la formación de las Orquestas Filarmónicas Juveniles de Chile. Sé que, para él, igual fue importante como creador, que yo me interesara en su música, y que además, hiciera estreno de sus obras en lugares importantes, dándole un marco destacado a su música.
¿Qué proyectos han trabajado juntos?
Cuando lo contacté, le pedí que me creara una obra para oboe. Pasaron bastantes años, hasta que estuvo lista. Ese primer concierto, que fue para oboe y cuerda, lo estrené en México, con la orquesta filarmónica de ese país. A partir de entonces, ya llevamos cinco composiciones. La segunda obra fue estrenada en China; la tercera en Quito, Ecuador, y la cuarta en La Serena. En noviembre recién pasado, estrené su última obra para oboe y saxofón, en Santiago.
¿Es, entonces, una contribución a sus raíces?
Efectivamente, creo que es un trabajo que ha llenado el vacío que existía en la literatura de este instrumento y espero seguir en esta senda. De hecho, con el maestro Rifo tenemos varios proyectos en carpeta. Es más, he ampliado mi repertorio con otros autores, abarcando la mayoría de los países de Latinoamérica y llevando otras composiciones a lugares tan apartados como Grecia.
¿En Chile se puede vivir de la música?
En Chile es difícil vivir de la música. Hay orquestas, pero los cupos para ingresar son muy pocos, por las condiciones laborales, por las crisis internacionales, etc. En general, el arte no es tan bien remunerado acá. A unos pocos sí les va muy bien y a otros, no tanto. Hay que complementar. Por ejemplo, yo soy parte de la orquesta, hago docencia, clases particulares y sigo mi carrera de solista. En nuestro país no tenemos cultura de ir a escuchar música de cámara. Por parte del gobierno, desde que se creó el Ministerio de Cultura, hemos tenido mucha ayuda, a través del Fondo de la Música, pero siempre es poco. Falta también más apoyo de la empresa privada a la cultura como ocurre, por ejemplo, en Grecia. Particularmente, yo me muevo mucho gracias a mis redes de contacto, que mantengo desde que viví en Europa.
LA FAMILIA: SU PILAR
Ser exitoso y triunfar en Chile y en el extranjero no ha sido fácil. Este artista sabe de sacrificios y de estar lejos de sus seres queridos, perdiéndose momentos importantes de la vida, como el no estar presente para el nacimiento de su hija.
“He ampliado mi repertorio con otros autores, abarcando la mayoría de los países de Latinoamérica y llevando otras composiciones a lugares tan apartados como Grecia”.