Desde hace algunos años, escuchamos voces proféticas que apelan a rescatar el sentido profundo de esta celebración, reclamo fundado en la intuición de que esta festividad se ha ido vaciando, paulatinamente, de su contenido originario, al punto de convertirse en difusión de la sociedad de consumo revestida de un
presuntuoso matiz religioso
Nos encontramos a pocos días de celebrar Noche Buena y Navidad y ya desde inicios de noviembre o incluso antes, hemos observado las estanterías del comercio atiborradas de adornos, árboles navideños, viejos pascueros, y un bombardeo publicitario ofertando todo tipo de regalos para niños y adultos.
El modelo económico imperante se sustenta en la eficiencia y en el actuar que busca una recompensa a cambio, una gratificación o una retribución como parte de la dinámica que determina las relaciones humanas. Así, observamos una promoción exacerbada de la competitividad y los incentivos, desde los más incipientes contextos escolares hasta el mundo laboral, restringiendo toda posibilidad de espacio para la gratuidad como instancia vital de encuentro con los demás, sin pedir nada a cambio; en contraste, el mundo competitivo fomenta un individualismo desmedido en el cual todo quehacer se empeña en la obtención de un premio, que se constituye, en último término, en su meta. Así, se ha trastocado un sencillo gesto de regalar un obsequio gratuitamente.
Si bien la tradición de intercambiar obsequios no está en los albores del cristianismo, sino que hunde sus raíces en costumbres populares asociadas a ritos de acción de gracias por el solsticio de invierno, estas fueron acogidas posteriormente en la celebración de la representación del nacimiento del Hijo de Dios, la natividad, cuya conmemoración litúrgica es el nacimiento de Jesús en Belén. Así, el pesebre es el signo más manifiesto del auténtico espíritu de la natividad y, a su vez, el mayor recuerdo de la gratuidad de Dios, por cuanto representa el abajamiento de Dios, en la extrema fragilidad de un recién nacido, quien en su precariedad invita, simplemente, a una actitud de acogida, tal como aconteció con los pastores, pero que en la turbulencia del consumismo ha sido desplazado de su centralidad y sentido.
¿Cómo podemos recobrar el sentido auténtico de la Navidad? Para poder responder adecuadamente a esta interrogante, debemos detenernos en el contenido central de esta celebración. La palabra “navidad” proviene del latín nativitas que significa nacimiento, en clara alusión a la venida de Jesús de Nazaret, confesado como Cristo o Mesías (Lc 2,11: "Hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo Señor"). Este acontecimiento constituyó el mayor regalo, por excelencia, de parte de Dios a la humanidad, quien quiso compartir su vida divina tomando nuestra condición humana (encarnación), viniendo como han venido todos los seres humanos a este mundo: indefenso y sin más que su propia desnudez. Tal suceso nos revela la pura gratuidad de Dios, recordando que, en sus raíces, la palabra “gratuidad” nos lleva a la palabra “gracia”, empleada tanto para designar la fuente del don en el que da como el efecto del don en el que recibe.
Pero ¿qué es en concreto esta gracia divina? Es el don supremo de Dios que brota de su amor infinito. Desde esta perspectiva se vislumbra que el mayor regalo de Dios es la donación de sí mismo en su Hijo. Se trata de una donación sin reservas hacia el ser humano, y cuya respuesta es siempre libre, porque Dios n impone, puesto que ya dejaría de ser acción de gracia. De este modo, Dios sale al encuentro de la humanidad en la paradoja de más absoluta precariedad de la de un recién nacido que, simplemente, busca acogida. Quizá ésa sea la mayor tarea de recuperación del espíritu navideño: promover actitudes de gratuidad y acogida.