La historia de la ciudad de La Serena mantuvo, desde sus orígenes, tres grandes incógnitas: primero, el emplazamiento de la primitiva fundación realizada por el capitán Juan Bohon; segundo, ¿cuántos y cuáles fueron los pueblos originarios de la región que lucharon contra los conquistadores?; y la tercera, ¿cuándo y dónde fue sepultado el gobernador y general Francisco de Aguirre?
Hoy podemos afirmar que estas interrogantes del devenir histórico de la ciudad de La Serena y sus habitantes, han sido develadas por la investigación en el Archivo Nacional del Perú. Las dos primeras respuestas han sido publicadas en artículos precedentes en esta revista, y ahora la muerte de Francisco de Aguirre, cerrando así el último capítulo biográfico del primer empresario y gobernador de la región y del país.
Aguirre fue uno de los más leales y connotados guerreros de la Conquista de Chile, cuyo carácter apasionado y transgresor le llevó a conocer las cárceles de la Santa Inquisición, en Lima, y a perder gran parte de su fortuna acumulada como conquistador y empresario, pues desarrolló todas las actividades productivas en el espacio económico regional. Fue pionero en la minería del oro y el cobre, administró el comercio intra, inter y extra regional de todos los productos y bienes que provenían de sus estancias y haciendas, como asimismo ejerció con sus indios camanchacas, el monopolio de la pesca, desde el Paposo hasta Quinteros.
Asimismo, debió preocuparse del mercado de capitales y servicios financieros, para el cual sostuvo una alianza estratégica con la orden de Los Mercedarios. Sin embargo, al final de sus días, la primera y más poderosa lanza del reino, quien había gastado en sostener la guerra más de trescientos mil pesos oro, estaba solo pobre y abandonado.
En carta del 1 de julio de 1580, fechada en La Serena, clamaba al rey el reconocimiento por sus leales servicios y el gasto de su fortuna personal, además de haber perdido en la guerra a tres hijos, su yerno, un hermano y tres sobrinos. Solicitaba para su hijo legítimo sobreviviente, el título de Capitán General, y para el amparo de sus hijas y nietas algunas mercedes y pensión de cinco mil pesos al año. El rey, generosamente, accede a esta petición a fines 1581.
¿Qué ocurrió con Francisco de Aguirre? Luis Silva Lezaeta, autor de la biografía del conquistador, escribe a manera de epitafio: “El viejo roble carcomido por las tempestades, debía caer derribado bajo el hacha de la muerte”. Por su parte, Claudio Gay concluye la biografía de Aguirre diciendo: “fue grande y acabó olvidado”. Para cronistas e historiadores, el deceso del general gobernador pasó desapercibido e incluso esta omisión marcó el desconocimiento del año de su muerte y en qué lugar fue sepultado. La causa fue haber viajado a la Ciudad de Los Reyes.
Los historiadores fijan el año de su muerte citando el Diccionario Enciclopédico Hispanoamericano, que carece de un documento público que compruebe la fecha. Felizmente hemos logrado ubicar, en el Archivo General de la Nación del Perú, sección colonial, la carta testamento de Francisco de Aguirre, fechada el 21 de Julio de 1585 en Lima. Su firma inconfundible avala los últimos sentimientos e inquietudes terrenales, tales como descargar su conciencia para recibir la absolución de sus pecados. Por voluntad propia y en uso de todas sus facultades físicas y mentales, manda que su cuerpo sea sepultado en la Iglesia del Convento de La Merced, de Lima, en la sepultura que señalen los frailes, acompañado de Cruz Alta y cuatro capellanes más las Cofradías de Nuestra Señora del Rosario y de San Francisco y se celebren sesenta misas por el descanso de su alma.
Reconoce a sus deudores y acreedores e identifica a dos hijos naturales: Juan de Aguirre y Rodrigo de Aguirre en el Tucumán; y a su hija Ana de Los Angeles que está pobre y por casarse dejándole en dote doscientos pesos oro. También deja libres y sin cautividad a sus dos esclavas negras y dos negros. Finalmente, manda que sus escasos bienes personales: un caballo con silla y bridas, un jaez nuevo colorado, sus vestidos, levita negra, su espada, camas, sábanas, camisas encajes y pabellón, sean rematados en pública almoneda, y lo sobrante se digan misas por el alma de los indios y sus amigos ausentes.