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EDICIÓN | Diciembre 2014

Serenata ferroviaria

por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián
Serenata ferroviaria

Ese encanto de desconectarse de los sinónimos de la metrópoli, el ruido, la agitación, la falta de tiempo, pero bien cerca de ella a la vez. Hacia el sur de la región, habita en el Cajón del Maipo un vecino que destaca en el paisaje por décadas: su ferrocarril.

Cerca de setenta años funcionó el Tren Militar que unió la entonces aislada zona del Cajón del Maipo con el centro de Santiago y a los poblados que bordean el río entre sí. Abandonados por décadas, las vías, el material rodante, estaciones, maquinista y conductor emergen en la memoria y en la realidad por algunos minutos cada fin de semana.

Ese encanto de desconectarse de los sinónimos de la metrópoli, el ruido, la agitación, la falta de tiempo, pero bien cerca de ella a la vez. Hacia el sur de la región, habita en el Cajón del Maipo un vecino que destaca en el paisaje por décadas: su ferrocarril.

Hoy el paseo de antaño, nos parecería odisea. A comienzos del siglo pasado la cosa iba así. En el actual Parque Bustamante, a pasos de la Plaza Baquedano, se tomaba el transporte hacia la localidad de Puente Alto, en la esquina de su plaza actual y luego al Cajón. Primero a vapor y luego la moderna tecnología diésel. Por allá por los setenta, el trayecto de unos sesenta kilómetros se prolongaba por apacibles tres horas.

Su construcción se inició en 1896, ideado para seguir el curso del río Maipo. Al ser una zona cordillerana y con valor estratégico para la defensa nacional, se entregó su administración al Batallón Ferrocarrilero del Ejército, por eso su apodo de Tren Militar. Entre 1910 y 1985 fue un conector para la población y transporte de carga de mineral. Dio vida a un universo, la vida en la estación con sus oficios: maquinista, conductor, boletero, confitero, suplementero.

Igual que hoy, el relieve de la cordillera y el contacto con la naturaleza fueron aprovechados por turistas y visitantes de la ciudad para internarse al Cajón.

Serpenteó por trocha angosta, sus carros prestaban acomodaciones de primera y tercera clase, llevaba vagones de carga y se devolvía con material minero. Locomotora a vapor en un comienzo, reemplazada por diésel, se detenía en nueve estaciones, uniendo los pueblos que conforman el recorrido, como El Canelo, San Alfonso, San José y El Melocotón.

Por lo escarpado del terreno, la locomotora a veces iba delante de los vagones, remolcando y a veces empujando desde atrás.

El itinerario regular cesa a comienzos de los ochenta. El ferrocarril ya no es el protagonista del transporte público y le ha salido competencia.

Micros, transporte particular y camiones de carga lo desplazan por ser más económicos y con mayores posibilidades de frecuencia. Desmembrado entre el ex regimiento de Puente Alto, o la plaza de San José, las estaciones quedaron sin uso y el material en dependencias militares o municipales, que los cobijaron para exhibirlos.

En 1991, se reconoce como parte del patrimonio ferroviario, al ser declarado monumento histórico. Paralelo a ello, la odisea por revivirlo viene de voluntarios del Proyecto Ave Fénix y de uno de sus antiguos maquinistas, quienes iniciaron un trabajo de recuperación de espacios y reparación de equipos. Varios de los carros, originalmente traídos desde Europa, se han sacado del abandono y a veces de la destrucción humana y ambiental.

Los fines de semana vuelve a rugir la locomotora diésel alemana y un coche de pasajeros de madera, por los quinientos metros de vía que se han restituido y, en la semana, la estación El Melocotón funciona como museo, tienda de recuerdos y café. La esperanza del colectivo es recuperar siete kilómetros de vía en total, para llegar a San Alfonso.

La estación San José es sede de una biblioteca municipal. Abandonadas en espera permanecen otras estaciones, como El Manzano o Romeral. El impresionante puente sobre el río Colorado, se ve cerca de su homólogo de transporte vehicular. El túnel Tinoco se aprecia desde el camino y es posible cruzarlo a pie, para los valientes que desafíen las espeluznantes historias de presencias y apariciones que se cuentan del lugar. A la salida, una tragedia convertida en atracción turística, la animita del viento, llena de remolinos, que recuerda a Willy, un joven de dieciocho años que se quitó la vida en 1998.

 

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