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EDICIÓN | Diciembre 2014

Encuentra tu camino

Rumbo a Santiago de Compostela, España

Hace casi treinta años, el 4 de diciembre de 1985, la ONU declaró Patrimonio de la Humanidad a la vieja ciudad que rodea la Catedral de Santiago de Compostela, arquitectura románica con más de un milenio de historia cuyo legado espiritual sigue atrayendo a peregrinos de las más diversas creencias, razas y nacionalidades.

texto y fotografía Contanza Fernández Curotto (conifernandez@gmail.com)

El milagro ocurrió en el año 813, cuando cientos de estrellas iluminaron los cielos de Galicia para que Pelayo, un mendigo de esas tierras, pudiera dar con la tumba del apóstol Santiago el Mayor. Esa noche, los pasos del vagabundo estaban a punto de inaugurar una nueva ruta para los cristianos de la época, quienes temían viajar hacia Jerusalén asustados por los ataques de los turcos. El mundo espiritual reclamaba en silencio un nuevo lugar santo, y este sencillo hombre, guiado por la mano de Dios, sería el encargado de revelarlo al descubrir el cuerpo del apóstol que descansaba bajo la piedra de mármol que, años más tarde, se transformaría en el primer cimiento de una de las iglesias más visitadas del mundo: la Catedral de Santiago de Compostela, ubicada en la cima del monte Libredón. Destino inspirador al que muchos siguen llegando, en bicicleta o a pie, en busca de una experiencia espiritual.

Cuenta la leyenda que, cientos de años atrás, Pelayo supo leer las señales divinas que bajaron desde el cielo, y su hallazgo fue la luz del nuevo sendero espiritual que tanto anhelaban los devotos de entonces. La noticia voló rápidamente por Europa y la peregrinación se transformó en el acontecer religioso y cultural más importante de la Edad Media. Miles de pies se alistaban para partir desde distintas zonas del mundo hacia el encuentro con Santiago, el apóstol de Jesús que difundió el Evangelio por tierras hispánicas. Las razones que millones de personas tuvieron y siguen teniendo para ir tras sus huellas han sido infinitas, pero el sueño de alcanzar la felicidad, o al menos encontrar durante largos días de caminata pistas que nos acerquen a ella, parece ser la búsqueda de muchos. Senderos de peregrinación con siglos de historia; leyendas y aventuras que cruzan catorce países, decenas de nacionalidades y múltiples opciones que le dan vida al Camino de Santiago cada año.

QUIÉN CAMINA CUANDO CAMINAS

Peregrino es quien está lejos de su patria, peregrino es también quién se expatría para hacer un viaje iniciático, peregrino es quien se aventura hacia lo desconocido; peregrinos somos todos en algún momento de nuestras vidas. Cada vez que un ser humano inicia el recorrido por estos pedregosos senderos, se enciende un antiguo mecanismo de búsqueda común a toda la Cristiandad: el viaje hacia la Salvación; ese viaje hacia al interior o al encuentro con uno mismo.

Mis días en tierras gallegas me hicieron darme cuenta de algo que puede parecer obvio, pero que de tan obvio se ha hecho rutina y ha dejado de ser importante: es que siempre caminamos, caminamos por el largo viaje de la vida, pero a un ritmo tan acelerado que no nos queda tiempo para mirar cómo y hacía dónde vamos. Entonces, cuando me decidí a caminar y hacer tangible la idea de que mis días fueran nada más que eso, caminar, tuve la oportunidad de entrenarme física, mental y espiritualmente para enfrentar futuros desafíos y experiencias. Sentí la conexión con la tierra en cada paso y estuve realmente presente durante toda la experiencia, desde que salía el sol hasta que llegaba la luna, porque tuve tiempo para observar el entorno y verme dentro de ese espacio. Un escenario donde la piedra es la protagonista, con sus senderos empedrados y amurallados, o las iglesias de sólidas y robustas estructuras cargadas de historia, ritos, fe y esperanzas de quienes han caminado para cumplir una manda, pedir por un ser querido o por la resolución de algún conflicto. Todas las motivaciones son válidas y hacen que se respire un aire de compañerismo y lealtad entre quienes decidimos detener nuestra vida para moverla en una nueva dirección.

Los problemas quedan en casa y desde lejos puedes observar la vida con una perspectiva más amplia; tu vida sigue siendo la misma, y es la óptica la que cambia, como si reemplazaras tu pequeño lente diario de 50mm por un gran angular. Te levantas y caminas, pasan los minutos y sigues caminando, las horas y los días y no dejas de caminar; caminar se vuelve un hábito y tu mente se empieza a alinear con el ritmo de este nuevo hábito. Entonces, cada paso es una acción consciente que te conecta con tu cuerpo, con observar y sentir tus piernas, tu respiración, los latidos del corazón, y te sientes vivo. El silencio de la vegetación rodea tu andar y es tu principal compañero, mientras el calor se hace sentir entre las rutas de maíz, caminas bajo un cielo azul donde las nubes parecen más blancas y limpias que el mismo blanco y, justo cuando sientes que el cansancio está a punto de detenerte, vislumbras un verde eléctrico en el horizonte y te diriges rápidamente hacia esos interminables parrones, allí bajo la frescura de su sombra te renuevas para seguir caminando. Más adelante, te espera el olor de frondosas plantaciones de tomates y te pierdes entre mágicos prados de flores y, sin darte cuenta, tu mente se ha detenido, tus pensamientos disminuyen y estás más presente que el presente. Fue así como me di cuenta de que estaba meditando en movimiento, en el ritmo de mis pasos y el de mi respiración, a veces interrumpido por el canto de algunas aves o el cordial saludo de otro peregrino que me augura un “buen camino”, frase que se ha convertido en el eslogan espiritual de esta ruta.

Santiago de Compostela, al igual que Roma y Tierra Santa, es, sin duda, uno de los centros de peregrinación más importantes para el mundo cristiano, que se mantiene vivo gracias al legado de cada visitante. Expertos y novatos, niños, jóvenes y familias enteras pueden crecer juntas en esta aventura, así como sabios ancianos escarban y analizan sus largas vidas.

La ruta principal, y la más conocida, es el camino Francés, pero hay senderos que nacen desde casi toda Europa con distintos grados de dificultad, distancias y paisajes. Portugal, España, Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Italia, Austria, República Checa, Polonia, Países Bajos y el Reino Unido, todos han encontrado una ruta para llegar hasta Santiago. Todo está muy bien señalizado en el camino del apóstol, la concha es lo que te identifica como caminante y la flecha amarilla es tu guía, ambas aparecen cada doscientos o trescientos metros, haciendo que el viaje sea muy fácil: tu energía solo la inviertes en caminar, porque todo lo demás está resuelto. Hostales y habitaciones disponibles por todas partes, amabilidad, calidez y compañerismo en cada tramo; alimentos e información siempre disponible. Entonces, cuando tienes todas las necesidades cubiertas, te vuelves un verdadero peregrino, un ser dedicado o, más bien, abocado a caminar. Me encanta la idea de ser parte de este sueño común, donde imagino miles de pies cansados y esperanzados caminando al mismo tiempo, con sus mentes perdidas en sus propias historias, desafíos, sueños y retos. Tantas leyendas que se cruzan en este mapa espiritual de Europa que nos enseña que la vida es un viaje diario, y que somos nosotros los únicos que podemos cuidar nuestros pasos, decidir por dónde y con quién caminar para que esa elección nos conduzca hacia una vida feliz y plena.

 

Me encanta la idea de ser parte de este sueño común, donde imagino miles de pies cansados y esperanzados caminando al mismo tiempo, con sus mentes perdidas en sus propias historias, desafíos, sueños y retos.

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