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EDICIÓN | Diciembre 2014

El Taj Mahal, un plagio de maravilla

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
El Taj Mahal, un plagio de maravilla

Nada más sabroso que una teoría conspirativa, de esas que echan por tierra lo consagrado y tenido como firme y sólido. Teorías que, por lo general, son especulaciones que se levantan sobre hipótesis sin asidero, más un entramado endeble y aparatoso. Sin embargo, son atractivas porque producen el vértigo de lo prohibido; además, algunas de estas teorías hasta han resultado correctas y han causado reales terremotos científicos. Una de esas podría ser la consideración que el Taj Mahal sea un gran plagio muy bien logrado, y cautamente guardado.

Pronto será tiempo de vacaciones y muchos compatriotas viajarán al trópico, a las playas de arenas blancas. Pero hay otros que gustan de los destinos más exóticos y lejanos. Cinco mil chilenos, cada año, visitan la India; y si bien más de la mitad de esos va por negocios, al menos unos mil van por turismo. Lo que sea, casi todos hacen una pasada por el Taj Mahal, casi un ritual cuando se va a la India. No solo los chilenos; el Taj es eje de todo tour a India. Varios millones de personas posan cada año ante su alba y elegante estampa. Y todos oyen más o menos la misma historia explicada en decenas de lenguas, por amables guías que se esmeran en sorprender con la suma de maravillas que contiene y representa el Taj Mahal. Dirán que es un colosal mausoleo ordenado construir por el inconsolable emperador mongol Shah Jahan, para poner ahí a su más amada esposa, la bellísima Mumtaz. No obstante su colosal volumen, el Taj se construyó rápido. Trabajaron en la obra unos cien mil obreros y artesanos, que labraron las infinitas lápidas, e hicieron la intrincada decoración incrustando miles de piedras semipreciosas en el mármol de Carrara. Muchos de los guías, luego de dar explicaciones técnicas y haciendo un guiño a la fantasía, concluyen deslizando un mito bastante oído: que el cruel emperador Shah Jahan, queriendo evitar que se pudiera repetir tanta belleza, ordenó cortar las manos a los artesanos, y cegar a los maestros de obra y a los arquitectos. Esto es sin duda una exageración, una leyenda vengativa urdida por la masa hindú que sufrió la opresión musulmana de siglos. Pero sin querer, esa ficción esconde una verdad: el fantástico Taj Mahal es una falsificación, un gran robo arquitectónico.

Al estudiar el sitio en que está emplazado el fabuloso Taj Mahal; y al relacionar dimensiones, diseño, conformación y disposición geométrica del conjunto, considerando todos los edificios como el gran claustro y los pórticos monumentales, se cae en la cuenta de que se está ante un complejo arquitectónico que sigue de modo perfecto los ideales de la arquitectura hindú. Esto es, se basa en el Manasara o gran canon de arquitectura védica. Luego es obvio preguntarse cómo podría ser que un emperador musulmán ordenara un mausoleo con tan cuidadosa y docta planificación inspirada en dogmas de la religión rival. Absurdo. Luego, la explicación es otra: el Taj Mahal es una modificación de un antiguo templo hindú, cedido por el príncipe local ante la presión del emperador mongol. Hay documentos que avalan el acto de sesión hecho por el maharaja Jai Singh al emperador Shah Jahan. Tal vez, para mejorar su relación con el imperio, este príncipe local habría entregado el sitio donde había un templo śaivita (es decir, dedicado al dios Śiva) como donación al emperador, para que este hiciese ahí el mausoleo para su difunta esposa. El templo fue modificado, restaurado y revestido con mármol blanco, añadiéndosele la vistosa y magnífica decoración con incrustaciones, que es lo que más lo caracteriza y hace famoso. Pero, la planificación del sitio, la gran base y la estructura es la original hindú preexistente. Si se desciende por escaleras que están cerradas al público, se llega a una zona de galerías subterráneas donde está toda la evidencia de lo que ahora sostenemos. Hay decenas de pórticos clausurados que daban acceso al río Yamuna, porque en todo templo hindú ha de haber siempre paso a los ghats o sitios de ablución en un lago o en un río. Todas las puertas, pasillos y accesos fueron cuidadosamente tapiados y ocultados. Por otra parte, se puede probar cómo la gran obra se hizo rápido, pues en el fondo fue una restauración de un complejo ya existente. Patrika, Bhas y Athavale (The question of the Taj Mahal, Delhi, 1985), demostraron que las compras de materiales realizadas por la administración del Shah Jahan, jamás habrían alcanzado para la construcción de tan monumental complejo. Sin embargo, sí se puede probar que se adquirieron grandes cantidades de mármol y muchos elementos secundarios para decoración, con los que se modificó el templo hindú primigenio. Cuándo, cómo, por qué fue modificado el templo śaivita anterior, son preguntas que habrá que resolver. Por ahora, dejo la inquietud y la invitación a una actitud más crítica. No crea todo lo que ve y le presentan. Mire por debajo de la mesa, porque ahí puede que se esconda la suculenta y más apetitosa realidad.

 

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