“Miguel Bosé es un plomazo”, fue la advertencia antes de entrevistarle en una suite de hotel hace años. Cierto, no era la encarnación de la simpatía. Fuera de su zona de confort —hablar de música romántica con unos devaneos propios del rock progresivo, y de política con inclinaciones progresistas—, el astro español baja la guardia y abandona el personaje que suele tener la última palabra. Así reveló que si no hubiera sido cantante, se habría dedicado a la oceanografía. Incluso dijo haber organizado sus horarios de estrella para estudiar la profesión. No sé si finalmente lo hizo, pero al menos se da la maña de escribir sobre aquello en canciones pop: “sé de animales que habitan aguas profundas, y que devoran lo que su canto seduce”. Es el primer verso de Respirar, de su último álbum Amo. Siempre diestro con el lenguaje, Bosé juega con el título del disco. Habla del amor, pero también reivindica su posición de capo en el firmamento artístico de Hispanoamérica. Por lo demás, ya fue protagonista de discos y giras tituladas Papito y Papitour, unos ejercicios de ego y auto tributo de difícil digestión. De tanto en tanto, Bosé es un amante renovado. Puede haber periodos en que descuida la barriga y viste como el encargado del asado, pero de pronto rejuvenece, pierde peso y vitaliza su romance musical con el amplio público femenino que le adora, la audiencia más transversal de la que goza un cantante en español. ¿Cómo lo hace? Jamás subestima a sus seguidoras, y las seduce con nuevos argumentos todas las veces que sea necesario. Musicalmente inquieto, ha hecho de Amo uno de los grandes álbumes en nuestro idioma de 2014 y, por cierto, un gran regreso de quien considera la reinvención como parte del oficio.