A veces pasamos, en búsqueda de lugares tan importantes como San Pedro de Atacama, sin saber que, antes de llegar a Calama y a solo doce kilómetros de distancia, se encuentra el más importante sitio de geoglifos de la Región de Antofagasta. Un lujo por el cual la mayoría pasa de largo. Esta es una invitación a tomar ese desvío y encontrarse con un auténtico tesoro del desierto y sus culturas.
texto y fotografía Juan Vásquez T.
Este paseo es, en realidad, sorprendente. Ahora que se acercan las vacaciones puede ser un panorama ideal para incentivar a los niños y niñas en la aventura de descubrir, investigar y recorrer nuestro imponente desierto. Los geoglifos de Chug-Chug se hallan entre dos sitios de primer orden: por el oeste, la única oficina salitrera que mantiene su fisonomía y todavía funciona: María Elena, que data de 1926 y, al este, luego de pasar por Calama, todo el conjunto de atractivos andinos de San Pedro de Atacama y su entorno, con innumerables lugares para el turismo de intereses especiales, reconocidos mundialmente.
Y aunque pasa desapercibido, la relevancia de Chug-Chug es tal, que no tienen nada que envidiar a los geoglifos de Pintados, en la vecina Región de Tarapacá, y que son parte de la mayoría de los circuitos turísticos en la zona. Si bien no tienen la dimensiones de las Líneas de Nazca, por su concentración y variedad de motivos, caen en la categoría de excepcionales. Deberían ser punto de interés, pero allí están, desaprovechados, sobreexpuestos al desgaste natural y humano, con el reconocimiento de algunas instituciones y sus profesionales, quienes se la juegan por revertir ese panorama complejo.
Si bien para llegar al acceso se debe traspasar el límite de la Comuna de Calama, el sitio se encuentra en la Comuna de María Elena (en el desvío se devuelve en dirección noroeste), distando 75 kilómetros de la capital comunal, 84 de Quillagua (distancia por la Ruta Prehispana) y 144, de San Pedro de Atacama. Está allí, al alcance de cualquier jornada, reservándose para quienes vayan tras atractivos no frecuentes y, no por eso, menos impresionantes.
En el kilómetro 52 de esta ruta, la 24, se encuentra señalizado el desvío que conduce a los sitios arqueológicos de Chug-Chug, a los cuales se accede después de doce kilómetros por un camino de tierra, transitable con precaución para todo vehículo. La altura promedio es de dos mil metros sobre el nivel del mar y los cerros, que son parte de la Cordillera del Medio, en las serranías de Chug-Chug, llegan hasta los dos mil quinientos metros de altura, en un paisaje que impresiona por su aridez e inmensidad, que hacen sentir al desierto en una de sus expresiones más puras, ya que la sucesión de cadenas montañosas impide cualquier paso de masas de aire cargadas de humedad. Un letrero más rústico indica la proximidad de los geoglifos.
POR QUÉ ALLÍ
La movilidad prehispana, especialmente entre el año 950 y 1.450 d.C, fue la razón para establecer rutas que seguían caminantes o caravaneros, que entre la zona de Calama–Chiu Chiu, buscaban contactar a las comunidades de los sectores más bajos, como Quillagua, por ejemplo, para producir el tan necesario intercambio de productos. En esta franja, que se desarrolla paralela a los geoglifos de Chug-Chug, se hallaba uno los puntos más relevantes del itinerario de los viajeros prehispánicos, tanto por transcurrir entre medio de cadenas de cerros (en un abra o portezuelo), como por la existencia de aguadas, esenciales en el trayecto que podía demorar entre cinco y ocho días.
Asociados a los geoglifos se han hallado ofrendas de cerámica “matada” (quebrada intencionalmente con fines ceremoniales), lo mismo que de mineral de cobre y de piedras, lo que evidencia la importancia del sitio o, mejor dicho de los sitios, ya que como se ha señalado, se encuentra la ruta milenaria que también se utilizó en tiempos históricos tempranos, una aguada y oquedades, que son cavidades demarcadas con ofrendas. De ahí el nombre de sitios arqueológicos de Chug-Chug.
En la recreación de una aldea prehispana en el sector de La Capilla del valle de Quillagua puede darse una clara visión de aquella época y del transitar de las caravanas y de la formación de verdaderas zonas de “feria” para el trueque de las producciones de disímiles ecologías: quínoa, fibra, charqui y papas disecadas desde las zonas altas; maíz y algarroba de los valles intermedios, como Quillagua mismo; pescados y mariscos de Caleta Huelén u otros asentamientos en la desembocadura del Loa y en la zona de Tocopilla, por mencionar sólo algunos.
Pero, ¿qué es lo que hace tan excepcional a esta zona de geoglifos? Se trata de un conjunto de paneles dispuestos en cinco cerros que tienen la formidable cantidad de más de trescientas setenta y cinco figuras, trazadas a lo largo de siglos, lo cual lo convierte en el principal sitio de este tipo de la Región de Antofagasta, en la cual se establece que el 62% son figuras geométricas, antropomorfas (humanas) un 15% y zoomorfas un 12%, en tanto que la diferencia no es reconocible por la erosión o la alteración reciente, especialmente de quienes circulan irresponsablemente en vehículos todo terreno, destruyendo, en instantes, lo que fue construido en siglos.
La cantidad de motivos, de atuendos de las figuras antropomorfas, las representaciones, lo mismo que de caravanas de llamas que de balseros, dan cuenta de la confluencia de etnias y culturas que por aquí se produjo, todo parece indicar que en armonía.
El principal fundamento apunta a que en la zona interactuaron las culturas Atacameña y la Pica–Tarapacá, reconociéndose sus rasgos, tal cual como acontece en diferentes sitios arqueológicos de Quillagua. Las figuras geométricas, ya señaladas como las más abundantes, incluyen desde cruces, rombos escalerados hasta figuras abstractas. En las zoomorfas, los camélidos (llamas, pueden predominar), aunque también son abundantes las de aves y reptiles.
QUIÉNES Y CÓMO
Los Cerros de Chug-Chug presentan una capa superficial de rocas y piedras de tonalidades más rojizas, pardas, mientras que la capa siguiente es arenosa y de tonalidad clara, quitándose la primera capa, en lo que se conoce como técnica de extracción o sustracción, que en este caso permite formar figuras en positivo (claras sobre fondo oscuro), aunque siempre será frecuente que se combinen los estilos y que los resultados sean geoglifos mixtos (positivo y negativo).
Entre los caravaneros que transitaban por estas rutas debió haber un vínculo, un agradecimiento al lugar y sus aguadas, por ejemplo. Así que personas especialmente dispuestas entre estos viajeros del tiempo, se abocaban a dejar la impronta de su paso, en forma de la ofrenda de una nueva figura al lugar. Para eso, fueron extrayendo o adicionando las piedras y dando forma a los geoglifos, en un acto ceremonial que, por su precisión, lo más posible es que fuese dirigido por hombres sabios o quizá un Yatiri (Shamán).
En los cerros quedan los senderos que dejaron, desde hace un milenio, quienes hicieron estas especiales representaciones simbólicas, que siguen siendo motivo de estudios y nuevos hallazgos. Recuerde respetar el sitio y aplicar la norma de llevarse todo lo que trajo, de no caminar sobre los trazados y de tener siempre presente que el mejor recuerdo es dejar estas huellas y no las suyas.
En este lugar encontrará un paisaje sensacional, un silencio sobrecogedor y recordará las referencias a lo asombroso de los paneles y a su condición de aridez extrema. También verá los depósitos de material aluvional proveniente de los sectores más altos en El Abra, y que se originan con las lluvias estivales (noviembre a marzo generalmente).
Alguna flor persistente aparece insólita en medio del desierto, del cual los geoglifos ya se han hecho parte y que ahora esperan que usted y las organizaciones responsables de protección y puesta en valor también lo hagan y que se incorpore como un atractivo de primer orden a los circuitos turísticos que dan sustentabilidad y otorgan plusvalía al territorio y, sobre todo, al tremendo legado cultural de quienes nos antecedieron.
En esta franja, que se desarrolla paralela a los geoglifos de Chug- Chug, se hallaba uno los puntos más relevantes del itinerario de los viajeros prehispánicos, tanto por transcurrir entre medio de cadenas de cerros como por la existencia de aguadas.