Porque Sabella también rescató con su pluma, la magia de la Navidad, esta vez, les entregamos un pequeño regalo para leer en familia estas próximas fiestas.
Cuentan las leyendas que los Reyes Magos no fueron tres sino cuatro. El Cuarto Rey Mago, escuchó que nacería, en Belén, un niño prodigioso. Organizó un séquito espléndido, más suntuoso que el de Baltazar, Gaspar y Melchor; reuniendo sus elásticos camellos y sus esbeltos camelleros, esperó la Estrella para iniciar su marcha y nuestro Rey ordenó partir a la caravana deslumbrante.
Pero escrito estaba que esta caravana no alcanzaría al Establo de Belén y que su contenido se desgajaría en el azar. No sospechaba este Rey desconocido tanta adversidad. Primero, topó con una ciudad que lloraba; un terremoto feroz destruyó el orgullo de sus torres y la luminosidad de sus cristales. La tierra la cubría de polvo y dolor.
El Rey, al contemplar la miseria y el desamparo de los habitantes de la ciudad, distribuyó sus joyas, mandando que sus siervos y soldados más diestros levantasen paredes y coronasen techumbres. El ruido de la creación se abrió en su flor rumorosa.
¿Cuánto demoró este trabajo confortante...? Lo ignoramos. Cuando la ciudad comenzó a sonreír en la alborozada boca de sus ventanas, el monarca reemprendió su tránsito.
Y llegado al camino y andando algunas noches más, le atajó una oscura ciudad enferma que hedía, que echaba pestilencias de sentinas. Hombres y mujeres, niños y ancianos, ¡y hasta bestias y vegetales vestían purulencias! La ciudad florecía en llagas. El Rey generoso no temió. De su mano, repartió el consuelo a los enfermos, cuidando, tiernamente, de ellos. Años gastó en devolver la energía a esta ciudad. Nada le arredró.: ni el contagio, ni la fetidez.
Y, una mañana, con el primer brote del sol, surgió la salud para el postrer enfermo, ¡las alhajas de la sangre se ganaban otra vez! Resonó el ¡Vamos! del Rey satisfecho. Escasos camellos restaban. La comitiva, envejecida, escasa y triste, murmuraba:
-El Niño será muchachote crecido-. Y hubiesen roto el propósito y el viaje. El Rey respondía, sereno:
-Su gloria no contendrá ocaso... Seguidme.
Imperturbable, avanzaba, acariciando el testuz de su camello blanco. Sus capitanes murieron, muchos en calientes delirios. Al desaliento oponía el Rey su lealtad. La muerte le arrebató al último de los suyos: quedó solo el Rey. La vejez derramaba su virus en la osamenta real. ¿Qué elegir en trance tan áspero? ¿Devolverse, dejarse morir, continuar adelante...? ¡Eso!
Un viernes de lividez, penetró por la puerta menor de Jerusalén, ebria de sangre. En el Gólgota, crucificarían a un hombre, a Jesucristo. El Rey vaciló: ¿el Hijo de Dios, el Anunciado en las Escrituras, moriría crucificado...? Apuróse en dirección al Calvario. A lo lejos, tres cruces rasguñaban el aire con sus maderos de luto. Del antiguo Niño no permanecía otra luz que la de Sus ojos azules y entristecidos.
Corrió el Rey, separando odios y túnicas. De repente:
-¡Piedad para mí! ¡Oh, hermano! ¡Piedad!
Un varón roído por las podres demandaba al Rey su postrer merced:
-¡Arrójame tu capa para ocultar mis desnudeces ulceradas! ¡Me
avergüenzan!
Desteñida y fea era la capa. El Rey: sacósela, tapando al menesteroso. Jesús sufría. Hórridos carpinteros golpeaban la carne divina, arrancándola en porciones sangrientas. Fue alzado. El cuerpo resplandecía. La Corona de Espinas astilló la claridad.
El Rey pisó la cima del Gólgota. Llorando, arrojóse a los pies de la Cruz:
-¡Jesús mío, perdóname! Yo debí arrodillarme con los demás en Tu Pesebre para contarte y cantarte mi amor... Ay, Dios Mío, mis manos llegan secas, viejas, pobres...
Jesucristo le sonrió, sin articular palabra. Pero, en aquella sonrisa, le signó Su complacencia: treinta y tres años le adoró el Rey en su corazón. Cristo lo comprendió y se lo agradecía: ¡Ni el Oro, ni el Incienso ni la Mirra valían la sencillez de sus Actos de Amor! En el rictus capital de Su postrera sonrisa, aleteaba un: ¡Hijo Mío! santificador. Y Jesús expiró.
El crepúsculo salpicaba con su llanto a las columnas del Templo. El Rey deambulaba, aturdido por un bofetón de irremediable desamparo.