El pueblo chileno y su gobierno, presidido por Aníbal Pinto, reaccionaron violentamente contra España. De las palabras, Chile se fue a los hechos: declaró el carbón de piedra como contrabando de guerra, es decir, no habilitado para la venta a los países en conflicto, dejando a la flota española inmovilizada. El corolario fue la destrucción de Valparaíso, bombardeado por la escuadra española. La amistad no tiene precio, pero Chile lo pagó.
NO TAN AMIGOS
Antes de iniciarse la guerra del Pacífico, las relaciones entre Perú y Bolivia no fueron nada de amigables. Al revés, hubo serios desencuentros que, finalmente, terminaron en un conflicto armado. En efecto, entre octubre de 1841 y junio de 1842, Agustín Gamarra, presidente de Perú, intentó retornar al país altiplánico a la soberanía peruana. Comandando sus tropas penetró a su territorio, llegando hasta la ciudad de La Paz. Bolivia resistió con todas sus fuerzas la invasión. Caballería e infantería armadas con rifles hannoverianos —disparaban dos tiros— de fabricación alemana, derrotaron completamente al enemigo, quedando entre los muertos el propio presidente Agustín Gamarra.
La reacción boliviana no se hizo esperar. Las tropas invadieron el sur de Perú, conquistando Moquegua, Puno, Tarapacá, Tacna y Arica; este última era una aspiración invariable de Bolivia, pues le permitía una salida al mar. La intervención de la diplomacia chilena permitió la devolución de los territorios, aunque el puerto de Arica continuó en manos bolivianas hasta 1847.
CHILE SE JUEGA NUEVAMENTE POR PERÚ
En la década del sesenta del siglo XIX, Perú entró en conflicto con España: la flota española se paseó por las aguas del Pacífico. Sin alcanzar arreglo, España decidió golpear el corazón económico de su rival, apoderándose de las islas Chinchas, el yacimiento más grande de guano, sustancia requerida para la agricultura de importantes países del mundo, antecesora del abono salitrero.
El pueblo chileno y su gobierno, presidido por Aníbal Pinto, reaccionaron violentamente contra España. La diplomacia nacional llamó a todos los países latinoamericanos, con el propósito de socorrer al vecino del norte. De las palabras, Chile se fue a los hechos: declaró el carbón de piedra como contrabando de guerra, es decir, no habilitado para la venta a los países en conflicto. Así la flota española quedaba inmovilizada, puesto que era la única parte donde podía abastecerse. El corolario fue la destrucción de Valparaíso, bombardeado por la escuadra española. La amistad no tiene precio, pero Chile lo pagó.
EL RETORNO A LA AMISTAD
Las circunstancias son una fuerza capaz de realizar los cambios más inauditos: treinta ocho años después del conflicto peruano boliviano (1841–1842) cambiaron los escenarios. En 1879, la alianza de esos países asumió la guerra contra Chile. No nos detendremos en explicar las causas del conflicto. Cada participante cuenta su propia historia. Lamentablemente, el aforismo romano parece ser una acierto: si vis pacem para bellum.