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EDICIÓN | Noviembre 2014

Fantasía de sombreros

Tierras fronterizas entre España y Portugal

Cuando estamos de viaje todo parece nuevo y especial; incluso las alfombras, escobas, paraguas o sombreros, que habitualmente usamos para decorar espacios, cubrirnos del sol o vestir con elegancia, pueden asombrarnos. Tal como ocurre en Valença do Miño durante las fiestas de cada verano, cuando cientos de sombreros suspendidos, casi invisiblemente en los cielos de la ciudad, le regalan un decorado único a este atractivo poblado.

texto y fotografía Contanza Fernández Curotto (conifernandez@gmail.com)

Atraída por la idea de conocer la arquitectura medieval que rodea las zonas fronterizas entre España y Portugal, llegué a La Fortaleza, pequeño poblado amurallado ubicado al interior de Valença do Miño, ciudad portuguesa del norte del país. Celtas y romanos dejaron sus huellas en estas tierras que datan del siglo XVII, años épicos protagonizados por valientes caballeros con sólidas armaduras y hermosas princesas de largos cabellos; pienso en Rapunzel y sus eternas trenzas cayendo desde la torre más alta de un castillo o esas fábulas donde los cocodrilos se encargaban de atacar a los enemigos que osaban cruzar arriesgados puentes colgantes. Muchos de estos escenarios, creados y tan bien narrados en la literatura infantil, efectivamente existieron y hoy es posible conocerlos. Entre otras razones porque en Europa se conserva y restaura la arquitectura antigua, siendo motivo de orgullo para sus habitantes y en muchas ocasiones razón suficiente para que turistas y viajeros los incluyan entre sus destinos. Se sabe que en la vecina región de Galicia, en el noroeste español, existen más pueblos que en todo el país y que, igual que en Portugal, robustas murallas de piedra rodean los cascos antiguos.

Para llegar a la plaza central de Valença do Miño hay que pasar bajo un macizo pórtico de piedra. Luego de cruzarlo, la primera imagen que me recibió fue la de una encantadora niña que ofrecía naranjas, manzanas y duraznos, todas frutas de su sencillo local, estratégicamente ubicado alotro lado del antiguo arco medieval, justo a la entrada del casco histórico. Me quedé con una jugosa naranja y mientras paladeaba su dulce sabor, el lejano sonido de una guitarra le dio una dirección a mis pasos que, después de algunos minutos, me llevaron junto a una joven pareja que improvisaba un espectáculo al centro de la plaza. Su carismática presencia y gracia para tocar los instrumentos, rápidamente, capturaban la atención de los visitantes, quienes disfrutaban de esta música de fondo mientras bebían una copa de oporto, clásico vino europeo producido al interior de Portugal, cuyas uvas son cultivadas en las escarpadas y rocosas laderas que bordean el río Douro y sus afluentes, entre ellos el Miño, río que rodea la ciudad de Valença. Muchas de las viñas más antiguas, clasificadas hoy como patrimonio mundial, están plantadas en estrechas terrazas soportadas por cientos de muros de piedra seca que, se dice, fueron construidos a mano.

Además del vino, Valença es famosa en Europa por sus textiles y la confección de toallas de alta calidad, manteles, colchas y cubrecamas. Toda esta colorida artesanía utiliza como vitrinas las antiguas murallas del pueblo, los callejones y los balcones, regalándole un estilo particular a este verdadero almacén a cielo abierto. Este atractivo mercado se vuelve aún más alegre en verano cuando es invadido de sombreros. Caramelos, flores, frutas, telas y botones, todo puede servir para la decoración de estas creativas obras de arte que, sumadas al particular estilo empedrado de La Fortaleza, terminan por darle vida a esta mágica escenografía. Los hilos con los que se cuelgan los sombreros son invisibles lo que da la sensación de que realmente estuvieran suspendidos en el aire. Así todo parece dispuesto como para el rodaje de una película de época: la arquitectura, los callejones, los ventanales, faroles y adoquines de calles y, por supuesto, los sombreros que despertaron mi imaginación. Mientras caminaba con la vista perdida entre el azul del cielo y los fantásticos sombreros, algunos sueños de niña llegaron a mi mente, esos donde creía en la idea de volar sentada sobre una alfombra, montando una escoba o colgada de un paraguas estilo Mery Poppins.

DESDE SIEMPRE ENFRENTADAS

Mientras disfrutaba de una de las mejores vistas del día, sentada sobre el césped a un costado del Castillo de Valença, un poco de viento comenzaba a levantarse alrededor de los cinco kilómetros de perímetro amurallado que rodean ese legendario símbolo, antigua barrera de defensa que hoy sirve para delimitar uno de los mayores centros comerciales de Europa. Desde este antiguo punto estratégico, ubicado en la parte más alta de la ciudad, podía ver, en su magnitud, la gallega ciudad de Tui.

Ambas ciudades fronterizas dedicaron gran parte de su historia a defender tierras, habitantes y monumentos. Durante la primera mitad del siglo XII, luego de que Portugal se estableciera como reino independiente de Galicia y León, el reino de Tui se transformó en escenario de múltiples acontecimientos bélicos relacionados con las luchas fronterizas y el río Miño adquirió un carácter de frontera natural que perdura hasta nuestros días.

El paisaje se repite al otro lado del río, castillos, iglesias que se vislumbran al fondo de estrechos callejones, ventanales plagados de musgos que parecen reventar los viejos marcos de madera, piedras, piedra y más piedras son algunas de las huellas que se conservan de la Edad Media. Para llegar hasta Tui volví a cruzar un monumento de época, esta vez fue un largo puente de fierro grueso, construido por uno de los discípulos de Gustave Eiffel, en 1884, mismo arquitecto de la famosa torre parisina que lleva su nombre. Por arriba de esta curiosa estructura pasa el ferrocarril y por debajo, en su interior, circulan los autos. Mientras lo atravesaba, mi atención fue inmediatamente capturada por la catedral de Santa María de Tui, también ubicada en lo alto de esta ciudad que, en sus años de gloria, irradió vida cultural, económica y militar. Quizás cuántas habrán sido las batallas, muertes y conquistas presenciadas por esta silenciosa construcción, visita obligada de todo peregrino que recorre el camino portugués hacia Santiago de Compostela.

A diferencia de lo que ocurre en la vecina Valença, los casi tres kilómetros de murallas que rodean el casco antiguo de Tui están semienterrados y aún no se ha datado con precisión su fecha de construcción. Lo que sí se puede constatar es que ambas ciudades siempre han estado pendientes de lo que pasaba al interior de las murallas. Antiguamente fue la necesidad de defender y luchar por lo conquistado, hoy es la paz lo que reina en el lugar. Símbolo de esa amistad fue la reciente creación, hace tan solo dos años, de una Eurociudad entre ambas tierras, como muestra de cooperación e integración que pone fin a una larga historia de guerras y conflictos. Signo también es el suave y agradable caudal del río Miño que, con sus tranquilas aguas, invita a navegar y disfrutar de sus pequeñas riberas arenosas. En España no hay sombreros, pero la mágica idea de princesas habitando al interior de la muralla es el sello común de estas tierras y razón suficiente para visitarlas.

 

Quizás cuántas habrán sido las batallas, muertes y conquistas presenciadas por la catedral de Santa María de Tui, esta silenciosa construcción, visita obligada de todo peregrino que recorre el camino portugués hacia Santiago de Compostela.

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