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EDICIÓN | Noviembre 2014

Los “chicos buenos” de la tragedia

por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián
Los “chicos buenos” de la tragedia

El horror que conmovió a la sociedad chilena de 1863 por el incendio de la Iglesia de la Compañía, que dejó dos mil víctimas, consolidó una idea que venía dando vueltas en la cabeza de varios santiaguinos notables: crear un grupo permanente de combate al fuego.

Hace 151 años, a través de un aviso en el diario, José Luis Claro citó públicamente a jóvenes interesados por formar una compañía de bomberos. Habían transcurrido pocos días desde la más espantosa tragedia incendiaria que la capital tenga memoria, la de la Iglesia de la Compañía, que dejó prácticamente a cada familia santiaguina lamentando un deudo.

La iglesia se había emplazado en la esquina de Compañía y Bandera, a escasas dos cuadras de la Plaza de Armas. Esa manzana fue donada a los padres jesuitas, que a poco andar de su arribo a Chile se habían transformado en favoritos de los devotos de Santiago, por la sabiduría de su prédica y el alivio moral que proporcionaban desde el confesionario.

Parece que esa esquina llamaba a la tragedia. Construida con amor y paciencia de los padres jesuitas con la ayuda de la feligresía durante treinta años, no alcanzó a durar en pie ni la mitad de ese tiempo, pues el terremoto del 13 de mayo de 1647 dio cuenta de ello. Posteriormente, recibió el ataque de una serie de terremotos en 1730 y las llamas de 1841.

La ceremonia religiosa de la noche del 8 de diciembre de 1863 aseguraba un templo repleto, pues correspondía al cierre del Mes de María, una de las festividades predilectas por los creyentes.

Cuenta el sacerdote Mariano Casanova, quien años después se convertiría en el cuarto arzobispo de Santiago, que “la iglesia se hallaba espléndidamente iluminada (…). En el altar mayor había una imagen colosal de la Purísima con una gran media luna a sus pies, la cual era formada por un aparato de gas que una vez encendido debía hacerla aparecer rutilante. Miles de velas, lámparas a aceite y parafina, tules de las mantillas, terciopelos en las vestimentas, flores naturales y de papel en las paredes, tapices y alfombras, todo engalanado para celebrar a la Madre de Dios”.

Hay varias versiones sobre la causa del fuego, pero lo que se sabe con certeza es que se incendió la media luna, luego alcanzó las cortinas y en pocos minutos el cielo raso completo estaba ardiendo. Dos horas después se derrumba la cúpula, dos torres y la techumbre.

Las salidas se hicieron escasas y colapsaron entre tropezones, enredos con ropajes frondosos y el nerviosismo, muros humanos que se produjeron al intentar pasar unos sobre otros, según relata la prensa de la época. Dos mil personas no pudieron escapar desde el interior y fallecieron calcinadas, asfixiadas o heridas.

“Hoy lo que se ha quemado es un fragmento de cada hogar, se ha quemado un trozo de cada corazón, se ha quemado en una pira más horrible que la de todas nuestras batallas la sangre de los chilenos”, recuerda Casanova en su Relación del incendio de la Compañía. Un conmovedor monumento honra hoy a esos infortunados en la entrada del Cementerio General. Otro tanto ocurre en el sitio del siniestro, donde se ubica el ex Congreso Nacional.

El dolor en este caso llamó a la acción. Se había discutido innumerables veces a través de la prensa, en sesiones del cabildo y en reuniones de notables, la necesidad de contar con un buen servicio de bomberos, que ya existía en otras ciudades, Valparaíso la primera. La capital contaba con el “batallón de la bomba”, servicio municipal deficientemente equipado y de escaso personal. Es así como el 20 de diciembre de 1863 se funda el Cuerpo de Bomberos de Santiago, con cuatro compañías, las actuales 1ª, 2ª, 3ª y 6ª.

Con la tecnología disponible, la bomba era transportada a caballo y succionaba el agua de las acequias y, posteriormente, de la red de agua potable para dirigirla al siniestro. La moderna bomba a vapor hace su aparición en 1865, para Chile y Sudamérica. Esa “Ponka” o “monstruo yanqui”, como la apodaron, todavía se ve a través de los ventanales del edificio de estilo francés que alberga a la Primera, en la calle José Miguel de la Barra.

 

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