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EDICIÓN | Noviembre 2014

El pequeño Levaggi

Desde los Alpes italianos hasta Los Andes chilenos y viceversa

Un mes se demoró mi abuelo en llegar. El puerto de Génova fue el lugar para la despedida; América el destino final. Desde el Mediterráneo se embarcó junto a una vieja maleta que hoy es la mesa de centro del living de mi tía en Chile. Un baúl que guarda los secretos, sueños e ilusiones de uno de tantos italianos que escaparon de la Segunda Guerra Mundial, para nunca volver. Lo que Angelo no imaginó fue que, a pesar de su temprana muerte, cada costumbre y receta que sembró en Chile le daría vida a un pequeño Levaggi al otro lado del mundo.

Texto y fotografía Constanza Angela Fernández Curotto, conifernandez@gmail.com

Domingo, 11 de la mañana en Santiago. Era noviembre y la Cordillera de Los Andes se veía nítida desde nuestra ventana después de una inesperada noche de lluvia. Mi mamá se había levantado hacía, por lo menos, dos horas. Como siempre, preocupada de cada detalle para el almuerzo, cocer las papas, cosechar la albahaca y buscar la receta justa; mientras los hombres de la familia participaban de una especie de "misión secreta" por las calles de Santiago: la cosecha de callampas. Una tradición que con los años se ha vuelto más bien una competencia familiar, liderada en sus inicios por el tío Vittorio, hermano de mi mamá, quien tuvo la misión de revelar el mapa de las calles y árboles milagrosos donde crecen estos hongos.

En casa, las papas ya están peladas y aún calientes. Un poco de mantequilla, nuez moscada, harina y un par de secretillos más para que, en pocos minutos, el mesón de la cocina esté tapizado de ñoquis.

Mi hermana se encarga del pesto, es realmente buena en eso y, con los años, se ha ganado el apodo de "la mami del aliño”. Imposible no comer las ensaladas con sus toques mágicos. Así, el almuerzo ocupa casi todo el día. Pasadas las tres de la tarde estamos todos sentados a la mesa, tíos, hermanos, primos y cuñados.

Cualquiera que nos viera se preguntaría qué es lo que estamos celebrando, y lo curioso es que nada. Siempre aparece alguna excusa para juntarnos a cocinar, un día es la lluvia que trae callampas frescas que viajan desde los árboles hasta la cocina para ser suavemente salteadas en aceite de oliva, ajo y perejil; otro día es el salame, preparado y condimentado en casa, que lleva más de tres meses colgado en el lavadero y que parece estar listo para compartir; o una sabrosa tarta di riso, torta de arroz a la genovesa, condimentada con el parmesano fresco que viene llegando del campo.

Con el tiempo me fui dando cuenta de que la cocina es lo que nos mantiene unidos al origen; las semillas de nuestros huertos tienen ese aire italiano y las cosechas guardan el sabor de Levaggi, el lejano pueblo de mi abuelo. Es como si en cada paso de la receta estuviera la sabiduría los nonnos, que tiempo atrás también se sentaron a la mesa de esta familia de inmigrantes separada al igual que muchas otras y que, a pesar de haber quedado divida entre Chile e Italia, se mantiene aferrada a sus raíces a través del sencillo acto de cocinar.

LA TIERRA DEL NONNO

En el norte de Italia, el invierno ha comenzado para Gabriella y Colombo. Es la última luz de una fría y blanca jornada en las montañas de Levaggi, la nieve cae desde hace días y parece no detenerse, cubriendo senderos y tejados. En la punta más alta del lugar brillan las luces de una solitaria casa y, a través de una puerta de vidrio, se alcanzan a distinguir los pasos de dos encorvadas siluetas que lentamente desaparecen. Minutos después se apagan las luces y suenan las campanas de la iglesia, ubicada a pocos metros de la casa. “Sono le dieci”, son las diez, y un nuevo día ha pasado para la pareja más anciana del pueblo, que desde las alturas parece custodiar las tradiciones de sus habitantes.

Cuando conocí a Gabriella, la hermana de mi abuelo, me dieron ganas de no volver a separarme de ella: su mirada tenía algo de nostalgia al observarme, imagino que podría sentir una parte de su hermano en mí. Eran jóvenes cuando se separaron y, por lo que ella me contó, cuando lo vio embarcarse en el puerto de Génova nunca pensó que se iría para siempre, pero así fue.

Veinte años después volvería a abrazarlo y esa sí sería la última vez, Gabriella se emociona al mostrarme una foto que guarda ese encuentro más allá de la memoria. 1965, asegura con confianza, luego gira la fotografía y lo confirma al leer el año escrito en el reverso; se veía bien, sano y feliz, dice, luego de un breve silencio. La escucho e imagino que para una mujer que nunca ha salido de su pueblo lo de su hermano fue una gran hazaña.

Había que tener coraje y valor para partir en esos años, estábamos en guerra “cara Costanza”, lo poco que teníamos se hacía cada vez más incierto y "Las Américas" representaban la tierra del oro y las oportunidades, agrega, mientras guarda la foto en una vieja caja de lata. Mi mamá, que en ese entonces tenía diez años, recuerda que fue un viaje eterno, y lo fue. Un mes para navegar hasta Italia, un mes de estadía y otro para regresar, una aventura narrada en lettere, cartas o postales, que servían para compartir noticias y novedades familiares. Sus líneas describen el dolor de la separación, la impotencia de una madre que no puede abrazar a su hijo, o la satisfacción de un hombre que vuelve a pisar su tierra. En una de ellas se relata el hito familiar en el que se transformó ese único viaje a Italia, porque Angelo volvió a Chile acompañado de un nuevo integrante que pasaría a ocupar un lugar central, no solo en la casa de mi mamá, sino en la de muchos chilenos: el primer televisor en blanco y negro.

UN SABOR QUE NUNCA MUERE

Hoy Gabriella tiene más de noventa años y junto a Colombo, su esposo, se han transformado en los guardianes de la tradición culinaria, que ha permitido mantener la unión de la familia más allá del tiempo y la distancia. Sus vidas han transcurrido en el campo, los huertos han sido la pasión de Colombo y la cocina el motor de vida de Gabriella.

Recuerdo mi primer encuentro con Colombo. Había llegado a Borzonasca y opté por caminar, desde ahí, los tres kilómetros que me llevarían a Levaggi. Era un verano de agosto y, con la ansiedad de cada paso, me acercaba cada vez más a ese anhelado encuentro con los más viejos.

Perdida entre el verde del entorno, sus flores y el silencio, me detuve con curiosidad al notar que algo se movía sobre la copa de un olivo. Sabía que Colombo era fuerte y activo, me habían contado de sus hazañas y peripecias, pero no pude dejar de asombrarme cuando me di cuenta de que era él, a sus noventa y un años, quien cómodamente cosechaba aceitunas encaramado en el olivo. ¡Colombo!, grité fuerte y decidida, pues era él, no cabía duda. Con movimientos firmes y seguros bajó la escalera que se apoyaba en el delgado tronco y, sin titubear, se acercó a mi encuentro. Me presenté y, tras un apretado abrazo, montamos su vieja Vespa. El viento acariciaba y refrescaba mi rostro, mi largo pelo era algo así como nuestra estela, mis manos abrazaban la cintura del patriarca del pueblo y mi corazón latía libre, me sentía tan poderosa y, al mismo tiempo, profundamente feliz.

Admiración, vitalidad y coraje es lo que sentí al compartir con ellos. A pesar de que ambos superan los noventa años, es como si su fuerza hubiera mantenido vivos los almuerzos familiares en Santiago. Son las raíces de una tradición nacida hace más de un siglo en Italia, que hoy, a casi diez años de ese primer encuentro, esperan la última partida. Las grandes y robustas manos de Colombo prefieren descansar en casa al igual que los hinchados y cansados pies de Gabriella, y así, en el silencio de su rutina, se acompañan. Quizás el próximo invierno la casa de los patrones de Levaggi se pierda en la oscuridad de su ausencia, pero estoy segura que en Chile los frutos de su tradición iluminarán cada nuevo almuerzo.

 

Hoy Gabriella tiene más de noventa años y junto a Colombo, su esposo, se han transformado en los guardianes de la tradición culinaria, que ha permitido mantener la unión de la familia más allá del tiempo y la distancia.

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