Entró a mi tienda una linda chica canadiense. Motivada por algunos textos, incluido Neruda, había llegado a Valparaíso en busca de los recovecos, arquitectura, historia, cuentos. Mientras escuchaba, la imaginaba cuál exploradora descubriendo la ciudad.
Al preguntarle cómo había resultado su experiencia y qué le parecía la ciudad, su respuesta fue tajante y sumamente desalentadora: disgusting. No me lo esperaba, si bien los extranjeros suelen criticar un poco el desorden porteño, siempre he tenido la sensación de que regresan a sus países bastante satisfechos.
Insistí, para que me explicara su desagrado y rápidamente empezó a bombardearme con críticas: No entendía cómo lo que queda de antiguo se desmorona o bien está lleno de dibujos o rayas, dónde está el resguardo para la ciudad patrimonial. Entremedio aparecen enormes torres de departamentos, la basura está por todos lados. No existen áreas verdes, eso le llamaba mucho la atención, dónde llevan a los niños a jugar, le iba a responder que a la playa, pero rápidamente continuó preguntando, dónde andan en bicicleta y, obviamente, omití la playa. Esta es una ciudad poco segura, mal planificada y poco cuidada.
Mientras seguía con sus descargos, y a pesar de estar muy de acuerdo con ella, en algún minuto me empecé a sentir un poco ofendida. Y traté de defender a Valparaíso, pero resultó que la linda chica canadiense era arquitecta urbanista y todos mis argumentos (a esas alturas, insostenibles) los desestimaba. Remató con los proyectos de mall. Las grandes tiendas y centros comerciales tienen que construirse fuera del centro de las ciudades, lo único que se logrará con estas edificaciones es que los autos congestionen las calles y la ciudad, que es estrecha, colapse. Y, peor aún, que los pequeños negocios desaparezcan y, con ellos, la identidad de la ciudad.
No pude rebatirle casi nada. Estoy tan de acuerdo con ella, creo que llevo mucho tiempo escribiendo lo mismo. Cómo en tan pocos días, esta extranjera había hecho un escáner tan bien logrado de la situación actual porteña. Cuando cerró la puerta, seguramente bastante más aliviada por su desahogo, me quedé mirando como si hubiera pasado un huracán. Al rato me acordé que, afortunadamente, por estos días empiezan a pasar cosas entretenidas en este lugar, como el Festival Puerto de Ideas o el Festival Internacional de Fotografía. Qué pena que la chica canadiense se los va a perder.