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EDICIÓN | Noviembre 2014

Alegría de vivir

Paula Miranda
Alegría de vivir

Su optimismo y sentido del humor contagian y con el correr de la entrevista se transforman en una lección de vida. La única mujer entre dos hermanos, regalona y alegre, cuenta los pequeños grandes pasos que tuvo que dar para rehabilitarse y volver a empezar, tras un accidente automovilístico. La tetraplejia que tiene no es ningún impedimento para llevar una vida normal. Hoy está estudiando sicología y se prepara para concursar en el primer Miss Independiente del país el próximo año.

por Macarena Ríos R. / fotografía Teresa Lamas G.

La madrugada del 10 de marzo del 2011 cambió para siempre la vida de Paula Miranda (24) y la de su familia. Fue un día miércoles. Esa noche estaba en la casa de una amiga en una de esas juntas y no iba a salir, pero a último minuto decidió hacerlo. Dejó el auto estacionado, se subió a otro con sus amigos y partió a Viña.

El auto iba rápido, más rápido de lo que Paula hubiera querido. Adentro iban seis personas. Ella estaba sentada arriba del copiloto. “¡Weón para!”, alcanzó a gritarle al que iba manejando y todo se fue a negro. Despertó en el suelo con los gritos de sus amigos, que se habían puesto a pelear con los del auto que se había pasado el semáforo en rojo. La esquina de Arlegui con Ecuador se vistió de vidrios, de confusión y de dos autos destrozados. Paula recibió todo el impacto. Se pegó en el pecho y se quebró el cuello.

A los minutos llegó un paramédico y ella comenzó a sentir un hormigueo por todo el cuerpo y sueño, mucho sueño. “Si te duermes ahora, te mueres”, escuchó que le decían de lejos, “así que recemos fuerte”. Y así lo hicieron durante el trayecto en ambulancia al Gustavo Fricke.

Al llegar al hospital se encontró con sus papás. “Mamá no te preocupes yo no estaba manejando, solo me duele un poco el cuello”. La radiografía fue devastadora. Había que llevarla de inmediato al Van Buren, especialistas en neurología. Pero nadie quería hacerlo. Nadie se atrevía. Era tal la gravedad de su lesión cervical que podía, incluso, fallecer en el viaje.

“Pilar, tenemos que prepararnos para lo peor, la Paula tiene destrozada la columna y puede morir en cualquier momento”, le dijo Horacio a Pilar, su mujer. “No hay nada que hacer”.

EL TRANSFORMER

Eran cerca de las tres de la mañana cuando llegaron al Van Buren. No había tiempo que perder, el pabellón estaba listo para operarla y poder reconstruir las vértebras que se habían hecho polvo con el choque. Y Paula seguía hablando. Le pusieron unos pernos en la cabeza con peso hacia atrás para estirarle la columna y poder así intervenirla. Lo que en circunstancias normales se demora un par de días, en el caso de Paula fueron tres horas.

La operó el doctor Massaro, neurocirujano especialista en traumas raquídeo-medulares. Sin embargo, el diagnóstico seguía siendo sombrío: ventilador mecánico de por vida y cero movilidad de su cuerpo. Sólo los ojos. Pilar, la mamá, la que dejó su trabajo en los Sagrados Corazones para poder cuidarla, la que le da sorbos de agua cuando se le seca la boca, se aferró a su rosario.

Paula estuvo veinte días en la UCI conectada a un respirador artificial. “No recuerdo haber sentido ningún dolor”. En ese lapso tuvo dos paros respiratorios, ya que por su lesión había perdido toda la musculatura del cuello hacia abajo. Había quedado tetrapléjica. Por eso lo del ventilador mecánico. Y por eso también las largas sesiones de quinesioterapia que tuvo en el recinto hospitalario.

Una vez que lograron estabilizarla, la trasladaron a la UCIM, la unidad de cuidados intermedios. Esta vez la estadía se extendió por tres meses. De ese período no se acuerda mucho, sólo algunos flashes que van y vienen. Durante las dos últimas semanas Paula se enfocó a que le sacaran el ventilador. Ese fue su primer gran desafío: aprender a respirar sola.

“Señora, va a tener que comprarle buzos a su hija para que esté más cómoda”, le dijeron a Pilar antes de dejar el hospital. Paula se negó rotundamente. “No mamá, qué atroz, yo quiero mis vestidos, mis zapatos con taco, mis patas”.

“¿Puedo fumar?”, pregunta Paula. “Se van a matar de la risa por cómo fumo”, avisa, “es que no puedo apretar la mano”. Está sentada en el porche de su casa en Quilpué en una silla que le mandaron a hacer a su medida, acolchada, con apoya brazos. Como una especie de butaca. “Lo más cómodo que existe ahora en el mercado”, comenta Pilar. “Mis primos chicos le dicen el Transformer, porque se arma y se desarma, la encuentran alucinante”, se ríe la Paula. Está rodeada de flores, el sol cae sobre su pelo largo y le calienta su cuerpo delgado. Lleva puesto un coqueto vestido primaveral. Nada de zapatillas, nada de buzos.

VOLVER A EMPEZAR

Tuvo que empezar de cero. Fue evaluada por diversos especialistas de la Teletón, quienes le hicieron un riguroso plan de tratamiento. No había tiempo que perder. Mientras antes comenzara a recuperar movimiento y musculatura, mejor.

Durante julio, agosto y septiembre del 2011, Paula se sometió a extenuantes sesiones de kinesiología en la Clínica Bicentenario en Santiago, que en esa época había cedido un piso completo para los pacientes de la Teletón, cuyas salas estaban en proceso de remodelación.

“Me dolía todo, lloraba mucho. Estaba en una silla neurológica, de esas que te tiran hacia atrás y que me afirmaba la cabeza, porque en esa ápoca no me podía sentar, me iba para los lados, me caía, tampoco podía mover los brazos, me mareaba”.

A punta de esfuerzo y voluntad, Paula aprendió a sentarse, a comer. Y de a poco, muy de a poco, comenzó a mover los brazos.

“En la Teletón conocí a varios chicos que tenían lo mismo que yo, así que no sentí que se me viniera el mundo encima. Conocí a Marcela, una gran amiga hasta ahora. Nos hicimos yuntas, pasábamos en mi pieza, empezamos a fumar de nuevo”.

Durante esos tres meses de tratamiento intensivo, Pilar jamás se separó de su lado. Venían sus amigos a verla, su papá, sus hermanos. “Mi familia y mis amigos fueron, lejos, lo más importante en todo el período de rehabilitación”. Y también durante esos tres meses, Horacio se dedicó a remodelar la casa para la llegada de su hija. Construyó un par de rampas y un baño espectacular, con una ducha en forma de plato y jacuzzi, totalmente adaptado para sus necesidades.

TELETÓN VALPARAÍSO

“La primera vez que entré a la Teletón de Valparaíso y vi a todas las personas que estaban ahí, pensé que lo mío no era nada en comparación con lo que estaba viendo. Pensaba ‘vengo a ocupar un cupo de estos niños que lo necesitan mucho más que yo, mejor me voy a la casa’. Mi plan de tratamiento esta vez era de tres veces por semana, de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. El objetivo era mantener el estado físico, que no se me enchuecaran las piernas, por ejemplo”.

¿El consejo que más te ha servido?
El que me di yo misma: que había que salir adelante.

¿Cómo fueron estos tres años de rehabilitación?
Me dieron esperanzas. Pero la rehabilitación no termina nunca y se hace en todos lados. Por ejemplo, el hecho de ir a una tienda y probarme una polera ya es una rehabilitación para mí, es agotador ¡quedo muerta!

¿Lo más difícil?
Entender lo que me había pasado y cómo iba a hacer mis cosas en la vida cotidiana. Perder libertad e independencia. Al final, yo hago mi vida exactamente igual que antes, pero con ayuda y ahora es más entretenido porque siempre estoy acompañada. Me carga estar sola.

¿Cómo es la Teletón puertas adentro?
Está dividida en diferentes discapacidades, que ahora se llaman “capacidades diferentes”. En cada una existe un grupo multidisciplinario encargado de diferentes problemas específicos como el raquiomedular: kinesiólogos, fonoaudiólogos, fisiatras, terapeutas ocupacionales, sicólogos, enfermeras. Son ellos los que se encargan de hacer el plan de rehabilitación de cada caso.

¿Hiciste muchos amigos?
Mis compañeros de la Teletón fueron imprescindibles, porque te apoyan personas que tienen lo mismo que tú, que te entienden, que saben lo que te pasa no solo en la parte física sino también espiritual. Nace una conexión muy especial, es como una comunidad.

¿Lo más inspirador?
La muerte de mi abuela. Me hizo darme cuenta de lo frágil que es la vida y que en algún momento no voy a poder contar con mis papás. Ahí decidí volver a estudiar.

MISS INDEPENDIENTE

“Ya tuve tres años de rehabilitación, estoy bien, lo que logre mover de aquí en adelante va a ser por gracia de Dios o por las pilas que le ponga. Mi cabeza funciona perfecto, soy inteligente, quiero estudiar”.

Y así lo hizo. Este año se matriculó en sicología en la Universidad Viña del Mar. “La universidad se ha portado un siete conmigo porque no estaba adaptada para personas en silla de ruedas. Todas mis clases y talleres los tengo en el primer piso. Me tocó un curso maravilloso. Estudio de noche, la gente es más grande, todos vienen con otra mirada de la vida, con situaciones difíciles que han debido superar”.

¿Qué les dirías a las personas que lean esta entrevista?
Que hay que disfrutar el día a día, porque las cosas pueden pasar en cualquier minuto. En mi caso, mi cambio de vida fue para mejor. Ahora estoy mucho más feliz de lo que era antes, tengo una familia maravillosa, tengo amigos increíbles, un pololo espectacular.

¿Qué te cansa?
La silla cansa, agota, duele la espalda, pero uno se acostumbra.

¿Te preguntan mucho sobre lo que te pasó?
Sí, harto, pero ya estoy acostumbrada. Todos quieren saber cómo fue, hay gente que se atreve y otra que no, pero cuando entran en confianza todos quieren saber, por eso lo cuento antes.

¿De qué se trata el Miss Independiente?
Más que un concurso en silla de ruedas, el objetivo es demostrar que podemos hacer nuestra vida exactamente igual, a pesar de todo. Que podemos carretear, estudiar, casarnos. Más que ganar o no, lo importante es ser un testimonio de vida, una motivación.

¿Y vas a ganar?
¡Obvio!

 

“El objetivo del Miss Independiente es demostrar que podemos hacer nuestra vida exactamente igual, a pesar de todo. Que podemos carretear, estudiar, casarnos. Más que ganar o no, lo importante es ser un testimonio de vida, una motivación”.

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