Ambas son amigas, socias, y diseñadoras. Hace un año que están dedicadas, en su tiempo libre, a hacer telares absolutamente distintos a los más populares. Y es que los marcos que utilizan para hilar la lana, son aquellos que los apicultores usan para que las abejas formen sus panales.
por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.
Aunque las dos trabajan en empresas que nada tienen que ver con el arte, siempre han tenido esa curiosidad manual que alguna vez hizo que decidieran estudiar diseño. Por lo mismo es que estas rancagüinas, en sus ratos libres, siempre estaban incursionando en talleres de pintura, escultura, cerámica, entre otros. Soledad se dedicó por años a la pintura al óleo, y Paulina se especializó en textil en la universidad y más tarde le hizo clases de innovación a las tejedoras de Doñihue.
Hasta que hace año y medio descubrieron el telar y armaron sus propias creaciones. Hoy lo que es el pasatiempo de estas dos mujeres se ha convertido en un arte cotizado: hace un año vendieron, por primera vez, un telar y después de eso, las llamadas de amigas y pedidos para cumpleaños y matrimonios han sido constantes. Una o dos veces a la semana se juntan en la casa de Paulina, quien transformó una salita de estar en un taller lleno de cajas con todo tipo de materiales.
¿Cómo aprendieron la técnica del telar?
(Soledad) Somos autodidactas, nadie nos enseñó…
¿Por qué el telar?
(Paulina) Por la cercanía que tiene con la naturaleza, algo que siempre me ha gustado. Por recobrar esta técnica ancestral y renovarla con cosas que están a la mano y que la gente no ve, como ramitas y hojas de árboles, maderas, frutas, musgo, piedras… en fin, siempre estamos recogiendo cosas que encontramos a nuestro alrededor para adaptarlas al telar. Además que a las dos nos encanta la lana.
¿Por qué usar marcos de antiguos panales?
(Soledad) Porque son bonitos. Los apicultores los usan unas tres
veces, y después los desechan. Entonces nosotras los recuperamos. La madera se ve envejecida, es algo bonito, un marco que fue un panal se transforma en un marco que expone un gesto artístico como es el telar. Tienen una historia más allá de lo que nosotras hacemos.
¿Cómo se les ocurrió esta idea?
(Paulina) Porque investigamos el tema en internet. Entonces buscamos apicultores o artesanos que pudieran tener este tipo de marco en la región, los que, además, vienen con los alambres listos para hilar. Pero nos encontramos con que todo el mundo vendía estos marcos nuevos, y nosotras queríamos los usados. Cuando los encontramos, la persona que los desechaba no podía creer que quisiéramos comprarlos…
EL INGENIO
Soledad y Paulina trabajan en los telares en sus momentos de ocio. Aseguran que es una técnica que se puede realizar en cualquier parte y que no toma tanto tiempo, como la pintura u otras, lo que a ellas les acomoda porque pueden compatibilizar trabajo, casa y arte.
¿Los telares los hacen de forma espontánea o tienen algún concepto?
(Paulina) Espontánea, vamos hilando y pensando en los colores, que es casi lo más importante para hacer un trabajo distinto. Luego se nos ocurre ponerles ramas, trozos de madera, semillas, piedras, musgo, cardo, hojas e, incluso, frutas… Es un tema con la naturaleza. Incursionamos con distintas maneras de hilar, por lo que nunca hemos hecho un cuadro igual al otro.
¿Frutas? (Paulina) Sí, tenemos telares a los que les hemos puestos, por ejemplo, rodajas de naranjas. Las prensamos y les ponemos resina, para luego adjuntarlas al telar. También usamos la coronta del choclo, la cortamos en rodajas y la asamos, o la base de la alcachofa hacemos que parezca una flor... Son cosas que se nos han ocurrido y que le han dado ese toque distintivo a nuestro trabajo.
¿Cómo se les ocurrió juntar los marcos?
(Soledad) Una amiga nos pidió que le hiciéramos un telar para un matrimonio, y encontramos que uno solo —porque los marcos son pequeños— se veía muy pobre. Así que decidimos unir de a dos hasta cuatro marcos y así darle una composición más interesante a la obra.
¿Qué tipo de lana usan?
(Soledad) De todas: algunas hiladas de manera rústica y otras más modernas. También usamos vellón.
¿Qué les sucede cuando están hilando?
(Paulina) Es nuestro minuto de desconexión. Y nos relacionamos con los materiales. Es tranquilidad, olvidarse del estrés, en fin, es una terapia de relajación, el tiempo pasa y no nos damos cuenta.
¿Por qué creen que sus telares son cotizados?
(Soledad) Por el amor que le ponemos. El cariño a la naturaleza que le tenemos las dos. Juntas sumamos y hacemos esto porque nos gusta, y lo hacemos para nosotras… Siempre nos da pena vender, nos cuesta, porque para nosotras el arte tiene otro significado, no económico. Pero también es un tremendo orgullo saber que alguien aprecia nuestro trabajo y que lo quiere para su casa.
¿Cuál es el sello de ustedes?
(Paulina) Cuando tuve la oportunidad de hacerle clases de innovación a las tejedoras de Doñihue, me di cuenta de que lo que más les cuesta es eso mismo: cambiar la forma de hacer, buscar otros diseños, intercambiar colores, renovarse en todo sentido. Y eso es lo que nosotras buscamos, ese es nuestro sello, que nos atrevemos a experimentar.
“Vamos hilando y pensando en los colores, que es casi lo más importante para hacer un trabajo distinto. Luego se nos ocurre ponerles ramas, trozos de madera, semillas, piedras, musgo, cardo, hojas e, incluso, frutas”.