No se trataba de vender zapatos simplemente, lo que estos diseñadores se propusieron fue rescatar la tradicional confección de calzado en nuestro país. Bajo el lema Made in Chile not in China se han ido abriendo paso en el mercado nacional. Aquí un relato de fuertes convicciones diseñadas con buen gusto.
por María Jesús Sáinz N. / fotografía Andrea Barcelo A.
Oficialmente, esta historia comienza en 2011, aunque sus protagonistas —dos jóvenes diseñadores industriales— piensen que sería justo reconocer que, desde niños, estaban destinados a protagonizarla.
Mientras Ignacio adoraba las zapatillas, a las que su afición por el skateboard las ponía a prueba a diario, a Felipe le resultaba fascinante desarmar, modificar y romper los zapatos, que nunca le resultaban del todo cómodos.
Sin embargo, para ese entonces, ninguno de los dos tenía idea de la existencia del otro. Debieron esperar varios años para dejar de ser niños y conocerse en Máncora, Perú, donde llegaron de viaje para practicar surf. Para ser socios, debieron esperar todavía un poco más.
Terminaron sus respectivas carreras de diseño y justo cuando Ignacio había renunciado a su trabajo en la empresa Bata, donde aprendió “los tejemanejes de la industria” —como el mismo lo llama—, vio a través de Facebook que Felipe había regresado de Buenos Aires, donde se especializó en diseño de calzado. Vinieron algunas reuniones, mucho trabajo y finalmente el nacimiento de una empresa.
¿Fue muy difícil al principio?
Ignacio: Partimos con algo de capital propio, vendiendo zapatos, hasta que pudimos crecer. Recién después de un año y medio comenzamos a tener algo de retorno. Al principio, estábamos sobregirados al máximo. Felipe: De a poco se empezó a correr la voz de nuestra marca, hasta que nos dimos cuenta de que nos estaba yendo bien, de que había que tirarse más a la piscina. Empezamos a distribuir y abrimos nuestra primera tienda.
Reconocen que el apoyo de sus círculos conocidos y las redes sociales ha sido crucial: “todo el mundo nos decía: ¡qué buena!, ¡bacán!, ¡está bonito el proyecto! Fue muy importante que hayamos compartido todo el proceso con nuestros amigos en nuestras cuentas de Instagram y FB. Fue como una bola de nieve que empezó a rodar”, explica Ignacio.
¿Y cómo pasan de diseñadores a fabricantes?
Ignacio: Al principio fabricábamos en distinto talleres y eso era un dolor de cabeza, porque no cumplían y había varios ítemes que no podíamos controlar. Si se nos atrasaba la colección, se desordenaba todo. Felipe: pero esa experiencia fue una muy buena escuela. Nos metimos en todos los tipos de fábricas ligadas al rubro: de hebillas, cordones, goma, pegado, cuero y plantillas, hasta que dijimos bien, ya sabemos todo lo necesario, podemos perfectamente parar una fábrica.
Y justo en ese momento, Bata estaba rematando equipos. “Eran máquinas que estaban en buen estado y a muy buen precio”, dice Ignacio, quien precisamente por estas coincidencias es un convencido de que “han trabajado harto, pero el destino ha hecho también lo suyo”.
Hoy cerca de veinte personas trabajan en su taller ubicado en el barrio Franklin, donde la calidad debe ser la garantía.
MADE IN CHILE NOT IN CHINA
Las estocadas a la industria del cuero y el calzado en Chile han sido incesantes a lo largo de su historia. Mientras el consumo de calzado se ha disparado en el país, los vaivenes de su producción local han sido constantes por las dificultades para competir con países que, por menos dinero, logran producir más. En estos
días, el país que más afecta a la ya alicaída industria local, es China.
Mientras Felipe e Ignacio vendían sus zapatos en los albores de su emprendimiento, notaban en el Barrio Italia, donde precisamente se alberga el renacer de la producción local, cierta tendencia a rechazar las importaciones asiáticas y a valorar lo propio. “Empezaron a aparecer panfletos que decían: ‘un zapato chileno crea un empleo, un zapato chino crea un cesante’. Y por eso, decidimos agregar a la marca el lema Made in Chile not in China”, comenta Felipe, respondiendo a una tendencia de las industrias premium a fortalecer sus países de origen.
¿Y les resultó?
Felipe: Es revolucionario nuestro eslogan, con él intentamos educar al cliente. No solamente queríamos vender zapatos, sino que también sentir orgullo de poder promover al país por medio de este objeto de diseño. Nuestro sueño sería tener una tienda en Europa que diga Made in Chile not in China.
Todo dice que van por buen camino, “desde Europa nos escriben siempre, valoran mucho que el producto sea chileno porque Chile está bien catalogado en otros países”.
Ignacio hace hincapié en la fortaleza de la confección nacional: “es lindo el oficio del zapatero, es bien romántico. Volviendo a los orígenes en la forma de confeccionar, valoramos la historia que tiene Chile en la zapatería, y también el amor propio, a decir: oye, este zapato es impecable en su diseño, buenísimo en sus materiales y está hecho en Chile”.
¿Y hay suficientes chilenos que sepan hacer el trabajo de zapatero?
Ignacio: Toda la gente que trabaja con nosotros o es mayor o muy joven, y eso demuestra una brecha generacional importante, que son los años en que se perdió la industria. Es un tema encontrar operarios, ya que están en las fábricas grandes o han emigrado a otros rubros, entonces hay que ofrecerles un buen lugar de trabajo, un proyecto con futuro para que se queden. Felipe: Nuestro aporte social es generar empleo. Hacer que este oficio no desaparezca.
HABLEMOS DE MODA
Que el cuero, las suelas, el hilo y hasta las cajas sean chilenas, y que todo esto sea fruto del trabajo y del esfuerzo, no tendría valor si no fuera acompañado por un diseño innovador. Ignacio y Felipe lo saben y ponen al servicio todo su talento para ofrecer diseños por los que valga la pena pagar un poco más por vestir mejor.
Fueron bien valientes, porque en 2011, esta, no era una industria precisamente pujante… Ignacio: cuando partimos el 2011, tampoco había muchas marcas independientes de zapatos. Recién existían algunos compradores más de vanguardia que compraban zapatos en calle Victoria.
Aunque eso fue recién hace tres años, han notado un vuelco en la tendencia “sobre todo en la moda del hombre. El hombre antes de la globalización, que permitió ver otros mundos, era súper despreocupado. De a poco ha empezado a poner más atención en su imagen”, aclara Felipe.
La cantidad de información disponible en internet, les ha jugado a favor a la hora de inspirarse: “vemos muchos blogs de diseñadores, de tendencias; estamos conectados por la red. La idea es mostrar nuevas propuestas para que el ojo se acostumbre y se instale la moda”.
Hoy diseñan, fabrican y comercializan un volumen de ochocientos zapatos al mes, que venden a través de internet, en las tiendas Paris —donde llaman la atención por su innovadora presentación con los zapatos pegados magnéticamente en un muro— y en su tienda del Drugstore, que destaca por su diseño.
Los planes próximos son abrir un nuevo local y buscar modos de comercialización en el extranjero. Todo para que —como dice Ignacio— “esta fábrica siga echando humito”.
“El oficio del zapatero es bien romántico. Lo hicimos respondiendo a la historia que tenía Chile en la zapatería y también al amor propio, a decir oye, este zapato es impecable en su diseño, buenísimo en sus materiales y está hecho en Chile”, cuenta Ignacio Ríos.