No cualquiera trae al fin del mundo a Rodolfo Llinás, Carlo Ginzburg o Juan Villoro. No cualquiera se atreve a deshumanizar los edificios patrimoniales y conjuga la fiesta y el color con el mundo de las ideas y el conocimiento. Mucho menos fuera de Santiago. Pero para esta hija de inmigrantes, la palabra “imposible” no figuraba en su vocabulario. Ad portas de la cuarta versión del encuentro más interesante de historias y pensamientos del país en Valparaíso, Chantal apuesta por la creatividad y asegura que sí es posible discutir con sentido y profundidad.
por Macarena Ríos R. / fotografía Vernon Villanueva B.
“El primer año de Puerto de Ideas nunca escuché un aplauso”, me dice Chantal con su pelo corto y un acento levemente afrancesado. ¿Cómo así?, pregunto, curiosa. “Porque nunca estaba cuando terminaba una conferencia; tenía que salir corriendo para alcanzar a llegar a la siguiente charla”.
¿Cuál fue el detonante de Puerto de Ideas?
El bicentenario de Darwin, organizado por Álvaro Fischer el 2009. Una gran actividad en Casa Piedra que congregó a invitados notables, como Dan Denett, Ian McEwan y Helena Cronin, entre otros. Lo que en un principio se pensó para trescientas personas, quinientas a lo sumo, se convirtió en todo un suceso que congregó a cerca de tres mil personas, entre académicos, empresarios y universitarios. Ese para mí fue el punto de quiebre que me dijo “aquí hay un público curioso, interesado, que lee, que está buscando escuchar otras voces”.
Pero para entender el éxito que conlleva un trabajo admirable y riguroso, es necesario remontarnos varios años atrás, en la década del dos mil, cuando Chile estaba concentrado en las artes escénicas. En pleno boom de Santiago a Mil, de los conciertos y los festivales de danza y rock, Chantal, al otro lado del mundo, presenciaba el primer Festival Della Mente en un pueblito de la Toscana, invitada por una gran amiga suya de la época universitaria. Un formato que acá no existía, pero que allá se había transformado en un fenómeno cultural. “Mientras en Europa proliferaban los llamados festivales de reflexión y profundización cultural, acá ibas a una conferencia y había veinte personas apenas, ibas al lanzamiento de un libro y los invitados con suerte sumaban familia, amigos íntimos y auspiciadores. Era difícil encontrar una instancia cultural donde fueras a escuchar a alguien hablar con gran público”.
¿Falta de difusión?, ¿falta de compromiso?
En ese minuto, lo que se decía era que a la gente no le interesaba y que estaba dedicada a otras cosas. A las artes escénicas, tal vez.
EL COMIENZO
Teniendo en la retina la exitosa convocatoria darwiniana, Chantal comenzó a acariciar la idea de hacer un festival cultural. Y antes de comenzar a tocar puertas partió por casa. Por la familia y su marido, Arturo Majlis, del que obtuvo un apoyo incondicional. “En cada festival, mi marido corta tickets, atiende en el kiosco, pasea a los invitados”, me dirá más adelante Chantal con una sonrisa. “Es el mejor partner que puedo tener”.
Hubo muchas voces que la trataron de desalentar. Que cómo se le ocurría, que era una locura, que cómo iba a hacer una fiesta en torno a escuchar a alguien hablar si eso era sinónimo de aburrimiento. Pero Chantal no bajó los brazos. Se compró varios libros sobre los festivales europeos y partió a hablar con Álvaro Fischer acerca de su experiencia con lo de Darwin. Al hablar con Fischer supo, de inmediato, que su instinto estaba en lo correcto.
A las únicas personas que les presentó el proyecto fue a Clarita Budnik y Agustín Squelas conferencias es menos que el de una promo o una cajetilla de cigarrillos. Las salas no tienen capacidad ilimitada, por lo tanto si una persona de Iquique va a invertir en un viaje para ir a escuchar a un conferencista, lo lógico es que sepa que con su boleto habrá un asiento esperándola cuando llegue a Valparaíso”.
¿Qué invitado quedó inevitablemente en tu memoria?
Es imposible compartir con todos, pero cada año hay por lo menos un invitado con el que logras una relación más estrecha y, por lo general, son los extranjeros, porque obviamente los nacionales son más autónomos. El primer año de Puerto de Ideas fue increíble estar con Carlo Ginzburg, de quien aprendí muchísimo. Había ido a Bolonia a invitarlo personalmente. Nos habíamos tomado un café frente a la Plaza Central. Ya nos conocíamos. Él fue a todas las conferencias, preguntaba, criticaba, opinaba. Lo vivió a fondo y esa actitud me encantó. También me marcó mucho Salvatore Settis, un especialista en patrimonio que hablaba del paisaje como bien cultural, un tema que a mí me tenía trastornada porque somos paisaje. El 2013, fue Juan Villoro. Tiene una expresión oral envidiable, una riqueza en el lenguaje fascinante. Escucharlo hablar es un privilegio.
¿Qué es la cultura para ti?
Todo es cultura, está en todas partes. Por eso en nuestro festival hablamos desde comida hasta alta filosofía y tenemos cuenta cuentos y laboratorios de lo que se te ocurra. La forma en que vivimos en sociedad es a través de la cultura. ¡Los museos debieran estar llenos de niños!
¿Un momento inolvidable?
La inauguración de Puerto de Ideas. Alfredo Jaar frente a una sala repleta. Un silencio precioso, una conferencia increíble, gente que lo único que quería era entrar y yo dándome de cabezazos contra la pared por no poner más sillas, por no haber puesto una pantalla afuera para que la gente pudiera escuchar a este magnífico arquitecto y cineasta chileno.
Si miras para atrás, ¿hay algo que hubieras hecho distinto?
Millones de cosas. Me hubiera gustado partir altiro con los niños, por ejemplo, pero me demoré dos años en hacerlo.
¿En qué temas te sientes al debe?
En abordar contenidos de medicina. Me encantaría hablar sobre Alzheimer, cáncer, vejez, en fin, tantas cosas.
¿Aprendiste a soltar?
Absolutamente. Yo trabajo hasta que inauguro. Doy mis palabras de inauguración y no sirvo para nada. Que me traigan soluciones y no problemas, porque a esas alturas se me acabaron las pilas.
¿El mayor reconocimiento?
Dos columnas de opinión que para mí han sido especialmente “tocantes”: la editorial de Patricio Fernández el año pasado, luego del último Puerto Ideas, en pleno período electoral, en The Clinic, fue absolutamente inesperada. Y la otra hace poco de Aldo Valle en El Mercurio de Valparaíso.
¿El desafío más grande?
Mantener el equilibrio entre el trabajo, la familia, la pareja y los amigos. Se puede, pero hay que trabajarlo, porque es un proyecto tremendamente absorbente. El festival ha sido un viaje muy enriquecedor para todos nosotros. En cada Puerto de Ideas hay una petite histoire muy simpática y especial, casi anecdótica.
Falta poco para que una nueva fiesta del saber inunde la ciudad porteña. Chantal y su equipo trabajan a toda máquina para que nada quede al azar. La parrilla es generosa, diversa y nos convoca a todos. Será un privilegio estar ahí.
“Puerto de Ideas es un proyecto que tiene sentido, que es necesario, que es un aporte, que abre mentes, abre mundos, que convoca, que ayuda a la descentralización, que cruza la sociedad”.