Cada vez es más común ver por nuestras calles, en zonas rurales o en diferentes trabajos de servicio, ciudadanos de otras procedencias del continente o del mundo, con otro color de piel, otras formas de vestimenta y costumbres. Este fenómeno no es nuevo, tiene historia y debate, tiene detractores y, por supuesto, defensores.
Los primeros alegan que la llegada de forasteros atenta contra la idiosincrasia cultural del país o de la región que amenazan la estabilidad laboral, quitando empleo a los nacionales. No son extrañas las manifestaciones de xenofobia, indiferencia o estereotipo de las personas por sus rasgos físicos o procedencia geográfica: asociamos a los peruanos a comida o a asesoras de hogar, y si vemos una colombiana morena, es peor aún la asociación que se hace.
Pero, ¿por qué estas conductas y reacciones frente al fenómeno migrante?, ¿cuáles son los miedos que subyacen en este nuevo país que vamos construyendo con esta fuerza cultural que se nos entrecruza?, ¿qué podemos decir al respecto desde una perspectiva ética?
El fenómeno de la migración es antiguo, no tiene nada de modernidad, ni tampoco de fenómeno de globalización; ya las antiguas culturas migraban por razones agrarias, bélicas, de pestes y creencias. El cristianismo y el judaísmo están llenos de historia de migrantes: desde Abraham hasta el mismo Jesús de Nazaret. Podríamos, incluso, afirmar que la evolución de la especie humana está asociada a este movimiento migratorio del hombre en su proceso de humanización más primitiva.
Latinoamérica es el resultado de la confluencia de choques culturales entre extranjeros y nativos, y entre los mismos nativos de diferentes pueblos originarios que habitaron nuestro extenso territorio ¿Por qué, entonces, tanto recelo y desconfianza, tanta sospecha hacia el extranjero, forastero o migrante?
La memoria parece olvidar que muchos de nuestros padres fueron migrantes del campo a la ciudad, del norte al sur o viceversa, y que la migración, en la mayoría de los casos, no es una opción, sino que responde a una necesidad de subsistencia y, más grave aún, de salvar la propia vida o la de la familia.
La idea de que los migrantes atentan contra nuestra idiosincrasia es errónea. La identidad de una cultura es una realidad dinámica donde convergen tradición y novedad y que se va actualizando en cada momento. Que nos vienen a quitar el trabajo también es erróneo, porque, en todas partes, los migrantes ocupan puestos de trabajo no deseados por los propios locales.
Cómo no agradecer la diversidad cultural de los amigos peruanos, colombianos, haitianos, españoles y muchos más, que viven hoy entre nosotros. Ellos, al igual que todos, son sujetos de derecho, entre ellos, el derecho a desplazarse de un lugar o país a otro (artículo 13 de la Carta Magna), como también el derecho a tener una nacionalidad, de la que carecen los hijos de migrantes ilegales nacidos en nuestro territorio.
Debemos actualizar nuestra legislación en temas migratorios, laborales, de salud y vivienda. En orden a esta nueva realidad que vivimos, tenemos el desafío cultural de superar nuestro temores, para conocer y reconocernos en el extranjero. Tenemos que recuperar principios tan antiguos y propios como el de hospitalidad, solidaridad y respeto por la diversidad cultural.
No está de más mencionar que, a pesar de las grandes injusticias a las que han estado sujetos los migrantes a lo largo de la historia de la humanidad, siempre las legislaciones —incluso antes del cristianismo y judaísmo—, favorecieron a extranjeros y forasteros. Ya lo recuerda el libro del Deuteronomio 10,19: “Dios hace justicia al huérfano y a la viuda, ama al forastero y le da pan y vestido” y el mismo Jesús, para hablar sobre el juicio final, dirá “era forastero y me acogiste” (Mt 25).