El Valparaíso de ahora no me influencia, y alguien se está haciendo cargo de hundir lo inspirador que de él queda; en poco tiempo más ya no lo veremos. Tal vez, nostálgicamente, lo recordaremos cuando ojeando alguna antigua revista de pronto salte una imagen de la plaza Victoria o Aníbal Pinto o… da lo mismo, es Valparaíso el que desaparece.
Hace unos días, una periodista me envió por correo electrónico una serie de preguntas sobre mi oficio. Últimamente, las entrevistas se hacen así, online, optimizando el tiempo. Las veces que me tocó salir a entrevistar lo hacía con grabadora en mano, estrujaba a mi entrevistado independiente quien fuera. Dicho sea de paso, por nada del mundo me perdería una buena conversación. No soy una persona importante, ni destacada, solo trato de hacer mi trabajo bien y aportar de alguna manera a esta vida, la vida porteña.
Cuando me hacen preguntas para algún medio o se acerca algún estudiante de diseño para que lo ayude con su proyecto de título, suelo sentirme halagada, sin embargo, también me resulta poco innovador responder siempre lo mismo, las preguntas casi no varían. Me he sorprendido repitiendo frases casi de memoria; esta vez iba a hacer lo mismo, pero no me resultó. Las preguntas eran: ¿Cómo veo el escenario de la moda en Valparaíso? ¿De qué manera me influencia Valparaíso y cómo se puede trabajar la descentralización, para potenciar el diseño de autor en regiones? Busqué en mis archivos a modo de ayuda memoria y me di cuenta de que, esta vez, era incapaz de responderlas de manera amigable, sentí una especie de conflicto existencial que me impidió hacerlo. No porque tenga un bloqueo creativo, sino porque en Valparaíso nos esforzamos por crear escenarios, tratamos de hacerlos sólidos, de construir un relato, pero siempre nos demuelen, entonces la inspiración se empieza a diluir y “eso” que tratamos de retener se escapa.
Pienso en cómo responder, pero no hay ayuda para trabajar en la descentralización. Nosotros con recursos propios levantamos Valparaíso y los que se suponen irían primeros en la línea, se gastan más de setecientos millones de pesos en una cafetería privada para pensar tranquilos. Cuántas cafeterías se verían beneficiadas con esos recursos, cuántas casas destruidas por el incendio se levantarían. Entonces veo frágil el escenario, tambaleando, a tal punto que me da miedo pisarlo. Sumado a lo anterior, me enteré de que algunos honorables presentaran proyecto para volver con el Congreso a Santiago.
El Valparaíso de ahora no me influencia, y alguien se está haciendo cargo de hundir lo inspirador que de él queda; en poco tiempo más ya no lo veremos. Tal vez nostálgicamente lo recordaremos cuando ojeando alguna antigua revista, de pronto salte una imagen de la plaza Victoria o Aníbal Pinto o… da lo mismo, es Valparaíso el que desaparece. Y esto ocurrirá, solo si lo permitimos, todavía no me doy por vencida, ni yo ni los que trabajamos por mantener el escurridizo ideal porteño.