Tell Magazine

Columnas » Rodrigo Barañao

EDICIÓN | Octubre 2014

Que rico el calorcito

Chef / rbaranaog@gmail.com
Que rico el calorcito

Amigos se nos pasa el año volando, ya estamos a dos meses de Navidad y Año Nuevo y todo pronostica celebraciones y juntarse con los amigos. Pero para no olvidarse de las cosas ricas que tenemos, y que no solamente está el 18 septiembre para comer y tomar cosas chilenas, vamos a engrandecer al pipeño.

El pipeño, el mes pasado, rompió todos los récord en su consumo, desplazando a la tan famosa chicha (que le juega en contra), que se vende solo en septiembre (la de verdad). Personalmente, me quedo con el terremoto por lo fresco y agradable de tomar; la chicha, aunque es muy nuestra, al ser tan dulce, “te encargo la caña”.

Pipeño viene de pipas, donde se guarda este brebaje por largos meses. La gran característica de este producto es que se elabora con uva país, cepa muy poco noble y también conocida como Moscatel de Alejandría. La historia de esta cepa es milenaria, ya que se dice que Cleopatra tomaba moscatel en su reinado y se hacían grandes fiestas con este vino (bastante olvidado en nuestro país hace unos años). Es una cepa del norte de África que luego se introdujo a España en zonas costeras, como Málaga y Valencia. Además, se utiliza para producir pasas por su gran cantidad de azúcar.

En el año 1541, con la conquista de los españoles (previo a esto solamente se tomaba chicha de maíz), el capitán Pizarro del Pozo, oriundo de Málaga, dijo: “voy a llevar estas parrillas a la conquista y las plantaré”. Nótese que estas parras, llamadas también carne de perro, necesitan poca agua, calor y crecen solas, por eso es que los españoles partieron cultivándolas en el norte de Chile con excelentes resultados y, al poco tiempo, se comenzó a sembrar en Santiago con el mismo éxito.

Hasta ahora sigue siendo una tradición campesina, que pasa por encima de tan refinados mostos que se pelean en supermercados y en el extranjero. La gente del campo no deja su pipeño, independiente que le hayan cambiado su nombre y modificado su forma de tomar.

Se dice que en el tan conocido restaurante El Hoyo, del barrio Estación Central, se hacía este brebaje como una pócima secreta, a la cual se le agregaba helado de piña, granadina y las clásicas bombillas para ir revolviendo y tomando. Se dice, también, que lo ofrecían en La Piojera, en Mapocho. Pero su nombre no viene de Chile, ni de ninguna curada en el campo, sino de unos periodistas alemanes que para el terremoto de 1985 (yo tenía trece años), estaban pasando el calor en El Hoyo. Anotando todo lo que había pasado, veían las construcciones antiguas, muchas de ellas colgando o en el suelo, y uno de ellos, después de tomarse unos terremotos rapiditos, al pararse se sintió tan mareado que dijo “¡este sí que es un terremoto!”, a viva voz, lo que produjo muchas risas en el lugar y con la picardía chilena se adueñaron automáticamente del nombre, tan conocido hasta hoy y en todo el mundo.

No queda más que empezar a tomar tan fresco juguito que tiene tres medidas. Réplica el más chico; terremoto, el normal, y el cataclismo, de medio litro. Hay otras versiones con pisco y cerveza llamados tsunami y maremoto. A celebrar hasta que inventemos otro trago con otro nombre. Gracias, pipeño.

 

Otras Columnas

» Ver todas las Columnas


OPINA

  • Verificación Anti SPAM, Ingrese el resultado de la siguiente operación4+1+6   =