¡Septiembre! ¡Ha llegado septiembre! La naturaleza saca su paleta y sus pinceles para colorear los jardines; el viento toma fuerzas y sopla las nubes, para que permitan al sol venir a dorar nuestros paisajes. ¡Y el viento sopla volantines, banderas, remolinos!
Y empiezan los preparativos para celebrar: ramadas, palmeras, banderas, tricolores que alegran el alma:
Reventado el primer ¡Viva Chile!, zapateadas las primeras cuecas, las ramadas inician su reinado. Breve reinado de chuicos y empanadas, de “aros” y “cuerpos malos”. Las ramadas constituyen refugios de chilenidad, altares en que la Patria es santificada en vinos y en “huifas”.
Y encontramos en los recuerdos de Andrés, sus columnas en que nos habla de esos dieciochos de su infancia, allá por los años treinta. De las modas, de estilos de vida, de costumbres perdidas en el tiempo, pero siempre interesantes:
Cuando niño, yo veía llegar “el 18” en los pajizos de los caballeros que salían a saludarlo, agitando los sombreros como si los volcasen. Los “pajizos” albeaban contra el sol. Los niños sufríamos, contando los años que nos faltaban para encajarnos un “pajizo”, y pasearlo por la plaza afiebrada de banda, de muchachas y de banderitas que acariciaban el aire.
Y surgen los recuerdos de tía Marina, la tía adolescente que dedicó su vida, hasta casi los cien años, a cumplir la tarea que su hermana, Carmela, no pudo realizar, porque la muerte artera la separó de su amado hijo.
Un día, tía Martina decidió: “Hoy le compraremos un sombrero de paja al niño”. Pasé el día soñándolo. Por la tarde, regresé a casa, orgulloso de aquel que me coronaba hombre. ¡Bendito primer sombrero con el que despedí a la infancia, que se me escapaba, dejándome sólo un poco de sonrisa para la vida! Mi último pajizo murió no sé dónde. Tal vez, en un vuelo imprudente cerca del mar. Tal vez, en un paseo por los cerros rabiosos de viento.
El “niño Andrés”. Nunca dejó tía Marina de llamarlo así. Recuerdo haber ido a ver al poeta a su casa y la mítica tía Martina, dulce anciana centenaria, de moño tejido de sueños, venturas y ternuras, muy seria, nos advertía que el “niño Andrés” había trabajado hasta muy tarde y debía descansar.
De entonces, al aproximarse “el 18”, evoco el primer sombrero que cubrió mi final de niñez, seguro que retornará a mi cabeza, facilitándome el júbilo de saludarlo, como los antiguos caballeros de mi pueblo, en un tiempo lejano en que los hombres medían en sus relojes de oro, comprados en la Joyería de mi padre.
Y no podía faltar la poesía. “Rubí de América” es un bellísimo poema, poco conocido, dedicado a nuestro país.
Yo digo que Chile es más hermoso que un ruiseñor en mitad de la noche. No lo dudéis: el arco iris no es tan bello. Ni un girasol de escarcha desplegada.
Yo conozco a Chile desde su sombrero de piedra, hasta sus finos pies australes. El rostro de Chile resplandece, como una pira de astros. Perfil celeste, suspendido.
En un límite de piedras taciturnas es el sol un tambor ardiendo, Chile canta en lejanías, en cobre potente y en caliche. La pampa es el museo de la angustia.
Chile de los valles que cuida la espada de la Cruz del Sur. Chile del Carbón y el Puma, del corvo junto a la cueca. Chile, República de la Abundancia y la Salud.
¡Eres el país de los niños que duermen bajo un alhelí! ¡Oh, lámpara del día, que tu sangre sea la savia viva! ¡Chile, Chile, Chile, eje de la inmensidad!
¡Es septiembre! ¡Estamos de fiesta! ¡La Patria se llena de tricolor! ¡Se escuchan las cuecas! ¡Se alegra el alma! ¡Chile está de fiesta! ¡Viva Chile!