Profesor de educación física, instructor y rugbista, ligado desde muy joven al deporte, estilo de vida que día a día le enseña que no existe nada imposible, que la perseverancia y el trabajo son la clave para alcanzar los sueños. Su próximo desafío: nadar a mar abierto desde Antofagasta hasta el Balneario de Juan López, lo que se traduce en veinte kilómetros durante seis horas continuas.
por Soledad Meléndez R. fotografía Andrés Gutiérrez V.
Son las nueve de la mañana y, por suerte, las nubes se disipan por unas horas para comenzar la sesión de fotos en el sector de la puntilla del Balneario Municipal, lugar de la preparación de Sergio Morales (28), quien con bolso en mano llega con sus implementos como gorra de baño, lentes y toalla para mostrarnos parte de la rutina para enfrentar su gran hazaña deportiva. Al buscar el ángulo perfecto de la luz, mira desde lejos el cerro que representa a Juan López y señala con una genuina sonrisa y sus ojos cargados tanto de ilusión como determinación: “ahí está mi meta, es allá donde voy a llegar”.
Nació en Taltal y su vida está marcada por el litoral nortino, su infancia la vivió en Antofagasta y su adolescencia en la ciudad de la eterna primavera, Arica, donde desarrolló su pasión por el rugby, egresó como profesor de Educación Física de la Universidad Tarapacá y vivió grandes experiencias como el nacimiento de su pequeña hija que hoy tiene cinco años. En 2010, regresa a “la Perla”, buscando nuevas oportunidades laborales en la preparación de deportistas, lo que dio paso a lo que sería, años más tarde, su emprendimiento junto a tres amigos, el Centro de Alto Rendimiento y Entrenamiento Funcional HW, en el cual realiza otra de sus grandes pasiones: formar y preparar a nuevos deportistas.
¿Cuándo parte tu interés por el deporte?
Juego rugby desde que tengo seis años, alcancé a disfrutar de momentos en la selección de Chile y, por decisiones personales, no logré el punto más alto en mi carrera deportiva. Pero no me dejé estar y siempre seguí adelante ligado a esta disciplina y al deporte en general. Actualmente, juego en la selección adulta del club Antapacay y, además, soy entrenador de las ligas menores de dieciocho y dieciséis años de esta agrupación.
¿Cómo descubres tu vocación de entrenar?
Cuando estaba en Arica, en tercero medio, el entrenador que tenía era una persona muy motivadora y vio en mí algo de esta vocación. Entonces me fue enseñando, por lo que empecé a ser entrenador de los menores de seis y diez años, luego seguí como entrenador de las juveniles y después hicimos un equipo de mujeres.
¿Cómo surge la inquietud de enfrentar este desafío de nadar a mar abierto?
Desde los seis años me encantaba ir a la playa. Mi infancia la viví en Antofagasta y todos los veranos, con mi primo, íbamos a la playa caminando desde la casa de mi abuela, que estaba por el Restorán Arrayán; bajábamos por todo Díaz Ganas y llegábamos hasta la Costanera y mirábamos el mar. Recuerdo que para el aniversario de la ciudad, cada 14 de febrero hacían un desafío donde nadadores se tiraban desde los estanques de bencina en el sector norte y llegaban hasta el Balneario. Lo encontraba genial, decía “algún día voy a hacer esto” y cuando me sentí capaz de hacerlo, no se hizo nunca más. Entonces tenía esa necesidad de plantearme una meta relacionada con el mar y nadar distancias grandes.
¿Por qué consideras que ahora es el momento?
Siempre he nadado, pero no más de dos kilómetros y se presentó el año pasado un desafío que era recorrer cinco kilómetros y medio, desde el Balneario hasta el Puerto (ida y vuelta). Entonces participé y me demoré una hora veintitrés minutos en completar el recorrido. Antes de hacerlo me propuse que, si lo lograba, me iba a plantear un desafío mayor y así fue. Lo hice súper bien, participé con diez competidores y llegué quinto. Estaba súper feliz porque de los diez fui el único que nadó con el traje de baño, los lentes y nada más; muchos lo hicieron con traje y aletas, que es un plus, mientras que yo participé sólo con los implementos básicos y eso me hizo sentir muy orgulloso.
¿Por qué te planteaste como meta el Balneario de Juan López?
Desde la playa siempre he visto el cerro de Juan López, entonces decidí que ese lugar sería mi meta. Todas las mañanas me levanto, me voy a la pega y me vengo en el auto por la costanera mirando el mar. Me preocupo de factores como el frío, de la necesidad de entrenar más y de otros temas relacionados con este desafío.
PREPARACIÓN
Para Sergio, cumplir este sueño que lo acompaña desde su niñez requiere de un trabajo que abarca distintas variables, algunas personales, como la preparación física, y otras más externas, como el clima, las condiciones del mar y las medidas de seguridad. El recorrido de veinte kilómetros a nado continuo demanda de una guía especializada de la Gobernación Marítima, que lo acompañará en lancha para que su desplazamiento siempre sea en línea recta, además de proporcionarle la hidratación y la alimentación adecuada para resistir durante seis horas. Pero además de la parte técnica, su familia y amistades han sido una pieza clave a la hora de acercarse a su gran anhelo, programado para el mes de noviembre de este año.
¿Cómo ha sido tu preparación física con miras al desafío?
El rugby siempre ha sido mi deporte y desde el año pasado comencé a ver otras disciplinas que me llamaban mucho la atención, como fue participar en una triatlón. Ahora tengo la fortuna de ser socio de un gimnasio, donde empecé a prepararme para las competencias y para el nado, porque tengo que fortalecer mucho los brazos y los hombros. En el gimnasio puedo desarrollar la musculatura asociada al nado para poder lograr mi objetivo. También salgo a andar en bicicleta y me preparo en el agua, tanto en piscina como en el mar.
¿Tienes apoyo de personas que hayan realizado una experiencia similar?
Cuando decidí hacer esto busqué por Internet y me encontré con una persona, Miquel Suñer, un nadador español que ha hecho este tipo de desafíos con un récord de treinta y tres kilómetros. Entonces pienso que si él lo hizo por qué no lo puedo hacer yo, en las mismas condiciones. Además, él tiene la misma filosofía de hacerlo sólo con traje de baño, sin aletas o implementos especiales. Tomé contacto con él y me ha dado muchos consejos. También un amigo y cliente que va al gimnasio, Diego Telles, me facilitó un kayak para trabajar la remada, así que estoy entre el gimnasio, el kayak, la bicicleta y el nado.
¿Te dicen que esto es una locura?
Sí, en realidad en un principio nadie quería que lo hiciera, me decían que estaba loco, que cómo se me ocurría hacer algo así, pero me puse a estudiar para saber cómo hacerlo en forma segura. Tengo un amigo que es marino, que me ayudó a sacar la cuenta del kilometraje que hay hacia allá y me ayudó a evaluar el tema de las mareas para ver la mejor época para hacerlo. Por eso será en noviembre, porque es la fecha en que el agua está más cálida, pero no tanto como para que lleguen las medusas. Además, cuento con el apoyo de toda mi familia, mi polola, mis compañeros de trabajo en el gimnasio y también la gente del rugby, como mis alumnos que, entre broma y broma, me molestan por lo que voy a hacer, pero creo que se sienten orgullosos de que me plantee desafíos grandes para que ellos también se exijan.
¿Cómo describes está conexión con el mar que se vive al nadar por horas?
Es la libertad absoluta. Cuando estoy en el mar me relajo, me preocupo de la respiración y voy admirando la naturaleza. Me pasa algo que es único, pienso que voy arreglando el mundo a medida que voy nadando. A veces pienso cosas que no tienen nada que ver con mi meta, voy hablando conmigo mismo y ahí se me pasan las horas y nado, de esa manera logro llegar.
¿Qué piensas en el momento en que te diriges a tu meta?
Los últimos kilómetros que faltan por llegar a la meta son los peores, porque hay una ansiedad grande por querer llegar, está el factor del frío, uno no siente los dedos de los pies, no sientes las manos y piensas que tienes que llegar como sea, concentrarte y seguir, porque los últimos kilómetros son los de mayor angustia.
Uno ya está cansado y aparecen las ideas negativas, que no lo vas a lograr, que te falta el aire y la energía, pero es el momento en que más tienes que concentrarte y callar esa voz negativa, revertirla y seguir hasta llegar.
¿Y en ese momento tú pasas a ser tú propio entrenador?
Durante el primer tramo hay un lapso de felicidad, cuando vas nadando con entusiasmo. Después hay un momento en que vas arreglando el mundo y luego pasas a un momento que es súper complejo, que es cuando llegan los pensamientos negativos. Esa etapa difícil hay que saberla controlar y ahí es cuando la cabeza tiene que mandar, cuando debo decirme a mí mismo todo lo que trasmito a los demás como entrenador: que sí se puede, que no tengo que aflojar, que no puedo parar, que soy capaz y tengo que creer en eso y seguir. Cuando lo logras es una satisfacción enorme, una felicidad total.
“Cuando estoy en el mar me relajo, me preocupo de la respiración y voy admirando la naturaleza. Me pasa algo que es único, pienso que voy arreglando el mundo a medida que voy nadando”.